Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO III — Cuarenta minutos #3
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CAPÍTULO III — Cuarenta minutos #3

—Hay una información sin confirmar, Herr General, de un comisario de policía de la Wilhelmplatz. Dice que el Führer ha salido del edificio a pie y ha sido detenido. Con Göring, Goebbels, Hess y Himmler.

Rundstedt se quedó callado un rato.

—Sin confirmar —repitió.

—Sin confirmar, Herr General.

—¿Y el Bendlerblock?

—Rodeado. No contestan más que el oficial de guardia. El ministro y el comandante en jefe están reunidos.

Rundstedt se puso la gorra. Se la ajustó con las dos manos, recta.

—Entonces esperaremos a que terminen de reunirse —dijo—. No se mueve un solo hombre del Gruppenkommando sin orden expresa del Bendlerblock. Ni hacia allí ni hacia ningún otro sitio. Comuníquelo a todos los distritos.

—¿Y el ultimátum, Herr General?

Rundstedt miró por la ventana. Pensó en el hombre de la radio, en su voz.

No era la voz de un agitador. No gritaba.

No tenía acento de ninguna parte, o lo tenía de todas.

Había dicho coronación sin énfasis, como quien dice martes .

Había dicho los nombres y los grados de los tres comandantes de grupo sin equivocarse.

Salvo uno, pensó. Había llamado Generaloberst a Fritsch, y Fritsch era General der Artillerie. Un error pequeño, de los que comete un hombre que lee muchos nombres seguidos. O de los que comete un hombre que sabe algo que los demás no saben.

—El ultimátum —dijo Rundstedt— lo contestará quien tenga derecho a contestarlo. No yo.

* * *

Kassel. Gruppenkommando 2. 12:01 hrs.

El General der Artillerie Wilhelm Ritter von Leeb había escuchado el mensaje en su casa, a la salida de misa, con el abrigo todavía puesto y su mujer a su lado en el recibidor, quieta, con el devocionario en la mano.

Cuando terminó, Leeb apagó la radio. Se quitó el abrigo y lo colgó con cuidado. Luego fue hasta el teléfono del estudio y llamó al cuartel general.

—Habla Leeb. ¿Lo han oído?

Lo habían oído.

—Que no se mueva nadie. Nadie. Ninguna unidad sale de su cuartel. Los oficiales, a sus puestos. Los hombres de permiso se quedan donde estén. Y quiero una conexión con Berlín, con el Bendlerblock, en cuanto sea posible, aunque haya que pasar por Hannover o por Leipzig.

Colgó. Se quedó un momento con la mano sobre el auricular.

Leeb era bávaro, católico, artillero. El Ritter von de su nombre no lo había heredado: se lo había dado el rey de Baviera durante la guerra junto con la Orden Militar de Max Joseph, que llevaba aparejado el título personal.

Había jurado lealtad a un rey una vez. El rey de Baviera estaba muerto desde 1921, y su hijo, el príncipe heredero Rupprecht, vivía en un castillo y no reinaba en ninguna parte.

La próxima ceremonia de coronación , había dicho la voz.

¿Qué corona?, pensó Leeb. ¿Y de quién?

Su mujer seguía en el recibidor. Él volvió hasta ella y le quitó el devocionario de las manos, porque las tenía rígidas.

—¿Qué va a pasar, Wilhelm?

—No lo sé —dijo Leeb—. Pero, sea lo que sea, ese hombre no es de los que ellos tienen. —Movió la cabeza hacia la radio apagada—. Eso es lo único que sé.

* * *

Dresde. Gruppenkommando 3. 12:03 hrs.

El General der Infanterie Fedor von Bock no se sentó durante toda la hora.

Estaba de pie en el centro de su despacho, alto, muy delgado, con el uniforme abrochado hasta el último botón y las manos a la espalda. Delante de él, en semicírculo, cinco oficiales de estado mayor. A un lado, el aparato de radio, por el que acababa de oírse la segunda repetición.

—¿Cuál es nuestra situación? —preguntó.

Un coronel le contestó: todas las unidades del grupo, en sus cuarteles; un tercio de los hombres, de permiso de fin de semana; las comunicaciones con Berlín, cortadas o colapsadas; ninguna orden del Bendlerblock.

—¿Tenemos algo con qué movernos hacia Berlín en menos de veinticuatro horas?

—Infantería por ferrocarril, Herr General. Si la Reichsbahn colabora. La artillería, más tarde. Ningún carro.

Bock asintió.

—Entonces no nos movemos.

Hubo un silencio.

—Herr General —dijo el coronel, con cautela—. ¿Y el ultimátum? Quedan diecisiete minutos.

Bock se volvió hacia la ventana. Desde allí se veía el Elba, gris, con placas de hielo junto a las orillas, y la silueta de la ciudad vieja, la cúpula de la Frauenkirche.

Había servido a todos. Había sido el más prusiano de los prusianos con el Káiser, el más correcto de los correctos con la República, el más eficaz de los eficaces con este.

En el ejército le llamaban, a sus espaldas, der Sterber : el que muere, por su costumbre de decirles a sus hombres que la mayor gloria de un soldado era morir por la patria.

Lo que nadie decía a sus espaldas, porque nadie lo sabía con certeza, era a qué patria se refería en cada momento.

—El ultimátum no especifica a quién debemos comunicarle nuestra aceptación —dijo Bock por fin—.

Ni cómo. Ni por qué medio. Es un ultimátum mal redactado.

—Se volvió—. Prepare dos telegramas. Uno al Bendlerblock: el Gruppenkommando 3 permanece en sus cuarteles y espera órdenes del mando. Otro, en blanco, sin dirección.

—¿En blanco, Herr General?

—Para cuando sepamos a quién dirigirlo.

* * *

Berlín. Bendlerblock. Ministerio de la Guerra. 11:56 hrs.

Desde la ventana del tercer piso, el General der Artillerie Ludwig Beck veía los carros.

Eran cuatro, aparcados en la orilla sur del Landwehrkanal, frente al Tirpitzufer, con los cañones hacia el edificio.

No hacia las ventanas: hacia el portal. Detrás, en los árboles de la orilla, infantería.

Más allá, en la esquina de la Bendlerstraße, dos más.

Llevaban allí desde las once menos diez y no habían hecho absolutamente nada.

Ni un disparo. Ni un megáfono. Ni un parlamentario.

Estaban allí, rodeando el edificio del Ministerio de la Guerra a cien metros, con la paciencia exacta de una unidad que ha recibido la orden de no hacer nada y la está cumpliendo al pie de la letra.

Eso era lo que más le inquietaba a Beck. No los carros. La disciplina.

Detrás de él, en el despacho del ministro, estaban los otros dos.

El Generaloberst Werner von Blomberg, ministro de la Guerra y comandante en jefe de la Wehrmacht, estaba sentado detrás de su mesa con las manos sobre el cartapacio, muy erguido, con la cara gris.

Era alto, guapo de un modo un poco blando, con un pelo blanco cuidadosamente peinado y unos ojos azules que en aquel momento iban de un sitio a otro sin pararse en ninguno.

En el Ejército le llamaban el león de goma .

Beck nunca lo había dicho en voz alta, pero lo había pensado más de una vez.

El General der Artillerie Werner von Fritsch, comandante en jefe del Heer, estaba de pie junto a la chimenea apagada, con el monóculo en la mano.

Se lo había quitado al empezar el mensaje y no se lo había vuelto a poner.

Era el único de los tres que no había cambiado de expresión. Fritsch nunca cambiaba de expresión.

—Generaloberst —dijo Fritsch, en voz baja, sin mirar a nadie—. Me ha llamado Generaloberst .

—Un error —dijo Blomberg.

—Sí. —Fritsch hizo girar el monóculo entre los dedos—. Probablemente.

El teléfono del ministro sonó. Blomberg lo cogió como si quemara. Escuchó. Dijo sí tres veces y gracias una. Colgó. Se quedó mirando el aparato.

—Era Lammers —dijo—. Desde la Wilhelmstraße. Los han dejado telefonear. El Führer ha salido a la calle. A pie. Se ha entregado. Y Göring, Goebbels, Hess, Himmler. Están en un camión, detenidos, rodeados de soldados de… de esos.

—Dice Lammers —siguió Blomberg, y la voz se le quebró un poco— que el Führer no ha dicho una palabra. Que estaba como dormido.

Beck se apartó de la ventana.

—Entonces el problema ha cambiado —dijo.

Lo dijo con la voz con la que daba clase en la Kriegsakademie: tranquila, ordenada, como si estuviera planteando un ejercicio en un mapa. Era la única forma que conocía de pensar en voz alta sin que le temblara la voz.

—Hasta hace diez minutos, el problema era si el Ejército defiende al jefe del Estado contra un golpe.

Ahora el jefe del Estado está detenido y no ha pedido que nadie lo defienda.

No ha dado ninguna orden. Se ha entregado.

—Miró a Blomberg—. El juramento, Herr Generaloberst, lo prestamos a su persona.

Su persona está en manos de otro, por su propia voluntad.

—El juramento sigue en pie —dijo Blomberg.

—El juramento sigue en pie —concedió Beck—. Pero no nos obliga a nada que el propio Führer no nos haya ordenado. Y el Führer no nos ha ordenado nada.

Blomberg lo miró como si Beck le hubiera hablado en chino.

Fritsch se puso el monóculo.

—Yo voy a decir lo que pienso —dijo—, y luego ustedes deciden, porque el ministro es usted, Blomberg, y no yo.

No sé quién es ese hombre. No sé de dónde ha sacado esos carros, que no son nuestros ni de nadie que yo conozca.

No sé qué corona es esa ni qué derecho tiene a ella.

—Miró por la ventana, hacia el canal—. Pero sé dos cosas.

La primera: en hora y media ha tomado Berlín con una división, ha deshecho a la Leibstandarte, ha detenido al gobierno entero y no ha disparado un solo tiro contra el Ejército.

Ni uno. Ni siquiera contra este edificio, que tiene delante desde hace una hora.

Eso no es casualidad. Eso es una invitación.

—¿Y la segunda? —preguntó Beck.

—La segunda es que, si salimos a combatir a esa división, la mitad de los nuestros no sabrá por qué está combatiendo.

Y la otra mitad estará combatiendo por cinco señores que acaban de subir a un camión sin rechistar.

—Fritsch dejó caer el monóculo de nuevo, que quedó colgando de su cordón—.

No voy a mandar a morir a un solo muchacho por eso, Blomberg. Ni por eso ni por esa gente.

Blomberg se pasó una mano por la cara.

—Los tres comandantes de grupo —dijo—. El plazo.

—Quedan catorce minutos —dijo Beck.

Hubo un silencio largo. Fuera, en el canal, uno de los carros arrancó el motor y lo dejó al ralentí. El ruido llegó amortiguado a través de los cristales dobles.