CAPÍTULO III — Cuarenta minutos #4
—Una orden a los tres Gruppenkommandos —dijo al fin Beck—.
Firmada por el ministro. El Ejército permanece en sus cuarteles.
Ninguna unidad se moverá ni abrirá fuego sin orden expresa del mando.
El mando se pone en contacto con las fuerzas que ocupan Berlín para conocer sus condiciones.
—Miró a los otros dos—. No es una rendición. Tampoco es una negativa. Es tiempo.
—¿Y si ese hombre lo toma como una negativa? —preguntó Blomberg.
—Entonces lo sabremos enseguida —dijo Fritsch—. Tiene cuatro carros en la puerta.
Blomberg miró la hoja en blanco que tenía delante. Tardó casi un minuto en coger la pluma.
—Y que salga alguien —dijo Fritsch— a hablar con los del canal. Un oficial. Con un pañuelo blanco, si hace falta.
—¿Quién? —preguntó Blomberg.
Beck se abotonó la guerrera.
—Yo.
* * *
Wilhelmshaven. Estación naval del Mar del Norte. 12:10 hrs.
El almirante Erich Raeder, comandante en jefe de la Kriegsmarine, y el Kapitän zur See Karl Dönitz, Führer der U-Boote, llevaban toda la mañana en la sala de juntas del cuartel general de la estación, en una reunión que debía haber terminado a las once y que seguía a las doce porque Raeder no daba nunca nada por terminado.
Discutían de submarinos. De cuántos. De cuándo.
Del tratado naval con Gran Bretaña, firmado en junio, que permitía a Alemania tener una flota submarina del 45 % de la británica y, en circunstancias especiales, hasta el 100 %.
De qué circunstancias serían especiales.
Dönitz quería más y antes. Raeder quería acorazados, y los submarinos los quería después.
El mensaje lo trajo un teniente de navío, en un papel, transcrito a mano a toda prisa por el oficial de radio de guardia. Raeder se lo leyó en voz alta a Dönitz, con su voz seca de pastor protestante, sin una inflexión. Luego dejó el papel sobre la mesa.
Los dos se quedaron mirándolo.
Fuera, por la ventana, se veía el puerto: los muelles grises, las grúas, la silueta baja de un crucero ligero amarrado, una gaviota quieta sobre un noray. La marea estaba baja y el agua olía a fango.
—Gruppenkommando 1, 2 y 3 —dijo Raeder al cabo de un rato—. Blomberg. Fritsch. Beck.
—Sí, Herr Admiral.
—Ni Göring, ni la Luftwaffe. Ni nosotros.
—No, Herr Admiral.
Raeder cogió el papel otra vez y lo leyó en silencio, de arriba abajo, como si buscara una línea que se le hubiera escapado. No la había.
Dönitz se reclinó en la silla. Tenía cuarenta y cuatro años, la cara estrecha, los labios finos y unos ojos claros y fríos que, según decían sus hombres, no parpadeaban nunca. Encendió un cigarrillo, cosa que no solía hacer delante de Raeder.
—Bueno —dijo—. Al menos sabemos que a este portador de corona no le interesa la Marina. Ni una palabra para nosotros.
Raeder dejó el papel.
—O no sabe que existimos —dijo.
—O sabe que no hace falta preguntarnos. —Dönitz echó el humo hacia el techo—. Si el Ejército se pliega, ¿qué vamos a hacer, Herr Admiral? ¿Bombardear Berlín desde el Mar del Norte?
Raeder no contestó. Se levantó, fue a la ventana y se quedó mirando el puerto con las manos a la espalda.
—Tome nota, Dönitz —dijo al fin, sin volverse—.
La Kriegsmarine no ha recibido ninguna instrucción.
Ni de ese hombre ni del Ministerio. En consecuencia, la Kriegsmarine continúa con su servicio ordinario.
Ningún buque sale de puerto sin mi orden.
Ningún buque recibe a nadie a bordo sin mi orden.
Y quiero un oficial de enlace en Berlín esta misma noche.
—¿Enlace con quién, Herr Admiral?
Raeder se encogió de hombros, despacio, por primera vez en todo el tiempo que Dönitz lo conocía.
—Con quien gane.
* * *
Doorn, Países Bajos. Huis Doorn. 12:00 hrs.
El anciano escuchó el mensaje en la biblioteca, sentado en la silla de montar que usaba en lugar de un sillón desde hacía años, frente al aparato de radio que su segunda esposa le había regalado por Navidad.
Tenía setenta y siete años. La barba blanca le caía en punta sobre el pecho.
El brazo izquierdo, el corto, el inútil, descansaba sobre el regazo como siempre.
Había pasado la mañana cortando leña en el parque, como todas las mañanas, aunque ya no cortaba casi nada y eran los jardineros los que terminaban el trabajo cuando él se iba.
Cuando la voz dijo coronación , el anciano se inclinó hacia delante.
Cuando la voz terminó sin decir ningún nombre, se quedó inclinado.
Su esposa, Hermine, que estaba sentada junto a la ventana con un bordado, lo miró por encima de las gafas. Llevaba catorce años casada con él y sabía cuándo no había que decir nada.
—¿Quién es? —preguntó el anciano, al cabo de un largo rato. No a ella. A la radio. A la habitación.
Nadie le contestó.
—No es Wilhelm —dijo, refiriéndose a su hijo—. No tiene su voz. Wilhelm no podría. —Hizo una pausa—. Ninguno de ellos podría.
Volvió a quedarse callado. Luego, con un esfuerzo, se levantó de la silla de montar, cruzó la biblioteca hasta su mesa y, por primera vez en mucho tiempo, pidió que le trajeran un mapa de Alemania.
* * *
París, Quai d’Orsay. 12:20 hrs.
En el Ministerio de Asuntos Exteriores francés, un domingo a mediodía, solo había un oficial de guardia, un joven agregado llamado Lefèvre, y una radio en el despacho de al lado que alguien de la sección alemana usaba para escuchar los discursos de Hitler y tomar notas.
Lefèvre no lo estaba escuchando. Lo oyó por casualidad, al pasar por el pasillo, porque el operador de la sección alemana, un alsaciano viejo llamado Kuntz, había abierto la puerta de golpe y le había hecho señas, pálido.
Kuntz tradujo en voz alta, frase por frase, de pie junto al aparato. Cuando terminó, Lefèvre ya tenía el teléfono en la mano.
Tardó cuarenta minutos en localizar al ministro, Flandin, que estaba almorzando en casa de unos amigos en Neuilly.
Tardó una hora y diez en localizar al presidente del Consejo, Sarraut, que llevaba dos días en el cargo y todavía no sabía dónde estaba cada cosa en su propio despacho.
A las dos de la tarde, en el Quai d’Orsay había una docena de funcionarios con la corbata mal anudada, tres teléfonos sonando sin parar y una sola pregunta escrita con tiza en una pizarra:
¿GOLPE MILITAR O GUERRA CIVIL?
Y debajo, alguien había añadido con otra letra, más pequeña:
¿Y qué hacemos en Renania?
* * *
Praga, Castillo de Hradčany. 12:15 hrs.
El presidente Edvard Beneš, que llevaba poco más de un mes en el cargo, escuchó la grabación del mensaje que le trajo el jefe de su gabinete militar a las doce y cuarto, en su despacho, con una taza de té enfriándose sobre la mesa.
La escuchó dos veces. La segunda vez, con los ojos cerrados.
—Una coronación —dijo cuando terminó.