Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO III — Cuarenta minutos #5
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CAPÍTULO III — Cuarenta minutos #5

—Sí, señor presidente.

—En Alemania. —Abrió los ojos—. ¿Hohenzollern?

—No lo dice, señor presidente.

Beneš había pasado los últimos quince años de su vida construyendo una política exterior sobre un único principio: que Checoslovaquia sobreviviría mientras ni los Habsburgo ni los Hohenzollern volvieran a reinar en ninguna parte de Europa central.

Había firmado tratados para eso. Había creado la Pequeña Entente para eso.

—Convoque al Consejo de Ministros para las tres —dijo—. Y póngame con París. Y con Moscú.

—¿Con Moscú, señor presidente?

—Con Moscú —dijo Beneš—. Firmamos un pacto con ellos el año pasado. Vamos a averiguar si vale algo.

* * *

Viena, Ballhausplatz. 12:30 hrs.

El canciller Kurt von Schuschnigg escuchó el mensaje en la cancillería austríaca, adonde había ido un domingo por la mañana para despachar papeles atrasados. Lo escuchó entero sin decir nada, con las manos juntas sobre la mesa, como en misa.

Cuando terminó, su secretario le preguntó si quería que llamara a alguien.

Schuschnigg tardó en responder. Llevaba año y medio en el cargo.

Lo había heredado de un hombre, Dollfuss, al que los nazis austríacos habían asesinado en aquel mismo edificio, en una sala a veinte metros de donde estaba ahora.

Llevaba año y medio sabiendo que, al otro lado de la frontera, había un hombre que había nacido en Braunau y que quería Austria. Llevaba año y medio sin dormir bien.

—Ese hombre… el de Berlín —dijo al fin—. ¿Ha dicho que el canciller se ha entregado?

—Ha dicho que tenía cinco minutos para entregarse, señor canciller. No sabemos si lo ha hecho.

Schuschnigg miró por la ventana, hacia la Minoritenplatz.

—Averígüelo —dijo—. Averígüelo antes que nadie. Y llame a Roma.

No dijo nada más. Pero su secretario, que lo conocía bien, observó que el canciller, por primera vez en muchos meses, se había quitado las gafas para frotarse los ojos y que no se las había vuelto a poner enseguida.

* * *

Varsovia. Ministerio de Asuntos Exteriores. 12:25 hrs.

El coronel Józef Beck, ministro de Asuntos Exteriores de Polonia, escuchó la retransmisión en su despacho, de pie, con un cigarrillo apagado entre los dedos.

Cuando terminó, le pidió a su jefe de gabinete que le leyera otra vez, en voz alta, los nombres de los generales a los que se había dirigido el hombre de la radio. El jefe de gabinete los leyó: Rundstedt, Leeb, Bock, Blomberg, Fritsch, Beck.

—Beck —repitió el ministro. Sonrió un poco, sin alegría—. Al menos tenemos un apellido en común con el nuevo régimen.

Luego dejó de sonreír.

—Hace dos años firmamos un pacto de no agresión con Hitler —dijo—. Diez años. Si Hitler ya no es nadie, ¿con quién lo hemos firmado?

El jefe de gabinete no contestó.

—Envíe a alguien a la embajada alemana. Discretamente. Que pregunte al embajador a quién representa hoy. —Beck encendió por fin el cigarrillo—. Y que se fije en la cara que pone cuando se lo pregunten.

* * *

Londres, Foreign Office. 13:05 hrs.

En Londres el mensaje se recibió más tarde y peor. A la distancia de Londres, la señal llegaba débil, con interferencias, y el operador de la BBC que la grabó para el Foreign Office se perdió la mitad de los nombres de los generales.

Pero se oyó la palabra coronación . Y, en una ciudad que tenía un rey nuevo desde hacía seis días y que preparaba para el martes el funeral del anterior, con medio gotha de Europa llegando en tren y en barco, esa palabra cayó de un modo particular.

El secretario del Foreign Office, Anthony Eden, la leyó en la transcripción a la una y cinco, en su casa, en mangas de camisa.

Leyó el resto con atención. Después llamó a su subsecretario permanente, Vansittart, que llevaba años advirtiendo a cualquiera que quisiera oírle sobre lo que Alemania haría si se la dejaba crecer.

—Van —dijo Eden—. ¿Lo ha oído?

—Lo he oído.

—¿Qué opina?

Al otro lado de la línea hubo un largo silencio.

—Opino —dijo Vansittart al fin— que llevo cuatro años temiendo a un hombre que ahora está en un camión. Y que no tengo la menor idea de si debería alegrarme.

* * *

Tempelhof. 12:21 hrs.

A las doce y veintiuno, el plazo había vencido.

Yo estaba en la puerta del hangar, con Hollenbach a un lado y Fenske al otro, y miraba el campo de aviación. El generador del transmisor seguía en marcha. Ewers había emitido la grabación cuatro veces.

No había llegado ninguna aceptación. Ni de Rundstedt, ni de Leeb, ni de Bock.

—Majestad —dijo Fenske—. Mensaje del Oberst Sommerfeld, desde el Landwehrkanal.

—Léalo.

— Un oficial ha salido del Bendlerblock a pie, solo, con un pañuelo blanco.

Se identifica como el General der Artillerie Ludwig Beck, jefe del Estado Mayor del Ejército.

Dice que trae una orden firmada por el ministro de la Guerra para los tres Gruppenkommandos y que desea entregarla en mano a quien mande estas fuerzas. Solicito instrucciones.

Me quedé mirando el campo. El hilo de la antena se mecía con el viento entre los mástiles.

—Herr General —le dije a Hollenbach—. Que me traigan el coche.