Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO IV — Acuartelados
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CAPÍTULO IV — Acuartelados

El plazo había vencido hacía un minuto cuando el General der Infanterie Gerd von Rundstedt pidió que lo dejaran solo.

Su jefe de estado mayor salió y cerró la puerta. Rundstedt se quedó de pie frente a la ventana, con la gorra todavía puesta, mirando la calle vacía. Un tranvía pasó al fondo, despacio, sin pasajeros, con el conductor inclinado hacia delante como si buscara algo en la vía.

Pensó en sus divisiones. Las conocía como se conoce una casa vieja en la que se ha vivido mucho tiempo y a la que se le han hecho obras deprisa: reclutas de diez meses, oficiales ascendidos dos grados en un año, regimientos que en el papel tenían tres batallones y en el cuartel tenían dos y medio, cañones sin tractores, tractores sin conductores.

Un ejército en construcción. Un andamio.

Pensó en lo que se decía de Lichterfelde. Ciento y pico muertos en una hora. La Leibstandarte, que desfilaba por la Wilhelmstraße como una sola máquina de botas negras, deshecha antes del mediodía.

Y pensó en el Führer saliendo a pie por el portal de la Cancillería, si era verdad. Sin pedir que nadie lo defendiera. Arreglándose la corbata, había dicho el comisario de policía, un detalle tan absurdo que solo podía ser cierto.

Rundstedt tenía sesenta años y no se hacía ilusiones sobre sí mismo.

Sabía que no era un hombre de grandes decisiones.

Era un hombre de decisiones correctas. Había hecho siempre lo que correspondía: al Káiser lo que era del Káiser, a la República lo que era de la República, al cabo bohemio lo que era del cabo bohemio.

Lo había hecho sin entusiasmo y sin rebeldía.

Se lo reprochaba a veces, por la noche, cuando no dormía. Por la mañana se le pasaba.

Ahora no sabía qué era lo que correspondía. Y descubrió, de pie frente a la ventana, que eso le asustaba más que los carros.

Pero sabía otra cosa. Sabía lo que no correspondía.

No correspondía mandar a muchachos de diez meses de instrucción contra una división que había tomado la capital en dos horas, para defender a un hombre que se había entregado sin pedir que lo defendieran.

Eso no era deber. Eso era otra cosa, y Rundstedt no tenía palabra para nombrarla, salvo una que no le gustaba: vanidad .

Se quitó la gorra. La dejó sobre la mesa. Abrió la puerta.

—Escriba —le dijo a su jefe de estado mayor, que esperaba en el pasillo—.

Gruppenkommando 1 a las fuerzas que ocupan Berlín y al Ministerio de la Guerra.

El Gruppenkommando 1 acata. Todas las unidades a sus órdenes permanecen acuarteladas.

Ninguna se moverá sin nueva orden. Firmado: von Rundstedt, General der Infanterie.

El jefe de estado mayor lo escribió. Le temblaba un poco la mano.

—¿A quién lo dirijo, Herr General? A las fuerzas que ocupan Berlín… ¿por qué medio?

Rundstedt lo pensó un momento.

—Por radio. En claro, sin cifrar, en todas las frecuencias que tengamos. Él estará escuchando. Y por teletipo al Bendlerblock. Que sepan que no he esperado por ellos.

El jefe de estado mayor lo miró.

—Herr General… ¿Está seguro?

Rundstedt volvió a coger la gorra de la mesa y se la puso, recta.

—No —dijo—. Pero ya no somos niños.

* * *

Kassel. Gruppenkommando 2. 12:27 hrs.

El General der Artillerie Wilhelm Ritter von Leeb había llegado al cuartel general a las doce y diez, en su propio coche, con el abrigo de paisano encima del uniforme porque no había tenido tiempo de cambiarse del todo. Su estado mayor lo esperaba en la sala de mapas.

No había mapas desplegados. No hacían falta. La pregunta no era geográfica.

Leeb escuchó en silencio los partes. Las unidades, en sus cuarteles.

Los hombres de permiso, a la espera. Sin comunicación con Berlín salvo por un hilo de teletipo que funcionaba de forma intermitente vía Hannover.

Una frase transmitida desde Berlín por radio, en claro, hacía cinco minutos: el Gruppenkommando 1 acataba.

—Rundstedt —dijo Leeb—. Rundstedt ha acatado.

—Sí, Herr General.

Leeb asintió.

No le sorprendió. Lo que le sorprendió fue lo que sintió al oírlo: alivio.

Un alivio físico, en el pecho, como cuando a uno le quitan de encima un abrigo mojado.

No porque la decisión de Rundstedt lo obligara a nada.

Sino porque significaba que no estaba solo, que no iba a ser el único general alemán que, aquel domingo, se negaba a defender a Adolf Hitler.

Se avergonzó del alivio. Luego dejó de avergonzarse.

Leeb era católico. Iba a misa todos los domingos y no había dejado de ir ni un solo domingo desde 1933, aunque sabía que en Berlín se tomaba nota de qué generales iban a misa y cuáles no.

Había visto lo que el régimen hacía con los sacerdotes que hablaban demasiado.

Había leído entre líneas lo que los periódicos no contaban de los campos.

Había callado. Había callado porque era soldado y porque los soldados no hacen política, y porque el juramento lo había prestado él con su propia boca, y porque callar era más fácil.

Ahora el hombre al que había jurado se había entregado a pie. Y un desconocido, por la radio, había dicho coronación .

Leeb no sabía quién era aquel desconocido.

No sabía si era mejor o peor. Pero conocía la palabra corona .

La había servido. Había recibido de una corona, la de Baviera, el von y el Ritter que llevaba delante del apellido.

Y si había algo que había aprendido de aquella corona, ya desaparecida, era que un rey, cualquier rey, tenía que rendir cuentas ante algo más grande que él mismo: ante Dios, ante la historia, ante su dinastía.

Un rey tenía hijos y nietos que llevarían su nombre. Un rey pensaba en siglos.

El hombre que se había entregado aquella mañana no tenía hijos ni pensaba en siglos. Pensaba en sí mismo.

—Escriban —dijo Leeb—. Gruppenkommando 2 acata. Las unidades permanecen acuarteladas. Firmado por mí. Por radio, en claro, igual que Rundstedt. Y por teletipo a Berlín, cuando funcione.

Un mayor joven, de la sección de operaciones, levantó la mano.

—Herr General, con su permiso. ¿Y si es una trampa? ¿Y si el que habla por la radio es un loco con unos cuantos carros y mañana la Wehrmacht lo aplasta, y nosotros hemos acatado?

Leeb lo miró. Era un buen oficial. Leeb lo había ascendido.

—Entonces, Herr Major —dijo—, mañana me formarán consejo de guerra y yo daré la cara, porque la firma es mía y no suya.

—Hizo una pausa—. Pero, con todo respeto, si un loco con unos cuantos carros es capaz de tomar Berlín, deshacer a la Leibstandarte y detener al Führer y a su gobierno en una mañana de domingo, el problema de Alemania no es el loco.

Leeb se quitó por fin el abrigo de paisano. Se lo dio a un ordenanza. Luego se sentó a la cabecera de la mesa, sacó del bolsillo de la guerrera un rosario pequeño, de cuentas negras, y lo tuvo un momento en la mano, debajo de la mesa, donde nadie lo veía.

* * *

Dresde. Gruppenkommando 3. 12:33 hrs.

El General der Infanterie Fedor von Bock tenía delante los dos telegramas. El primero, dirigido al Bendlerblock: el Gruppenkommando 3 permanece en sus cuarteles y espera órdenes del mando . El segundo, en blanco, sin dirección.

Junto a ellos, dos tiras de papel de la radio. La primera: Gruppenkommando 1 acata . La segunda, de hacía tres minutos: Gruppenkommando 2 acata .

Bock las miró durante mucho rato.

Sus oficiales no hablaban. Lo conocían. Sabían que cuando el general se quedaba quieto mirando un papel no estaba dudando: estaba calculando. Bock no dudaba nunca. Lo que hacía era esperar a tener todos los datos y, cuando los tenía, decidir sin volver la vista atrás.

Ahora tenía los datos. Rundstedt había acatado.

Leeb había acatado. Los dos, sin esperar al Bendlerblock.

Si él, Bock, era el único que no acataba, sería el único general de Alemania en armas contra el hombre de la radio.

El único. Con unas divisiones de infantería repartidas por Sajonia y Silesia, sin carros, a ciento ochenta kilómetros de Berlín, frente a algo que había deshecho a la Leibstandarte en una hora.

No sería un acto de lealtad. Sería un suicidio. Y no el suyo: el de sus hombres.

Bock no era un hombre sentimental. Le llamaban der Sterber , el que muere, y lo sabía y no le molestaba: siempre había creído que la muerte de un soldado por la patria era el acto más alto de su oficio.

Pero la muerte tenía que servir para algo.

Morir por la patria era una cosa. Morir por un hombre que ya no estaba en condiciones de mandarle a uno a morir era otra muy distinta, y Bock era lo bastante prusiano para distinguirlas.

Y luego estaba la otra cosa. La que no se decía.

Bock era ambicioso. Lo sabía, y sabía que los demás lo sabían.

Había llegado a donde estaba sirviendo bien a todo el que mandaba, sin preguntar demasiado quién mandaba.

Si en Alemania iba a haber un nuevo amo —un rey, un regente, un dictador con corona, le daba igual el nombre—, ese amo necesitaría generales.

Y recordaría quién había acatado a la primera y quién a la tercera.

Bock cogió el telegrama en blanco. Lo miró un momento más. Luego cogió la pluma y, con su letra alta, delgada y sin adornos, escribió en la línea de la dirección: A las fuerzas que ocupan Berlín . Y debajo: El Gruppenkommando 3 acata. Todas las unidades, acuarteladas. von Bock.

Rompió el otro telegrama, el dirigido al Bendlerblock, en cuatro trozos, y los tiró a la papelera.

—Por radio —dijo—. En claro. Ahora.

—¿Y al Bendlerblock, Herr General?

—El Bendlerblock —dijo Bock, levantándose— se enterará por la radio, como todo el mundo.

* * *

Weimar. Cuartel general de la 1. Panzer-Division. 12:41 hrs.

El Generalleutnant Maximilian Freiherr von Weichs recibió la tercera tira de papel, la de Bock, de pie en el patio del cuartel, junto a una fila de Panzer I con las escotillas abiertas y las tripulaciones fumando a su lado, sin saber qué hacer con las manos.