Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO IV — Acuartelados #2
12%

CAPÍTULO IV — Acuartelados #2

Llevaba casi una hora así. A las once y cuarenta y uno había mandado poner en alerta a la división; a las doce menos cuarto había mandado arrancar los motores; a las doce había mandado pararlos otra vez, porque no tenía adónde ir.

Berlín estaba a doscientos cincuenta kilómetros.

Por carretera, con aquellos carros, que se averiaban cada cincuenta kilómetros, y con los camiones de combustible que tenía, que no le llegaban ni para la mitad del camino, eran dos días.

Quizá tres. En tren, si la Reichsbahn conseguía reunir los vagones plataforma, que no tenía preparados porque nadie había previsto nada parecido, uno y medio.

Para cuando llegara la vanguardia, aquello, fuera lo que fuera, habría terminado de una forma o de otra.

Y si llegaba —Weichs miró los Panzer I, sus torrecillas con las dos ametralladoras, sus planchas finas como la tapa de una lata—, ¿para qué?

Weichs era bávaro, como Leeb, y barón, y jinete.

Había mandado caballería en la guerra y había aprendido a querer los caballos antes que las máquinas.

Cuando le dieron la 1. Panzer-Division, cuatro meses atrás, lo había aceptado como un honor y como un deber, y se había puesto a aprender motores con la paciencia de un hombre de cincuenta y cuatro años que nunca había arreglado nada más complicado que una silla de montar.

Le gustaban sus muchachos. Eran jóvenes, entusiastas, se pasaban el día debajo de los carros llenos de grasa.

No quería ver a ninguno de ellos ardiendo en una carretera de Brandeburgo.

Además, Weichs era católico y sabía rezar. Eso, en ciertos momentos, ayudaba a no tener que decidir solo.

Leyó la tira de papel otra vez. Gruppenkommando 3 acata . Los tres, ahora.

Se volvió hacia su jefe de estado mayor.

—Mande parar los motores definitivamente. Que las tripulaciones vuelvan a los barracones. Y transmita: 1. Panzer-Division, a la espera de órdenes, acuartelada. Conforme. von Weichs.

—¿Conforme, Herr General? ¿Conforme con qué?

Weichs miró los carros.

—Con que no tengo nada que hacer —dijo—. Que es lo único de lo que estoy seguro hoy.

* * *

Würzburg. Cuartel general de la 2. Panzer-Division. 12:44 hrs.

El Oberst Heinz Guderian llevaba tres cuartos de hora sin sentarse, recorriendo de punta a punta la sala de mapas como un animal encerrado.

Su jefe de estado mayor lo miraba desde la mesa sin decir nada. Lo conocía desde hacía años. Sabía que cuando Guderian se ponía así lo mejor era dejarle hablar, porque Guderian no pensaba en silencio: pensaba en voz alta, y casi siempre a gritos.

—¡Cuatro coma seis! —dijo Guderian, por tercera vez, deteniéndose delante de la ventana—.

Lo ha dicho el informe de Lichterfelde, el que ha pasado la policía.

Carros con cañón de cuatro coma seis. Torretas de tres hombres.

Blindaje soldado. ¡Soldado! ¿Quién demonios en Europa suelda el blindaje?

¿Dónde se han fabricado? ¿Quién los ha diseñado?

¿Cómo es posible que nadie en la Abwehr, en el Heereswaffenamt, en ningún sitio, haya visto ni un solo plano de esto?

—No lo sé, Herr Oberst.

—¡Claro que no lo sabe! ¡Nadie lo sabe! —Guderian se dio la vuelta—.

Llevo diez años peleándome con el Estado Mayor para que entiendan que el carro de combate no es una ametralladora con orugas.

Diez años. Escribiendo memorándums que nadie lee.

Explicando que lo que necesitamos es un carro de tres hombres en la torreta, uno que mande, uno que apunte y uno que cargue, para que el jefe no tenga que hacer tres cosas a la vez.

Que necesitamos radios en todos los carros.

Que necesitamos blindaje que pare algo más que el fuego de fusil.

Que necesitamos cañones. —Se golpeó la palma con el puño—.

Y de repente aparece un desconocido en Berlín con doscientos y pico carros que son exactamente lo que yo llevo diez años pidiendo. ¡Exactamente!

Se calló. Respiraba deprisa. Su jefe de estado mayor esperó.

—Herr Oberst —dijo al fin, con cuidado—. Los tres Gruppenkommandos han acatado. Weichs acaba de transmitir su conformidad desde Weimar.

Guderian lo miró. Durante un segundo pareció que iba a explotar otra vez. Luego se dejó caer en una silla, la primera vez que se sentaba en una hora.

—Estamos a cuatrocientos kilómetros —dijo, en un tono completamente distinto, bajo, casi cansado—.

Cuatrocientos. Con nuestros Panzer I, si salimos ahora, llegamos a Berlín el martes.

La mitad, averiados por el camino. Y cuando llegáramos, nos encontraríamos con un cuatro coma seis apuntándonos desde detrás de un muro a dos kilómetros, y no tendríamos nada que oponerle más que trece milímetros de chapa y dos ametralladoras.

Se pasó una mano por la cara.

—No vamos a ir —dijo—. No porque no queramos. Porque no podemos. Y porque yo no mando a mis muchachos a morir dentro de una lata.

Se levantó otra vez. Fue hasta la mesa y cogió un bloc.

—Transmita: 2. Panzer-Division, acuartelada.

Conforme. Guderian. —Se detuvo, con el lápiz en el aire—.

Y luego, aparte, sin firma, que lo vea solo usted: quiero una lista de todo lo que se sepa de esos carros.

Todo. Fotografías si las hay. Testigos. Policías.

Lo que sea. Si dentro de una semana tengo que ponerme a las órdenes de ese hombre, quiero llegar sabiendo de qué está hecho lo que tiene.

* * *

Berlín. Bendlerblock. 12:46 hrs.

En el despacho del ministro de la Guerra no quedaban más que dos hombres.

El Generaloberst Werner von Blomberg estaba sentado detrás de su mesa con cinco tiras de papel de la radio extendidas delante de él, en fila, como cartas de una baraja. Rundstedt. Leeb. Bock. Weichs. Guderian. Acata. Acata. Acata. Conforme. Conforme.

Ninguno de ellos había esperado la orden del ministro. Ninguno.

Blomberg las miraba y no sabía qué sentía.

Pensó que debería sentirse traicionado. Sus comandantes de grupo, sus generales, habían decidido por su cuenta, sin consultarle, sin esperar la orden que él mismo había firmado hacía media hora y que Beck estaba llevando en la mano al otro lado del canal. Le habían pasado por encima.

Pero no se sentía traicionado. Se sentía, para su propia sorpresa, liberado. Como si le hubieran quitado de las manos algo que pesaba demasiado y que nunca había sabido cómo sostener.

Blomberg había pasado tres años sosteniéndolo.

Había dado al Führer todo lo que el Führer había querido: el juramento personal, el águila con la esvástica en las guerreras, el silencio ante los asesinatos del 34, el silencio ante todo lo demás.

Lo había dado porque creía que el Ejército, a cambio, quedaría al margen.

Que Hitler haría su política y el Ejército haría su oficio.

Que se podía pactar con aquel hombre como se pacta con el tiempo: aceptando la lluvia a cambio de la cosecha.

Ahora el hombre estaba en un camión. Y Blomberg descubría que no echaba de menos la lluvia.

—Se ha decidido sin nosotros —dijo.

El General der Artillerie Werner von Fritsch, junto a la chimenea apagada, no contestó enseguida. Se había vuelto a poner el monóculo. Miraba las tiras de papel desde lejos, sin acercarse.

—Se ha decidido como tenía que decidirse —dijo al fin—. Desde abajo. Los soldados no han querido. Nosotros solo tenemos que firmarlo.

—Beck no está.

—Beck sabía lo que firmábamos antes de salir. Lo hablamos los tres. Si los Gruppenkommandos se sometían, transmitíamos el acatamiento sin esperarle. Lo dijo él mismo, Blomberg. No me esperen.

Blomberg asintió. Lo recordaba. Beck abotonándose la guerrera, cogiendo la orden de la mesa y diciendo, en la puerta, sin volverse: Si los grupos acatan, transmitan. No me esperen.

Fritsch se apartó de la chimenea y se acercó a la mesa por primera vez. Se quedó de pie, frente al ministro, con las manos a la espalda.

—Le voy a decir lo que pienso, Blomberg.

No se lo he dicho nunca, y no se lo volveré a decir.

—Su voz no cambió. Fritsch hablaba siempre igual: seco, preciso, como si dictara un parte—.

Durante tres años he obedecido a ese hombre porque usted me lo pidió y porque juré.

No me arrepiento de haber jurado: un oficial jura lo que le mandan jurar.

Pero sí me arrepiento de una cosa. Me arrepiento del 30 de junio del 34.

Me arrepiento de Schleicher y de Bredow, asesinados en sus casas como perros, y de no haber hecho nada.

Del silencio. Ese silencio lo llevo conmigo desde hace año y medio, y no se me va.

Blomberg no lo miró.

—Esta mañana —siguió Fritsch— un desconocido ha entrado en Berlín y no ha disparado contra el Ejército.

Ni una bala. Ha deshecho a la Leibstandarte, la misma Leibstandarte que en el 34 hizo de pelotón de fusilamiento.

Y ha detenido a los hombres que dieron aquella orden.

No sé quién es. Pero ya me ha dado algo que usted y yo no fuimos capaces de darnos en año y medio.

—¿Qué?

—La posibilidad de no callar más.

Fritsch se apartó de la mesa.

—Transmita, Blomberg. En nombre de los tres.

Blomberg cogió una hoja en blanco con el membrete del ministerio. Escribió despacio, con su letra grande, inclinada, de colegio de cadetes:

El Ministro de la Guerra, el Comandante en Jefe del Ejército y el Jefe del Estado Mayor del Ejército, a las fuerzas que ocupan Berlín y a todas las unidades de la Wehrmacht: el mando acata. La Wehrmacht permanece acuartelada a la espera de nuevas órdenes. von Blomberg. von Fritsch. Beck.

Firmó la primera línea. Le pasó la pluma a Fritsch. Fritsch firmó la segunda. La tercera quedó con el nombre escrito a máquina y sin firma.

Blomberg llamó al oficial de transmisiones.

—Por radio. En claro. A todas las frecuencias. Y por teletipo a todos los distritos.

—A sus órdenes, Herr Generaloberst.

Cuando el oficial salió, Blomberg se quedó un rato sentado, mirando la línea sin firmar.

—Me pregunto qué estará pensando Beck —dijo.

* * *

Landwehrkanal, orilla sur. 12:49 hrs.