CAPÍTULO IV — Acuartelados #3
El General der Artillerie Ludwig Beck estaba de pie junto a un Kettenträger, en la orilla del canal, con la orden firmada en el bolsillo interior de la guerrera y el pañuelo blanco todavía en la mano izquierda. Se le había olvidado guardarlo.
Delante de él, a dos metros, el Oberst Sommerfeld, el de las gafas, le había ofrecido un cigarrillo, que Beck había rechazado, y luego un café de un termo, que Beck había aceptado.
Se lo estaba tomando a sorbos pequeños, con la mano libre.
Era malo. Era el primer café que tomaba en el día, y lo agradeció.
Nadie le había apuntado con un arma. Nadie le había registrado.
Sommerfeld lo había recibido en la orilla con el saludo militar reglamentario y le había dicho, con toda corrección: Su Majestad ha sido informado, Herr General, y viene en persona.
Le ruego que espere aquí. Luego se había quedado a su lado, en silencio, con una cortesía tan perfecta que a Beck le había parecido casi ofensiva.
Beck había aprovechado la espera para observar. Era lo que mejor sabía hacer.
Había observado los carros: anchos, bajos, con aquel escudo gris de la llave púrpura pintado en la torreta.
Había observado a la infantería: hombres de unos veinticinco o treinta años, algunos mayores, bien alimentados, con un equipo nuevo que no había visto nunca y que llevaban como si lo hubieran llevado toda la vida.
Había observado cómo se movían, cómo se hablaban, la economía de gestos de los suboficiales.
Había observado que nadie fumaba sin permiso.
Que nadie miraba a los civiles que se asomaban en los balcones de enfrente.
Que los centinelas se relevaban a la hora exacta.
Era la mejor infantería que Beck había visto en su vida. Y Beck había visto la de 1914.
La radio del Kettenträger crepitó. Un soldado se inclinó sobre ella, escuchó, y levantó la cabeza hacia Sommerfeld.
—Herr Oberst. Transmisión en claro desde el Bendlerblock.
—Póngala alta.
El soldado subió el volumen. La voz del oficial de transmisiones del ministerio —Beck la reconoció: era el comandante Hesse, un hombre de Kassel con el que había comido muchas veces en el casino— llegó metálica, deformada, leyendo despacio, como se lee algo que no se quiere leer mal:
…el Ministro de la Guerra, el Comandante en Jefe del Ejército y el Jefe del Estado Mayor del Ejército, a las fuerzas que ocupan Berlín y a todas las unidades de la Wehrmacht: el mando acata…
Beck escuchó su propio cargo pronunciado por la radio, en una orden que no había firmado, pero que había pedido que transmitieran.
…von Blomberg. von Fritsch. Beck.
Sommerfeld no dijo nada. Los soldados que estaban junto al Kettenträger tampoco. Uno de ellos, muy joven, miró a Beck de reojo y apartó la vista enseguida.
Beck se terminó el café. Le devolvió la taza a Sommerfeld.
—Gracias, Herr Oberst.
—De nada, Herr General.
Beck se quedó mirando el agua del canal. Estaba negra, lenta, con placas de hielo sucio a lo largo de los muros. Una gabarra amarrada en la otra orilla tenía el nombre pintado en la popa: Gute Hoffnung . Buena Esperanza. Beck lo leyó dos veces.
Pensó en la orden que llevaba en el bolsillo.
Permanecer en cuarteles. Conocer las condiciones.
Había salido del Bendlerblock con ella hacía media hora, convencido de que era lo máximo que el Ejército podía dar sin deshonrarse.
Ahora ya no servía de nada: el Ejército había dado más.
Había dado todo. Y no se lo habían pedido desde arriba.
Lo habían decidido Rundstedt, Leeb y Bock, cada uno en su despacho, sin consultarse, como hombres que llevan mucho tiempo esperando a que alguien les dé permiso para hacer lo que ya habían decidido.
Beck se dio cuenta de que no estaba triste. Se dio cuenta de que tampoco estaba contento. Lo que sentía era más parecido a la vergüenza. No por haber acatado. Por haber tardado tanto en descubrir que el Ejército entero estaba dispuesto a hacerlo, y por no haber sido él quien lo propusiera.
Beck llevaba más de dos años al frente del Estado Mayor.
Llevaba más de dos años escribiendo memorándums prudentes contra los planes del Führer: contra el ritmo del rearme, contra las aventuras en el exterior, contra todo lo que pudiera llevar a Alemania a una guerra que no podía ganar.
Memorándums razonados, numerados, con anexos.
Nadie los había leído. Él lo sabía. Y había seguido escribiéndolos, porque era lo que sabía hacer, y porque escribir un memorándum es una forma de no tener que hacer nada más.
Esa mañana, un hombre sin nombre había hecho en tres horas lo que Beck no se había atrevido ni a escribir.
Por el puente, al fondo, apareció un coche. Un vehículo de mando de seis ruedas, gris, con un banderín en el guardabarros, escoltado por dos motoristas. Avanzaba entre los carros. Sommerfeld se puso firme.
Beck guardó por fin el pañuelo blanco en el bolsillo. Se ajustó la guerrera. Se quedó de pie, muy derecho, mirando el coche que se acercaba.
* * *
Carretera de Bernau, Weißensee. 14:08 hrs.
El Leutnant Joachim Rathke, del Panzer-Regiment 5, llevaba dos horas dando un rodeo que en cualquier otro día habría considerado absurdo.
Habían salido de Wünsdorf a las doce y cinco por la Reichsstraße 96, veinte carros y una sección de motoristas, y a la altura de Zossen el capitán que mandaba el destacamento había recibido por radio el aviso de un motorista de vanguardia: en el campo de Dahlewitz había un hospital de campaña con banderas de la Cruz Roja, y más adelante, en el Teltowkanal, piezas de artillería pesada apuntando a la carretera.
Con la orden de Feßmann en la cabeza — no disparéis a nadie —, el capitán había decidido no meterse por la boca del lobo.
Había girado al este, por carreteras secundarias, por Königs Wusterhausen, por Erkner, rodeando Berlín por el lado de los lagos y los pinares, para entrar en la ciudad por donde nadie lo esperara.
Por el noreste.
Rathke iba en el tercer carro, un Panzer I, sentado en el borde de la escotilla con los prismáticos colgados del cuello y una cámara Leica en el bolsillo del chaquetón, que el capitán le había entregado al salir con una orden sencilla: fotografíe todo lo que vea .
Rathke tenía veintitrés años, era aficionado a la fotografía y era, que él supiera, el único oficial del regimiento con una Leica propia. Por eso lo habían elegido.
A las dos y ocho, al salir de una curva entre huertos cercados, el capitán, en el primer carro, levantó el brazo y la columna se detuvo.
Rathke se puso de pie en la escotilla y levantó los prismáticos.
Lo vio por partes, como se ven estas cosas.
Primero, la carretera, recta, bordeada de árboles desnudos, que entraba en la ciudad a un kilómetro y medio.
Luego, en la última manzana de casas, algo que no encajaba: una tapia de ladrillo con huecos abiertos a golpe de pico, y en cada hueco la sombra de algo.
Luego, a la izquierda de la carretera, en una loma baja cubierta de escarcha, una silueta que al principio le pareció un montón de tierra y que, al enfocar, resultó ser la torreta de un carro, enterrado hasta el casco tras la cresta, con solo la torreta y el cañón asomando.
Al lado, otra. Y otra. Rathke contó cinco solo en aquella loma. En la loma de la derecha, otras cinco.
Luego vio los cañones. En los solares a ambos lados de la carretera, en posiciones excavadas en la tierra helada y cubiertas con redes, piezas de tubo largo, muy largo, más largo que nada que él hubiera visto en un cañón de campaña, apuntando a la carretera en línea recta. Apuntando hacia él.
Y luego vio que alguien lo estaba mirando a él.
En la loma de la izquierda, junto a uno de los carros enterrados, un hombre de pie con unos prismáticos. Gris. Tranquilo. No hacía ningún gesto. Solo miraba.
Rathke bajó los prismáticos. Tenía la boca seca.
Sacó la Leica.
Hizo dieciséis fotografías en cuatro minutos.
La loma de la izquierda, con sus cinco torretas.
La de la derecha. Los cañones de tubo largo en los solares.
La tapia con sus aspilleras. El hombre de los prismáticos, que no se movió en ningún momento y que, en la última fotografía, Rathke habría jurado que levantaba una mano: no para disparar, no para amenazar, sino un saludo pequeño, casi cortés, como el de un vecino que te ve pasar desde el otro lado de la calle.
Nadie disparó. Ni ellos ni los otros.
El capitán, en el primer carro, se volvió hacia la columna y movió el brazo en círculo, con el puño cerrado.
Marcha atrás.
Los veinte carros retrocedieron por la carretera, sin girar, durante doscientos metros, hasta la curva de los huertos. Allí giraron uno a uno, con un chirriar de orugas sobre el asfalto helado, y volvieron por donde habían venido.
Rathke se quedó sentado en el borde de la escotilla con la Leica entre las manos, mirando hacia atrás, hasta que la última loma desapareció detrás de los árboles.
* * *
Wünsdorf. Cuartel general de la 3. Panzer-Division. 16:37 hrs.
Las fotografías llegaron todavía húmedas, en una bandeja de esmalte, traídas personalmente por el fotógrafo del cuartel, que las había revelado en el laboratorio en veinticinco minutos y no se había atrevido a secarlas del todo.
El Generalleutnant Ernst Feßmann las extendió sobre la mesa de su despacho, una junto a otra.
Dieciséis. El Oberst del Panzer-Regiment 5 estaba a su lado.
El capitán que había mandado el reconocimiento, cubierto todavía de barro helado hasta las rodillas, se mantenía firme junto a la puerta.
El Leutnant Rathke, el de la Leica, detrás de él.
Feßmann miró las fotografías durante cinco minutos sin decir nada.