CAPÍTULO IV — Acuartelados #4
Las miró una a una, con una lupa que sacó del cajón, la misma con la que miraba los mapas.
Contó las torretas en las lomas. Midió con el dedo la longitud de los tubos de los cañones de los solares y la comparó con la altura de los hombres que se veían junto a ellos.
Miró la tapia con sus aspilleras. Miró la disposición de las piezas: el escalonamiento, los sectores de tiro, cómo se cubrían unas a otras.
Era un hombre de cincuenta y cuatro años que había hecho la guerra entera, y que durante los años de la República había sido uno de los pocos oficiales que se tomaban en serio los carros de combate, cuando los carros de combate en Alemania eran cajas de madera montadas sobre automóviles para las maniobras.
Había estudiado Cambrai como otros estudiaban Cannas. Sabía leer una posición defensiva.
Y lo que tenía delante no era una posición defensiva cualquiera. Era una lección.
Los carros, enterrados hasta la torreta tras la cresta de una loma, invisibles para cualquier carro que viniera por la carretera hasta que estuviera a tiro.
Los cañones contracarro, de un calibre que Feßmann calculó con la lupa en ocho centímetros largos, quizá más, cubriendo la carretera en enfilada a dos mil metros.
Las aspilleras en la tapia, para la infantería.
Y todo ello escalonado en profundidad, de modo que si un atacante forzaba la primera línea se encontraba en el fuego cruzado de la segunda.
Contra eso, sus Panzer I. Sus cajas de lata con dos ametralladoras.
Feßmann dejó la lupa sobre la mesa.
Pensó en sus hombres. En los muchachos que había visto aquella mañana acelerando motores en frío en el patio, con ruido de máquina de coser.
Pensó en lo que habría pasado si el capitán del reconocimiento hubiera sido otro: un muchacho con ganas de medalla, como había temido, que hubiera visto aquellas torretas y hubiera dado la orden de avanzar.
Veinte carros. Ochenta hombres. Ardiendo en una carretera de Weißensee en menos tiempo del que se tarda en contarlo.
Y el hombre de los prismáticos, en la última fotografía, levantando una mano. Como un vecino.
Les habían dejado irse. Les habían visto llegar, los habían tenido en la mira durante cuatro minutos, y les habían dejado irse. Eso no lo hacía un enemigo. Eso lo hacía alguien que quería que volvieran y contaran lo que habían visto.
Feßmann se levantó. Fue hasta el aparato de radio del despacho, el transmisor de la división, que normalmente manejaba un suboficial de transmisiones. El suboficial se levantó de un salto.
—Déjeme —dijo Feßmann.
El suboficial se apartó. Feßmann se sentó en su silla, cogió el micrófono y comprobó la frecuencia: la general, en claro, la misma por la que llevaban toda la tarde llegando las conformidades de los demás.
Las de los Gruppenkommandos, las de Weichs, las de Guderian, la del ministerio.
Desde las doce y cuarenta y seis, la 3. Panzer-Division era la única unidad del Ejército alemán que no había dicho nada.
Apretó el botón.
— Tercera. Acuartelada.
Soltó el botón. Lo volvió a apretar.
— Tercera. Acuartelada.
Soltó. Apretó.
— Tercera. Acuartelada.
Dejó el micrófono sobre la mesa. Se levantó. El suboficial lo miraba con la boca abierta. El capitán del reconocimiento, junto a la puerta, se había puesto firme sin darse cuenta.
Feßmann recogió las dieciséis fotografías de la mesa, las metió en un sobre de papel manila y lo guardó en la caja fuerte de su despacho.
* * *
París. Hôtel Matignon. 18:30 hrs.
El Consejo de Ministros se reunió en sesión extraordinaria a las seis y media de la tarde, en el salón del primer piso del Hôtel Matignon, con las cortinas echadas y todas las lámparas encendidas.
Era la segunda vez que el gabinete de Albert Sarraut se reunía desde su formación, cuarenta y ocho horas antes.
La primera había sido para repartirse los despachos.
Sobre la mesa, el informe de la Sûreté, el del Deuxième Bureau del Estado Mayor y la transcripción de la Agence Havas, que tenía un corresponsal en Berlín que había conseguido mandar tres cables antes de que se cortaran las líneas telefónicas con el extranjero: carros no identificados Wilhelmstraße.
Hitler detenido según testigos. Wehrmacht acata por radio, todas las unidades acuarteladas.
El ministro de la Guerra, el general Maurin, leyó en voz alta el informe del Deuxième Bureau.
El Bureau no sabía nada. Lo dijo con más palabras, pero no sabía nada.
No sabía de dónde habían salido los carros.
No sabía quién los mandaba. No sabía quién era el hombre de la radio.
Sabía que la Wehrmacht no había combatido y que, desde las doce y cuarenta y seis, todas sus unidades estaban acuarteladas por orden de su propio mando.
—Es decir —dijo Sarraut, cuando Maurin terminó— que en Alemania, esta tarde, no hay gobierno.
—Hay alguien que ocupa Berlín, señor presidente.
—¿Quién?
Maurin no contestó.
Flandin, el ministro de Asuntos Exteriores, que llegaba de Neuilly con el traje de almuerzo todavía puesto, pidió la palabra. Era un hombre alto, muy alto, de casi dos metros, que había sido presidente del Consejo hasta el verano anterior y que no había terminado de acostumbrarse a no serlo.
—Señores, hay una sola pregunta que importa esta noche. —Puso la mano sobre la mesa—. Renania.
—Desde hace meses —siguió Flandin— todos nuestros informes coinciden: Hitler prepara la remilitarización de la orilla izquierda del Rin.
Esperábamos que lo hiciera esta primavera, aprovechando la ratificación del pacto con los soviéticos.
Teníamos que decidir qué haríamos si lo hacía.
No lo hemos decidido. —Miró alrededor de la mesa—.
Ahora Hitler está en un camión. Y la pregunta ya no es qué haremos si Alemania entra en Renania.
La pregunta es otra: ¿qué hará este hombre , sea quien sea, con Renania? ¿Y qué hacemos nosotros mientras tanto?
El general Gamelin, jefe del Estado Mayor General, que asistía al Consejo como invitado, carraspeó. Era un hombre pequeño, cuidadoso, con un bigote fino y unas manos muy blancas.
—Si me permite, señor ministro: la situación militar en la frontera es la misma que ayer. La Wehrmacht no tiene tropas en la zona desmilitarizada. Nosotros tenemos la Línea Maginot completamente guarnecida. Si mañana decidiéramos entrar en el Sarre, o en Renania, o en cualquier sitio…
—¿Entrar? —dijo Sarraut—. ¿Para qué?
Gamelin no contestó. Nadie contestó.
Al final de la mesa, un ministro joven, de los radicales, cuyo nombre la prensa de la mañana siguiente escribiría mal, dijo lo que todos estaban pensando:
—Hace un año teníamos miedo de Hitler. Esta noche Hitler está detenido y no sabemos si tener miedo de quien lo ha detenido o darle las gracias. Y, para colmo —añadió en voz más baja—, ese hombre ha hablado de coronación. Una monarquía en Alemania. Otra vez. A veinte años de Verdún.
Sarraut se quitó las gafas y se frotó los ojos.
—Propongo —dijo— que no hagamos nada esta noche. Que convoquemos al embajador alemán mañana por la mañana y le preguntemos a quién representa. Que pongamos al Ejército en alerta reforzada en la frontera del noreste, sin movilizar. Y que esperemos.
—¿A qué? —preguntó Flandin.
—A que ese hombre diga su nombre.
* * *
Viena. Cancillería federal, Ballhausplatz. 19:15 hrs.
En la cancillería austríaca, a esa hora, había más gente que nunca un domingo.
El canciller Schuschnigg no había salido de su despacho en toda la tarde.
Había recibido, por este orden: a su secretario de Estado de Asuntos Exteriores, con los cables de la legación en Berlín; al jefe de la policía de Viena, con el informe de que en el barrio de Hietzing, en Ottakring y en tres o cuatro sitios más se habían visto grupos de nazis austríacos —ilegales desde el 33— reunidos en tabernas, en silencio, escuchando la radio alemana sin entender lo que oían; al vicecanciller, el príncipe Starhemberg, jefe de la Heimwehr, que había llegado con uniforme de campaña y una euforia que Schuschnigg encontró indecente; y, a las siete y cuarto, a un hombre mayor, vestido de negro, que no tenía cargo oficial y al que su secretario hizo pasar por la puerta lateral.
El hombre era el barón Wiesner, presidente de la Unión de Legitimistas: los monárquicos austríacos que querían devolver el trono a los Habsburgo y al joven archiduque Otto, que tenía veintitrés años y vivía exiliado en Bélgica.
Wiesner no se sentó.
—Señor canciller —dijo—. Le habrán dicho lo que se dice esta tarde en los cafés del Ring.
—Me lo han dicho.
—Que si en Alemania puede volver una corona, en Austria también.
Schuschnigg lo miró con cansancio. Él mismo era legitimista de corazón: lo había sido toda su vida, lo había dicho en público más de una vez y, en privado, soñaba a veces con Otto en el Hofburg. Pero era canciller, y un canciller no podía permitirse soñar en voz alta en una noche como aquella.
—Barón —dijo—, en Alemania alguien ha tomado una capital con una división de carros.
Nosotros no tenemos una división de carros.
Lo que tenemos son vecinos: Italia, Checoslovaquia, Yugoslavia, Hungría.
Si mañana yo anuncio la restauración de los Habsburgo, Beneš moviliza el martes. Y Belgrado el miércoles.
—¿Y si quien gobierna Alemania la semana que viene es otro rey?
Schuschnigg no contestó enseguida.
Era la pregunta que llevaba toda la tarde haciéndose.
Durante dos años, el peligro para Austria había tenido un nombre y una cara: la cara del hombre nacido en Braunau, que quería tragarse Austria entera y lo había dicho en su libro.
Ahora ese hombre estaba en un camión. Y en su lugar había otro, sin nombre, que hablaba de coronas.
¿Querría Austria? ¿Querría a Austria como provincia, como aliada, como reino hermano bajo un mismo emperador? ¿O no le interesaría Austria en absoluto?
Nadie lo sabía. Esa era la peor de las respuestas.