CAPÍTULO IV — Acuartelados #5
—Si quien gobierna Alemania es otro rey, barón —dijo al fin—, lo primero que tendremos que saber es si es un rey alemán o un rey de los alemanes. Que no es lo mismo. Y para Austria, la diferencia es la vida o la muerte.
Wiesner inclinó la cabeza.
—¿Y mientras tanto?
—Mientras tanto —dijo Schuschnigg—, que nadie en Viena diga la palabra corona en voz alta. Ni ustedes. Ni yo.
* * *
Varsovia. Palacio Brühl, Ministerio de Asuntos Exteriores. 20:00 hrs.
El coronel Józef Beck había mandado a alguien a la embajada alemana a la una de la tarde, con la orden de preguntar al embajador a quién representaba y de fijarse en la cara que ponía.
El enviado había vuelto a las tres. El embajador, Hans-Adolf von Moltke, lo había recibido en persona, había escuchado la pregunta con mucha educación y había contestado, con más educación aún, que representaba al Reich alemán.
—¿Y la cara? —preguntó Beck.
—La de un hombre que no ha dormido, señor ministro. Y que no sabe si mañana tendrá despacho.
Beck asintió. Ahora, a las ocho de la noche, estaba en el despacho del general Rydz-Śmigły, el inspector general de las Fuerzas Armadas, el hombre que había heredado el sable de Piłsudski cuando Piłsudski había muerto, en mayo del año anterior.
Rydz-Śmigły era un hombre de mediana estatura, calvo, con un uniforme impecable y la mirada lenta de un soldado que sabe que su país está entre dos gigantes y no quiere que se le note.
Tenían un mapa desplegado sobre la mesa. Alemania al oeste. La Unión Soviética al este. Polonia en medio.
—Dos cosas, mi general —dijo Beck—. Una es Danzig. La otra es Moscú.
—Empiece por Danzig.
—En Danzig, el Senado lo controlan los nazis.
Greiser, Forster. Desde esta tarde no saben a quién obedecer.
Su Führer está detenido. Si mañana ese hombre de Berlín les ordena someterse, se someterán o no.
Si no se someten, Danzig será una ciudad libre gobernada por un partido sin jefe, y nosotros tendremos que decidir si nos quedamos mirando.
—¿Y si se someten?
—Entonces Danzig obedecerá a un rey alemán. —Beck se encogió de hombros—. No sé qué es peor. Un Hitler lo conocíamos. Firmamos con él. Hablaba mucho, pero a nosotros nos dejaba en paz, porque nos necesitaba contra los rusos. Este no sabemos qué necesita.
Rydz-Śmigły miró el mapa.
—¿Y Moscú?
—Moscú es peor. —Beck puso el dedo sobre la frontera oriental—.
Stalin lleva tres años contando con que Hitler es su enemigo.
Con eso justifica todo: el rearme, el pacto con Francia, las purgas.
Si Hitler cae y en su lugar aparece una monarquía alemana, Stalin tendrá miedo.
Y cuando Stalin tiene miedo, mira hacia el oeste.
Y lo primero que encuentra al oeste, mi general, somos nosotros.
Rydz-Śmigły no dijo nada durante un rato largo.
—¿Qué propone?
—Lo mismo que París, supongo. Nada. Esperar.
Alerta discreta en el corredor y en la frontera de Prusia Oriental.
Y, sobre todo, mandar a alguien a Berlín.
Alguien listo. No a la embajada: a la calle.
A ver a ese hombre. —Beck enrolló el mapa —.
Quiero saber cómo es antes de que nadie en Europa sepa cómo se llama.
* * *
Amberes. Pelikaanstraat, barrio de los diamantes. 20:40 hrs.
En la trastienda de una tienda de diamantes de la Pelikaanstraat, a cien metros de la estación central, había once hombres alrededor de una radio.
Eran comerciantes de diamantes, talladores, un rabino joven y el hijo de uno de ellos, que estudiaba en la Universidad de Gante.
Seis eran belgas. Cinco eran alemanes, o lo habían sido: judíos de Berlín, de Fráncfort, de Leipzig, que habían salido de Alemania en el 33 o en el 34 con lo que pudieron sacar —en el caso de los diamantistas, a menudo en el forro del abrigo— y se habían instalado en Amberes porque allí estaba el oficio, y porque allí se hablaba una lengua que se parecía lo bastante al alemán como para no sentirse del todo extranjeros.
Escuchaban la radio belga, la INR de Bruselas, que a las ocho y media había leído un boletín especial con los cables de las agencias: carros no identificados en la Wilhelmstraße; el canciller Hitler, detenido según testigos; las fuerzas armadas alemanas, acuarteladas por orden de su propio mando .
Luego el locutor había leído, traducido al francés, el texto de la emisión de mediodía, la del hombre sin nombre.
No decía quién era.
No decía qué iba a pasar con el Führer.
Cuando el boletín terminó y la emisora puso un vals, nadie apagó la radio. El dueño de la tienda, un hombre de Fráncfort llamado Rosenthal, que en Fráncfort había tenido una casa con jardín y en Amberes tenía dos habitaciones encima de la tienda, se quitó las gafas y las limpió con el pañuelo.
—Dice que está detenido —dijo el estudiante de Gante.
—Según testigos —dijo Rosenthal.
—Entonces es verdad.
Rosenthal no contestó.
Uno de los talladores, un hombre muy viejo de Leipzig que no había hablado en toda la tarde, dijo de pronto, con la voz rota:
—Mi hermano está en Leipzig. No ha querido salir. Dice que es alemán. Que su padre luchó en Verdún y tiene la Cruz de Hierro y que a él no le van a hacer nada.
Nadie le contestó.
—¿Mañana podrá salir de su casa sin miedo? —preguntó el viejo, mirando la radio, como si la radio pudiera contestarle—. ¿Mañana? ¿Alguien sabe si mañana podrá salir de su casa sin miedo?
El rabino joven puso una mano sobre el hombro del viejo.
—No lo sabemos —dijo—. No sabemos quién es ese hombre. No sabemos qué quiere. Puede que sea peor.
—Peor —repitió Rosenthal, en voz baja. Se puso las gafas—. Peor que el que hay ahora en el camión.
Lo dijo como una pregunta. Nadie supo contestarla.
En la calle, por la ventana, se veían las luces de la estación central y, más allá, el resplandor del puerto, donde aquella misma tarde, en las oficinas de las navieras, los empleados de guardia habían estado recibiendo telegramas de Hamburgo y de Bremen que pedían, con un tono que nadie recordaba haber visto en un telegrama comercial alemán, que se retrasaran todos los envíos con destino a Alemania hasta nuevo aviso.
* * *
Ámsterdam. Redacción de De Telegraaf, Nieuwezijds Voorburgwal. 21:30 hrs.
En la redacción de De Telegraaf se había decidido a las nueve que la edición del lunes llevaría a toda plana, en primera, un único titular. A las nueve y media todavía no se había decidido cuál.
El redactor jefe tenía tres pruebas sobre la mesa. La primera decía: GOLPE DE ESTADO EN BERLÍN . La segunda: HITLER DETENIDO . La tercera, más pequeña, tachada y vuelta a escribir: ¿UN NUEVO KÁISER?
—La tercera no —dijo el redactor jefe—. No sabemos nada.
—Ha dicho coronación —protestó el redactor de internacional, un hombre joven que había estado en Berlín de corresponsal hasta el año anterior y había vuelto con úlcera—. Lo ha dicho por la radio. Lo hemos grabado.
—Ha dicho coronación . No ha dicho quién se corona. Si mañana resulta que es el Kronprinz, o un Wittelsbach, o un sargento loco, quedamos como idiotas.
—¿Y si es el viejo?
Se hizo un silencio en la redacción.