CAPÍTULO IV — Acuartelados #6
El viejo estaba en Doorn. A ochenta kilómetros de allí.
En los Países Bajos, desde hacía diecisiete años, cortando leña en su parque, bajo la protección de la reina Guillermina y del gobierno holandés, que en 1919 se había negado a entregarlo a los aliados para que lo juzgaran.
Era el vecino más incómodo que había tenido nunca el país.
—Han llamado de Utrecht —dijo una secretaria desde la puerta—. El corresponsal de allí ha ido a Doorn esta tarde. Dice que hay luz en todas las ventanas de la casa. Y que la policía holandesa ha puesto un guardia en la verja.
El redactor jefe se quedó mirando la tercera prueba.
—Que el corresponsal se quede allí toda la noche —dijo—. Y que llame cada hora.
—¿Y el titular?
El redactor jefe cogió la segunda prueba, HITLER DETENIDO , y la miró un momento.
—Este —dijo—. Es lo único que sabemos seguro.
En el pasillo, junto a la máquina de café, dos tipógrafos comentaban en voz baja que en la plaza Dam, a la salida del cine, un grupo de muchachos había cantado La Internacional y otro grupo el himno nacional, y que la policía montada había tenido que separarlos.
Y que un hombre, solo, en la acera de enfrente del Palacio Real, se había quedado mucho rato llorando sin decir por qué.
* * *
Londres. Embajada alemana, Carlton House Terrace. 22:00 hrs.
El embajador Leopold von Hoesch llevaba en Londres más de tres años y era, según opinión unánime del Foreign Office, el diplomático alemán más hábil, más culto y más respetado que había pasado por aquella casa desde antes de la guerra.
Era también, según opinión unánime de quienes lo conocían de cerca, un hombre que despreciaba profundamente al régimen al que servía y que llevaba tres años sin decirlo.
Esa noche estaba solo en su despacho del primer piso, con las ventanas que daban al Mall y una botella de coñac sin abrir sobre la mesa.
Desde las dos de la tarde había recibido: una llamada de Anthony Eden, el ministro de Asuntos Exteriores, para preguntarle con la mayor cortesía qué estaba ocurriendo en Berlín; otra de Vansittart, con menos cortesía; tres cables del Auswärtiges Amt de Berlín, el último a las cinco, firmados por un subsecretario cuyo nombre Hoesch apenas conocía, que se limitaban a confirmar que en el ministerio no había nadie con autoridad para dar instrucciones; un mensaje del palacio de Buckingham, a través del Lord Chambelán, preguntando con delicadeza si el Reich seguía teniendo previsto enviar una delegación al funeral de Su Majestad el rey Jorge el martes, y, en ese caso, quién la encabezaría.
Hoesch no había sabido qué contestar a ninguno.
Había pasado la tarde leyendo y releyendo la transcripción de la emisión de Tempelhof que la BBC le había hecho llegar, con su media docena de lagunas donde la señal se había perdido. La había leído tantas veces que se la sabía de memoria.
Pueblo de Alemania.
Lo que le había llamado la atención no era lo que decía.
Era cómo lo decía. Ni una palabra de raza.
Ni una palabra de espacio vital. Ni una palabra de revancha, de Versalles, de enemigos, de judíos, de bolcheviques.
Ni un solo grito. Un hombre había tomado Berlín y había hablado a Alemania durante dos minutos sin decir ninguna de las palabras que Hoesch llevaba cuatro años oyendo cada vez que un alemán de Berlín abría la boca.
Y había dicho coronación . Y juramento .
Hoesch era sajón de nacimiento, de una familia de industriales del acero. Había crecido en el Reich del Káiser. Había servido como diplomático al Káiser, a la República y a Hitler, con la misma corrección y con una lealtad cada vez más difícil. Sabía lo que era una corona, y sabía lo que no era.
Se sirvió un dedo de coñac. Fue hasta la ventana.
En el Mall, bajo las farolas, había gente.
No mucha, pero más de la habitual para un domingo de enero a las diez de la noche.
Pequeños grupos que se paraban delante de la embajada, miraban la fachada, hablaban en voz baja y seguían andando.
Un policía londinense, con su casco alto, paseaba por la acera de enfrente, mirando más a la embajada que a la gente.
Más allá, hacia el palacio de Saint James, las banderas a media asta por el rey muerto.
El martes, medio continente estaría en Londres para el funeral. Reyes, príncipes, presidentes, ministros. Y Alemania no sabía a quién mandar.
Hoesch se bebió el coñac de un trago.
Luego se sentó a la mesa, cogió papel con el membrete de la embajada y empezó a escribir un telegrama. No a Berlín: al Auswärtiges Amt no le serviría de nada. Lo dirigió, sin saber muy bien cómo dirigirlo, a quien ostente la autoridad en Berlín .
Embajada en Londres a la espera de instrucciones. Funeral de S.M. el rey Jorge V: martes 28. Gobierno británico pregunta por la delegación alemana. Ruego indicación urgente de quién representa al Reich.
Lo leyó. Lo firmó.
Y después, sin saber muy bien por qué, añadió una línea a mano debajo de la firma, que tachó, que volvió a escribir y que, al final, dejó:
Con mi lealtad.