Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO V — Puño acorazado
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CAPÍTULO V — Puño acorazado

Aeródromo de Tempelhof.

Fenske me trajo los papeles a la tienda pasadas las diez.

Hacía un frío que cortaba. El hornillo de hierro ardía en el centro y aun así el aliento se veía dentro de la lona.

Fuera, el campo de aviación estaba negro, sin una luz, salvo la bombilla roja en lo alto de cada mástil de la antena y el resplandor amarillo de la ventana del barracón del transmisor.

Más allá, la ciudad. Berlín se había quedado a oscuras mucho antes de lo habitual en una noche de domingo.

Nadie se lo había ordenado. Simplemente, la gente había ido apagando las luces y cerrando las contraventanas, una a una, como se hace cuando se acerca una tormenta.

—Tráfico de radio, Majestad —dijo Fenske—. Desde las siete de la tarde. Francés y belga.

Desplegó los papeles sobre la mesa. Eran hojas de bloc, escritas a lápiz, con las horas de cada interceptación en el margen y las frecuencias apuntadas al lado. Los hombres de Fenske llevaban toda la tarde con los auriculares puestos, barriendo el dial.

—No podemos leer el contenido: va cifrado.

Pero el volumen, sí. —Señaló una columna de cifras—.

A partir de las siete, el tráfico de las estaciones militares francesas del noreste se multiplica por cuatro.

Metz, Estrasburgo, Thionville, Nancy. Las estaciones de los sectores fortificados también.

Y a partir de las nueve, lo mismo en Bélgica: Lieja, Namur, la zona de Eupen.

—Levantó la vista—. No es una movilización, Majestad.

Para eso harían falta los ferrocarriles, y los ferrocarriles no se han movido.

Pero es una alerta. Están poniendo a las unidades de la frontera en pie.

Miré las hojas. Sabía lo que eran sin necesidad de leerlas.

En mi otra historia, seis semanas después, cuando los batallones de Hitler cruzaran el Rin, Francia haría exactamente esto: poner la frontera en alerta, sacar a los hombres de la Línea Maginot a sus puestos, mover algunas divisiones, hablar mucho por radio.

Y luego nada. No porque no pudiera. Porque no se atrevería.

Esa vez Francia había tenido miedo de Hitler. Ahora no sabía de quién tenerlo.

Y eso, pensé, era más peligroso. Un hombre que no sabe de quién tener miedo hace cosas raras.

—¿Hollenbach?

—En el puesto de mando del 3.º, en el Tiergarten, Majestad. ¿Lo mando llamar?

—No. —Me levanté—. Vamos al barracón.

* * *

Ewers estaba dormido sobre la mesa del transmisor, con la cabeza sobre los brazos. Se despertó al oírnos entrar, se puso de pie de un salto, se cuadró y se le cayó la silla. Nadie se rio.

—Majestad.

—Póngalo en el aire, Hauptmann.

—¿La grabación del mediodía?

—No. Algo nuevo.

Ewers me miró un segundo. Luego se puso los auriculares, accionó tres palancas, esperó a que una aguja se estabilizara y asintió.

Me senté frente al micrófono. Esta vez no había escrito nada.

Ewers bajó los dedos. Uno. Dos. Tres.

— El Königliches Heer ha concluido la toma del control político. La Wehrmacht está acuartelada.

» A las fuerzas extranjeras. Hemos detectado tráfico en las unidades fronterizas francesas y belgas.

No oséis intentar ninguna maniobra. Vuestra táctica, vuestra doctrina y vuestra potencia de fuego son, francamente, insuficientes.

No hagáis que mi puño acorazado tenga que enseñaros cuál es vuestro lugar.

» Pueblo alemán, a todo lo largo y ancho del país.

Desde hoy y hasta nuevo aviso, toque de queda.

Queda prohibido salir de las casas antes de que el día haya despuntado por completo: antes de las ocho de la mañana.

Queda prohibido estar en la calle cuando las penumbras de la noche empiecen a llenar el día: a partir de las siete de la tarde.

Los campesinos que tengan que hacer sus labores de madrugada están autorizados a salir antes.

No os preocupéis. No durará más de setenta y dos horas.

Y cualquier daño económico personal será resarcido por la Corona, a su debido tiempo.

Solté el botón.

Ewers me miró. Lo había oído todo y no dijo nada. Fenske, junto a la puerta, tampoco.

—Repítalo cada media hora —dije—. Toda la noche.

—A sus órdenes, Majestad.

Salí. El frío me golpeó la cara como un trapo mojado. Me quedé un momento en la puerta del barracón, mirando la ciudad a oscuras.

Mi puño acorazado. No lo había pensado. Había salido así.

Y en cuanto lo dije, supe de dónde venía: de un discurso de 1897, en Kiel, de un emperador joven y vanidoso que despedía a su hermano hacia China y le pedía que golpeara con el puño acorazado a quien se le pusiera por delante.

Media Europa se había reído de aquella frase durante veinte años.

La otra media había empezado a tener miedo por ella.

El emperador de aquel discurso estaba vivo. Vivía en Holanda, a seiscientos kilómetros de allí, y era muy probable que en ese preciso momento estuviera escuchando la radio.

No sabía si me arrepentía de haberlo dicho. Sabía que ya no podía retirarlo.

* * *

Berlín. Bendlerblock. 22:41 hrs.

El General der Artillerie Ludwig Beck lo escuchó en su despacho del tercer piso, con la luz apagada y la ventana entreabierta, porque desde las dos de la tarde no soportaba el aire de dentro del edificio.

Había vuelto del canal a las dos menos cuarto. No había hablado con nadie de lo que había visto ni de lo que le habían dicho allí. Blomberg se lo había preguntado y Beck había contestado: luego . Fritsch no se lo había preguntado, y Beck se lo había agradecido.

Luego se había encerrado en su despacho y había hecho lo único que sabía hacer: pensar en el mapa.

Y ahora la radio le acababa de decir, desde Tempelhof, con aquella voz tranquila, que Francia y Bélgica habían puesto en alerta sus fronteras. Y que el hombre de la voz las amenazaba.

Vuestra táctica, vuestra doctrina y vuestra potencia de fuego son, francamente, insuficientes.

Beck se levantó. Fue hasta la ventana. Abajo, en la orilla del canal, los cuatro carros seguían en su sitio, con las tripulaciones dentro, los motores parados y una lona tendida sobre las escotillas para protegerse de la escarcha.

Durante dos años, Beck había escrito memorándums contra la guerra.

Contra cualquier guerra que Alemania no pudiera ganar, y no podía ganar ninguna, no en 1936, no con un ejército que era un andamio.

Había escrito que Francia tenía el mejor ejército de Europa.

Lo había escrito porque era verdad: setenta divisiones, la Línea Maginot, la mejor artillería del mundo, una doctrina probada en la guerra más grande de la historia.

Nadie en Alemania podía decirle a Francia que su potencia de fuego era insuficiente.

Nadie hasta esa noche.

Beck se dio cuenta de que tenía la mano izquierda cerrada sobre el marco de la ventana y la soltó. Le dolían los nudillos.

Lo que le asustaba no era la frase. Era que podía ser verdad.

Había visto aquellos carros. Había visto a aquella infantería.

Y si el hombre que la mandaba podía hacer aparecer una división de la nada en un campo de Brandeburgo —Beck todavía no se atrevía a formular esa idea con todas sus palabras, ni siquiera en su cabeza—, entonces podía hacer aparecer otra. Y otra.

Y entonces la potencia de fuego de Francia sería, en efecto, insuficiente.

Beck pensó en Verdún. En los dos millones de proyectiles de la primera semana. En el olor.

—Dios mío —dijo en voz alta, al despacho vacío—. Que no lo pongan a prueba.

* * *

Berlín. Bendlerblock. Despacho del ministro. 22:44 hrs.

— Puño acorazado —repitió el Generaloberst Werner von Blomberg.

Estaba de pie junto a la radio, con la bata de seda encima del uniforme, porque se había quedado a dormir en el ministerio en un catre que le habían subido a las nueve. No había dormido.

El General der Artillerie Werner von Fritsch, sentado en el sillón de cuero junto a la chimenea, ahora encendida, no se movió.

—Ha copiado al Káiser —dijo Blomberg—. ¿Se ha dado cuenta? Kiel, el 97. Die gepanzerte Faust. Es la misma frase.

—Me he dado cuenta.

—¿Lo ha hecho a propósito?

Fritsch se encogió de hombros, un movimiento mínimo.

—No lo sé. Puede que sí. Puede que le haya salido así. —Se quitó el monóculo y lo frotó con el pañuelo—. Lo que me importa no es la frase, Blomberg. Es el toque de queda.

—¿El toque de queda?

—En todo el país. A partir de las siete de la tarde.

Lo ha anunciado a las diez y media de la noche.

Lo que significa que ahora mismo, en este momento, todo alemán que esté en la calle, volviendo del cine, de la taberna, de casa de su madre, está infringiendo una orden que no conocía hace cinco minutos.

Y no hay nadie para hacerla cumplir. Ni la policía, que no sabe a quién obedece.

Ni nosotros, que estamos acuartelados. Ni sus tropas, que son doce mil hombres y no pueden estar en todas las calles de Alemania.

Blomberg lo miró.

—¿Y entonces?

—Entonces no es una orden de policía —dijo Fritsch—. Es una prueba. Quiere saber cuántos alemanes obedecen una orden suya sin que haya nadie que los obligue.

Se quedaron en silencio. En la radio, la emisión se repetía. Pueblo alemán, a todo lo largo y ancho del país…

—¿Y cuántos cree usted que obedecerán? —preguntó Blomberg al fin.

Fritsch miró la chimenea.

—Todos —dijo—. Es Alemania.

* * *

Berlín. Gruppenkommando 1. 22:50 hrs.

El General der Infanterie Gerd von Rundstedt lo escuchó en su casa, en Dahlem, en la sala de estar, en zapatillas, con un vaso de agua en la mano y su mujer leyendo un libro a su lado sin pasar las páginas.

Cuando terminó, dejó el vaso sobre la mesa.

—Setenta y dos horas —dijo.

Su mujer levantó la vista.

—¿Qué quiere decir, Gerd?

—Quiere decir que ese hombre sabe lo que va a hacer en setenta y dos horas —dijo Rundstedt—. Un toque de queda no se pone para tres días si no se sabe exactamente qué se va a hacer en esos tres días. —Se quedó pensando—. Y que, cuando terminen, ya no lo necesitará.

—¿Y lo de Francia?

Rundstedt tardó en contestar.