Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO V — Puño acorazado #2
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CAPÍTULO V — Puño acorazado #2

Tenía sesenta años. Había hecho la guerra del 14 en el Estado Mayor, de Bélgica a Polonia y de Polonia a Francia otra vez.

Sabía lo que era el ejército francés. Lo había visto en el Marne.

Lo había visto en el Somme. Lo había respetado como se respeta a un enemigo que no se rinde.

Y había visto lo que costaba vencerlo, y lo que costaba no vencerlo, que era casi lo mismo.

—Lo de Francia —dijo— es lo único que este hombre ha dicho en todo el día que me ha parecido de un joven.

Su mujer cerró el libro.

—¿Eso es bueno o malo?

—No lo sé —dijo Rundstedt—. Los jóvenes ganan guerras. Y también las empiezan.

* * *

Kassel. 22:52 hrs.

El General der Artillerie Wilhelm Ritter von Leeb escuchó la emisión en su despacho del Gruppenkommando, adonde había vuelto después de cenar porque no podía estar en casa sin hacer nada.

Cualquier daño económico personal será resarcido por la Corona.

Leeb anotó la frase en el margen de un parte. La subrayó dos veces.

No le había llamado la atención la amenaza a Francia. Era una amenaza de soldado, dura, quizá imprudente, pero comprensible: los franceses habían movido sus tropas y el hombre de Berlín les había dicho que no lo hicieran. Leeb, en su lugar, habría dicho lo mismo con menos adjetivos.

Le había llamado la atención la otra frase. La de los campesinos. La del dinero.

Ningún dictador habla así, pensó Leeb. Un dictador da órdenes y no dice cuánto durarán. Un dictador no se preocupa de si al lechero de Westfalia se le estropea la leche porque no ha podido salir de casa a las cinco de la mañana. Un dictador no promete pagar.

Un rey sí. Un rey de los de antes, de los que Leeb había conocido de niño en Baviera: un rey que sabe que el país es suyo, como es suya una finca, y que no se puede dejar que se pudra la cosecha de una finca propia.

La Corona. No el Estado . No el Reich . La Corona .

Leeb dejó el lápiz. Pensó que en Baviera había todavía mucha gente que llevaba en la cartera una estampa del viejo rey Luis. Pensó en lo que dirían cuando oyeran aquella frase.

Pensó que probablemente obedecerían el toque de queda.

* * *

Dresde. 22:55 hrs.

El General der Infanterie Fedor von Bock no estaba escuchando la radio cuando empezó la emisión: la oyó entrar a su ayudante en el despacho con la transcripción a medio escribir, a las once menos cinco.

La leyó de pie. Dos veces.

—Ha amenazado a los franceses —dijo el ayudante. Se notaba que no sabía si alegrarse.

—Ha hecho bien —dijo Bock.

El ayudante lo miró.

Bock dejó el papel sobre la mesa. Por primera vez en todo el día, algo parecido a la satisfacción le cruzó la cara, larga y estrecha.

—Llevamos diecisiete años —dijo— oyendo a los franceses decirnos lo que podemos y lo que no podemos hacer.

Cuántos soldados. Cuántos cañones. Dónde.

En nuestra propia casa. Diecisiete años.

Y esta noche, por primera vez desde Versalles, alguien en Berlín les ha dicho que se queden quietos.

—Se ajustó el cuello de la guerrera—. No lo dijo Hitler.

Hitler lo habría gritado. Este lo ha dicho como quien informa del tiempo que hará mañana.

Se volvió hacia la ventana. El Elba, negro. Las luces de la ciudad vieja, apagándose una a una.

—¿Y el toque de queda, Herr General? ¿Lo transmitimos a las unidades?

—Las unidades están acuarteladas —dijo Bock—. Los soldados no salen. —Se quedó pensando—. Pero que los oficiales que vivan fuera del cuartel lo cumplan, como cualquier civil. Que nadie diga mañana que un oficial del Gruppenkommando 3 se saltó la primera orden de ese hombre.

* * *

Weimar. 23:02 hrs.

El Generalleutnant Maximilian Freiherr von Weichs escuchó la emisión en el casino de oficiales de la 1. Panzer-Division, con una veintena de oficiales jóvenes que no se habían ido a dormir porque nadie se iba a dormir aquella noche.

Cuando la voz dijo puño acorazado , un teniente, al fondo, soltó una carcajada nerviosa. Nadie lo siguió. El teniente se calló enseguida.

Weichs no se rio. Weichs miraba a sus oficiales.

Eran muchachos. Ninguno pasaba de los treinta, salvo los comandantes de batallón.

Habían entrado en la Reichswehr cuando la Reichswehr era un ejército de cien mil hombres sin carros, sin aviones, sin artillería pesada, y les habían enseñado a hacer la guerra con maquetas de madera y con automóviles disfrazados de carros de combate.

Habían soñado con tener un carro de verdad.

Hacía un año se lo habían dado: el Panzer I.

Y estaban orgullosos de él como se está orgulloso de un primer coche, aunque sea un trasto.

Esa noche, un hombre por la radio había dicho que la potencia de fuego de Francia era insuficiente.

Weichs sabía lo que estaban pensando sus muchachos, porque él estaba pensando lo mismo. Si la potencia de fuego de Francia era insuficiente para aquel hombre, ¿qué era la suya?

—Señores —dijo Weichs, levantándose—, a dormir. Mañana hay que pasar revista a los carros, como todos los lunes. Con toque de queda o sin él.

Los oficiales se levantaron. Ninguno se movió hacia la puerta.

—Herr General —dijo al fin un capitán, el más antiguo de los presentes—. ¿Va a haber guerra con Francia?

Weichs lo miró.

—No lo sé, Herr Hauptmann. Pero, si la hay, no creo que la hagamos nosotros.

* * *

Würzburg. 23:05 hrs.

El Oberst Heinz Guderian no había ido a dormir.

Estaba en su despacho, con la luz de la lámpara de mesa, rodeado de papeles: los informes de la policía de Berlín sobre Lichterfelde, que había conseguido a través de un amigo en el Polizeipräsidium; las transcripciones de las dos emisiones; un croquis a lápiz, hecho por él mismo, de un carro de combate con torreta de tres hombres y cañón de cuatro coma seis, según las descripciones de los testigos.

Cuando oyó mi puño acorazado , Guderian dejó el lápiz.

Se quedó un momento muy quieto.

Luego cogió una hoja en blanco y escribió en ella, con letras grandes, en mayúsculas: PANZERFAUST. Puño acorazado. La miró. La tachó. Escribió debajo: GEPANZERTE FAUST. La miró también.

Llevaba diez años pensando en la palabra puño .

Así es como él veía las divisiones acorazadas: no como una suma de carros repartidos entre la infantería, como quería el Estado Mayor, sino como un puño cerrado.

Todos los carros juntos, concentrados en un punto, golpeando a la vez, rompiendo el frente y avanzando sin detenerse.

Klotzen, nicht kleckern : golpear con el puño, no salpicar con los dedos.

Lo había escrito en memorándums. Lo había explicado en conferencias. Lo había gritado en reuniones.

Y un hombre al que no conocía acababa de usar esa palabra por la radio para amenazar a Francia.

Guderian no sabía si sentirse halagado o robado.

Volvió al croquis. Dibujó, junto al carro, una flecha que apuntaba hacia el oeste. Luego la borró con la goma, con mucho cuidado, hasta que no quedó ni rastro.

* * *

Wünsdorf. 23:10 hrs.

El Generalleutnant Ernst Feßmann escuchó la emisión solo, en su despacho, con la caja fuerte cerrada detrás de él y las dieciséis fotografías dentro.

No dijo nada. No anotó nada.

Cuando terminó, se levantó, abrió la caja fuerte, sacó el sobre de papel manila y extendió las fotografías sobre la mesa otra vez. Buscó la última. El hombre de los prismáticos en la loma de Weißensee, junto a la torreta enterrada, con una mano levantada.

La miró mucho rato.

Vuestra táctica, vuestra doctrina y vuestra potencia de fuego son, francamente, insuficientes.

Feßmann pensó que, si alguien en Francia hubiera visto aquellas fotografías, no habría hecho falta decirlo por la radio.

Luego pensó otra cosa, y se le quedó un frío en la nuca que no tenía nada que ver con el invierno. Pensó que aquel hombre no hablaba así porque supiera lo que tenía Francia. Hablaba así porque sabía lo que tenía él.

Volvió a guardar las fotografías en el sobre y el sobre en la caja fuerte. Cerró con dos vueltas de llave.

* * *

Wilhelmshaven. 23:15 hrs.

La Kriegsmarine estaba acuartelada desde el mediodía por decisión de Raeder, y desde la una menos cuarto, además, por orden del Ministerio de la Guerra, que en su transmisión de acatamiento se había dirigido a todas las unidades de la Wehrmacht .

La Marina era una de esas unidades. Nadie la había nombrado. Pero estaba incluida.

El almirante Erich Raeder no se había ido de Wilhelmshaven.

Había cenado en el comedor del cuartel general de la estación, solo, en una mesa apartada, y después había vuelto a la sala de juntas, donde el Kapitän zur See Karl Dönitz llevaba toda la tarde escribiendo un memorándum que nadie le había pedido.

Escucharon la emisión juntos, en la radio de la sala.

Cuando terminó, Dönitz se echó hacia atrás en la silla.

—Francia —dijo—. Bélgica. El pueblo alemán. Los campesinos. —Contó con los dedos—. Habla de los campesinos que se levantan de madrugada, Herr Admiral. De los campesinos. Y de nosotros, ni una palabra. Otra vez.

Raeder no contestó.

—Esta mañana pensé que se había olvidado —siguió Dönitz—. Ahora ya no lo sé. Puede que lo haga a propósito. Puede que para él la Marina no exista. O puede que sepa que existimos y piense que, cuando el Ejército haya decidido, nosotros haremos lo que el Ejército decida, como siempre.

—¿Y no es así? —preguntó Raeder.

Dönitz lo miró.

Raeder estaba sentado con las manos juntas sobre la mesa, la espalda recta, la cara larga y severa de pastor protestante iluminada a medias por la lámpara.

Tenía cincuenta y nueve años. Había servido en la Flota de Alta Mar del Káiser y había visto cómo terminaba: amotinada en Kiel, en noviembre del 18, con las banderas rojas en los mástiles de los acorazados.

Había visto cómo la flota se rendía en Scapa Flow, y cómo los propios marinos alemanes la hundían para no entregarla.

Había dedicado el resto de su vida a reconstruir una marina de la que Alemania no tuviera que avergonzarse.