CAPÍTULO V — Puño acorazado #3
—La Marina —dijo Raeder— no ha hecho una revolución en toda su historia, Dönitz. Ha hecho un motín. Uno. Y por ese motín cayó el Káiser. —Hizo una pausa—. Yo lo viví. No pienso vivir otro.
—No le estoy proponiendo un motín, Herr Admiral.
—Ya lo sé. —Raeder se levantó—. Pero sí me está proponiendo que nos ofendamos. Y un oficial ofendido es la mitad de un motín.
Fue hasta la ventana. El puerto, negro. Las luces de posición de los buques amarrados.
—Ese hombre ha amenazado a Francia con su puño acorazado —dijo, sin volverse—.
Un puño acorazado se hace con carros, Dönitz.
No con submarinos. Si quiere hacer la guerra a Francia, la hará por tierra.
Si quiere hacerla a Inglaterra… Entonces tendrá que acordarse de nosotros. Y ese día vendrá a buscarnos.
—¿Y si no viene?
—Entonces es que no quiere hacer la guerra a Inglaterra —dijo Raeder—. Y eso, Dönitz, sería la mejor noticia que la Kriegsmarine ha recibido desde 1914.
* * *
Berlín. Ministerio del Aire, Leipziger Straße. 23:20 hrs.
En el Ministerio del Aire no había nadie que mandara. Esa era la verdad, y todos los que estaban en el edificio a las once y veinte de la noche lo sabían.
Göring estaba detenido. Lo había confirmado a las tres de la tarde un oficial de la Luftwaffe que había visto el camión salir de la Wilhelmplatz con él dentro: el corpachón, el abrigo de cuero, la cara congestionada mirando hacia atrás, hacia la Cancillería.
Desde entonces, la Luftwaffe era un cuerpo sin cabeza.
Y el hombre al que le correspondía, por cargo, sostener ese cuerpo era el secretario de Estado del Aire, Erhard Milch.
Milch estaba en su despacho del cuarto piso, con el General Walther Wever, jefe del Estado Mayor de la Luftwaffe, sentado frente a él. La radio estaba encendida.
Cuando terminó la emisión, ninguno de los dos dijo nada durante un rato.
Milch tenía cuarenta y tres años y era, probablemente, el hombre más capaz de toda la Luftwaffe.
Había sido director de la Lufthansa. Sabía de aviones, de fábricas, de motores, de presupuestos y de hombres, y había construido la Luftwaffe casi desde la nada en tres años, mientras Göring se ponía uniformes nuevos.
Y tenía un secreto que todo el mundo en Berlín conocía y nadie decía en voz alta: su padre, Anton Milch, farmacéutico, había sido judío.
O podía haberlo sido. Los papeles no estaban claros.
El año anterior, Göring había resuelto el problema con su estilo habitual: había hecho que la madre de Milch firmara una declaración jurada según la cual Erhard no era hijo de su marido, sino de un amante ario.
En la Luftwaffe , había dicho Göring, quién es judío lo decido yo .
Ahora Göring estaba en un camión.
Milch lo había pensado toda la tarde. Durante tres años, el único hombre que se interponía entre él y las leyes de Núremberg había sido Göring. Y Göring ya no estaba.
Pero el hombre de la radio, en dos emisiones, no había dicho la palabra judío ni una sola vez. Ni la palabra raza . Ni la palabra sangre .
Milch no sabía si eso era una esperanza o una trampa. No se atrevía a pensar que fuera una esperanza.
—Ni una palabra de nosotros —dijo Wever al fin—. Otra vez.
Wever era un hombre alto, delgado, de cuarenta y ocho años, con la cara afilada de un intelectual y los modales tranquilos de un oficial de Estado Mayor de la vieja escuela.
Había venido del Ejército, sin saber pilotar, y había aprendido a pilotar a los cuarenta y cinco años, por obligación y luego por gusto.
Era el único hombre en la Luftwaffe que pensaba la guerra aérea como un problema estratégico y no como un desfile de aviones.
—Ha amenazado a Francia —siguió Wever— con su puño acorazado. Habla de carros, de táctica, de doctrina, de potencia de fuego. Habla como un hombre del Ejército de Tierra. No ha nombrado la aviación ni una sola vez. —Se quedó pensando—. O no la conoce. O cree que no la necesita.
—¿Y cuál de las dos le preocupa más?
—La segunda —dijo—. Porque, si cree que no la necesita contra Francia, es que tiene algo que nosotros no sabemos.
—Se pasó una mano por el pelo—. Herr Staatssekretär, tenemos ochocientos aviones de primera línea.
La mitad son biplanos. Si ese hombre decide mañana que la Luftwaffe no le hace falta, nos disuelve con una firma.
Milch miró la radio.
—Entonces —dijo— habrá que conseguir que nos necesite.
* * *
Berlín. Belle-Alliance-Platz. 23:30 hrs.
El Polizeiwachtmeister Otto Brandt había terminado su turno a las seis de la tarde y había vuelto a casa, a la Wrangelstraße, andando, porque los tranvías habían dejado de circular.
A las once menos cuarto, su mujer lo había despertado: la radio.
Él la había escuchado en camiseta, sentado en el borde de la cama.
Luego se había vuelto a poner el uniforme.
Su mujer le había preguntado adónde iba. Él le había contestado que no lo sabía. Que a la comisaría. Que alguien tendría que decirle a la gente que estaba en la calle que se fuera a casa, y que, si no se lo decía la policía, no se lo iba a decir nadie.
Ahora estaba en la Belle-Alliance-Platz otra vez, la misma de la mañana, con el chacó puesto y la linterna en la mano.
La plaza estaba vacía. Completamente vacía.
Ni un coche, ni un tranvía, ni un borracho, ni una pareja.
Las farolas encendidas sobre la nieve sucia.
La columna de la Paz, en el centro, con su Victoria de bronce en lo alto, negra contra el cielo.
Brandt había venido a mandar a la gente a casa, y no había gente.
Se quedó un rato en el centro de la plaza, con la linterna encendida, sin saber qué hacer. Luego vio, en la esquina de la Gitschiner Straße, una figura. Un hombre mayor, con abrigo y sombrero, que caminaba deprisa, pegado a las fachadas, mirando a todos lados.
Brandt fue hacia él.
—¡Eh! ¡Usted!
El hombre se detuvo. Se volvió. Tenía la cara pálida de miedo bajo el ala del sombrero.
—Wachtmeister, por favor… Vengo del hospital, del Urban. Mi mujer está ingresada. He oído la radio allí, me he puesto en camino en cuanto la he oído, vivo a dos calles, por favor…
Brandt lo miró. Miró el abrigo, el sombrero, las manos que temblaban.
—¿Dónde vive?
—En la Lindenstraße. En el 14.
—Le acompaño —dijo Brandt.
Fueron juntos los doscientos metros hasta la Lindenstraße, por el centro de la calle vacía, uno al lado del otro. El hombre no dejaba de darle las gracias. Brandt no le contestaba. En el portal del número 14, el hombre sacó la llave con dedos torpes, abrió y, antes de entrar, se volvió.
—Wachtmeister. ¿Usted sabe quién es? El de la radio.
Brandt negó con la cabeza.
—No, mein Herr.
—Ha dicho que pagará los daños —dijo el hombre—. ¿Usted se lo cree?
Brandt pensó en la mañana. En los carros subiendo la Belle-Alliance-Straße y en la gente aplaudiendo. En que nadie había disparado. En que los soldados grises habían esperado, en los cruces, a que pasaran los tranvías.
—No lo sé, mein Herr —dijo—. Pero buenas noches. Y cierre bien.
* * *
París. Hôtel Matignon. 23:40 hrs.
La transcripción de la segunda emisión llegó al Hôtel Matignon a las once y cuarenta, cuando el Consejo de Ministros, que se había disuelto a las nueve y media, se había vuelto a reunir a medias: el presidente Sarraut, Flandin, el ministro de la Guerra Maurin, el general Gamelin y dos o tres ministros más que no se habían ido a casa.
La leyó en voz alta, traduciéndola sobre la marcha, el propio Flandin, que hablaba bien alemán. Cuando llegó a vuestra táctica, vuestra doctrina y vuestra potencia de fuego son, francamente, insuficientes , se detuvo y volvió a leerlo, más despacio, por si lo había traducido mal.
No lo había traducido mal.
— Insuficientes —repitió el general Gamelin.
Lo dijo en voz baja, sin énfasis, con la misma voz con la que habría leído un informe de intendencia. Pero se le habían puesto rojas las orejas, y todos los que estaban en la sala lo vieron.
Maurin, el ministro de la Guerra, se levantó de la silla.
—Señor presidente, esto es inadmisible. Un hombre al que nadie conoce, que no tiene nombre, que no representa a ningún gobierno reconocido, amenaza a Francia por la radio.
¡A Francia! Con un puño acorazado . Como el Káiser.
Exactamente como el Káiser. —Golpeó la mesa con la palma—.
Hemos oído esa frase antes, señores. La oímos en 1897 y la pagamos en 1914 con un millón y medio de muertos.
—Siéntese, general —dijo Sarraut.
Maurin no se sentó.
—Propongo que mañana a primera hora el gobierno de la República emita una declaración solemne.
Que la frontera del noreste está en estado de alerta, como ese hombre ha detectado, y que permanecerá así.
Que Francia no admite amenazas de nadie.
Y que cualquier violación del Tratado de Versalles, cualquier movimiento de tropas alemanas en la zona desmilitarizada de Renania, se considerará…
—¿Se considerará qué? —preguntó Flandin.
Maurin se quedó callado.
Flandin dejó la transcripción sobre la mesa.
—General, se lo pregunto en serio, sin ánimo de ofender. ¿Se considerará qué? ¿Un casus belli ? ¿Estamos dispuestos a movilizar? ¿Esta semana, con un gobierno que tiene tres días y unas elecciones en abril? ¿Con la Cámara como está? ¿Con los ingleses diciéndonos que no movamos un dedo?
Sarraut se quitó las gafas y se frotó los ojos. Era la segunda vez que lo hacía aquella noche.
—Lo que me preocupa —dijo— no es lo que ese hombre ha dicho de nosotros.
Los alemanes llevan doscientos años diciendo cosas de nosotros.
Lo que me preocupa es que ha detectado nuestro tráfico de radio.
Ha dicho hemos detectado tráfico en unidades fronterizas francesas .
Hemos puesto la frontera en alerta a las siete, y a las diez y media ese hombre ya lo sabía, y lo ha dicho por la radio, delante de toda Europa.
Miró a Gamelin.
—General, ¿quién en Alemania podía saberlo?