Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO V — Puño acorazado #4
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CAPÍTULO V — Puño acorazado #4

—La Abwehr, señor presidente. El servicio de escucha de la Wehrmacht. Que, según ese mismo hombre, está acuartelada.

—Entonces no ha sido la Abwehr.

—No, señor presidente.

—Entonces ¿quién?

Nadie contestó.

Sarraut volvió a ponerse las gafas.

—Que la frontera siga en alerta —dijo—. No más.

No menos. Nada de declaraciones solemnes esta noche: no voy a contestar por la radio a un hombre sin nombre como si fuera un jefe de Estado.

Mañana convocaremos al embajador alemán, como dijimos.

Y, general Gamelin —se volvió hacia él—, quiero un informe para el mediodía: todo lo que el Deuxième Bureau pueda averiguar sobre esos carros. Todo. Aunque sea un rumor.

—Sí, señor presidente.

Cuando salieron de la sala, pasada la medianoche, el general Maurin se quedó un momento en el pasillo con Gamelin.

— Insuficientes —le dijo, en voz baja—. ¿Usted lo cree?

Gamelin se puso los guantes con mucho cuidado, dedo a dedo.

—Mi general —dijo—, llevo dos años diciendo en el Consejo Superior de Guerra que nuestro ejército es el mejor de Europa. Lo sigo creyendo. —Terminó de ponerse el guante derecho—. Lo que no sé es si el de ese hombre es europeo.

* * *

Varsovia. Palacio Brühl. 23:55 hrs.

El coronel Józef Beck escuchó la segunda emisión en su despacho del ministerio, adonde había vuelto después de la reunión con Rydz-Śmigły porque sabía que aquella noche no iba a dormir.

La escuchó entera sin moverse, de pie junto al aparato, con un cigarrillo apagado entre los dedos, como al mediodía.

Cuando terminó, se volvió hacia su jefe de gabinete, que tenía la transcripción en la mano.

—Francia y Bélgica —dijo Beck.

—Sí, señor ministro.

—No Polonia.

—No, señor ministro. No ha mencionado Polonia.

Beck encendió por fin el cigarrillo. Le dio una calada larga.

—Ha amenazado a Francia —dijo—. A Francia, que es nuestra aliada. Con la que tenemos un tratado de asistencia mutua desde 1921. Si Alemania ataca a Francia, nosotros estamos obligados a… —Se interrumpió—. Bueno. Estamos obligados a muchas cosas sobre el papel.

—¿Y si lo que pretende es asustar a Francia, señor ministro?

—Entonces lo ha conseguido. —Beck echó el humo hacia el techo—.

Mañana en París tendrán miedo. Pasado mañana tendrán más.

Y cuando París tiene miedo, llama a Varsovia y nos pregunta qué divisiones tenemos en la frontera occidental.

Y yo le tendré que contestar que muy pocas, porque las tenemos casi todas mirando hacia el este, hacia los rusos.

Se quedó un rato callado.

—Hay algo más —dijo al fin—. Algo que no me gusta.

—¿Qué, señor ministro?

—Ha dicho que el toque de queda durará setenta y dos horas.

—Beck dio otra calada—. Setenta y dos horas en las que nadie en Alemania podrá salir de su casa de noche.

Ni periodistas, ni diplomáticos, ni agentes.

Nadie mirará por las ventanas. Nadie verá pasar nada por las carreteras.

—Miró a su jefe de gabinete—. ¿Qué piensa mover ese hombre por las carreteras de Alemania en setenta y dos horas, que no quiere que veamos?

—Llame al Estado Mayor —dijo Beck—. Al general Stachiewicz. Que le despierten si hace falta. Quiero que la Dwójka, el Segundo Departamento, tenga a todos sus hombres de Pomerania, de Silesia y de Prusia Oriental mirando las carreteras alemanas esta noche. Con toque de queda o sin él.

* * *

Doorn, Países Bajos. Huis Doorn. 22:45 hrs.

El anciano no se había ido a la cama.

Hermine se había retirado a las diez, después de insistir dos veces, y él se había quedado en la biblioteca, sentado en la silla de montar, con el mapa de Alemania que había pedido a mediodía desplegado sobre la mesa y la radio encendida a poco volumen.

Durante toda la tarde, la radio solo había repetido el mensaje del mediodía, una y otra vez, cada diez minutos, hasta que el anciano había dejado de escucharlo y se había puesto a mirar el mapa.

A las diez y media, la voz había cambiado.

No hagáis que mi puño acorazado tenga que enseñaros cuál es vuestro lugar.

El anciano levantó la cabeza del mapa.

Se quedó así, inmóvil, con la barba blanca sobre el pecho y la mano derecha —la buena— apoyada en el borde de la mesa, hasta que la emisión terminó. Y después, todavía un rato más.

Su ayudante de cámara, que estaba junto a la puerta porque no se había atrevido a irse a dormir antes que el amo, lo vio sonreír. No una sonrisa grande. Una sonrisa pequeña, torcida, en una esquina de la boca, debajo del bigote.

—Treinta y nueve años —dijo el anciano, en voz muy baja—. Treinta y nueve años se han estado riendo de mí por esa frase.

El ayudante no supo qué contestar.

El anciano bajó otra vez la vista al mapa. Puso el dedo sobre Berlín. Lo dejó allí.

—No sé quién eres —dijo, al mapa—. Pero has leído mis discursos.

* * *

Londres. Foreign Office. 23:50 hrs.

Anthony Eden había vuelto al Foreign Office a las once de la noche, después de cenar en su casa sin probar bocado, porque Vansittart lo había llamado para decirle que había una segunda emisión.

La leyeron juntos en el despacho de Eden, de pie, bajo la lámpara del techo, en la transcripción que la BBC había hecho llegar en moto.

—Ha amenazado a Francia y a Bélgica —dijo Eden.

—A Bélgica —repitió Vansittart—. Que es neutral. Cuya neutralidad garantizamos en 1839. Por la que entramos en guerra en 1914.

—No lo ha amenazado con invadirla.

—Le ha dicho que no se mueva. —Vansittart dejó la transcripción sobre la mesa—. Anthony, conozco a los alemanes desde hace treinta años. Cuando un alemán le dice a un belga que no se mueva, el belga hace muy bien en preocuparse.

Eden se pasó una mano por el pelo. Tenía treinta y ocho años y era el ministro de Asuntos Exteriores más joven del siglo; llevaba cinco semanas en el cargo y se le notaba.

—Baldwin quiere saber mañana a primera hora qué pensamos —dijo—. Y el rey también. El rey me ha llamado esta tarde.

—¿El rey? ¿Qué quería?

Eden dudó.

—Saber si era verdad que Hitler estaba detenido. Y luego me ha preguntado, con mucho interés, si sabíamos quién era el nuevo .

Vansittart lo miró.

—Su Majestad tiene muchas simpatías alemanas.

—Su Majestad tiene muchas simpatías, punto.

—Eden cogió otra vez la transcripción—. Van, el martes enterramos a su padre.

Tenemos a medio continente en Londres: el rey de Noruega, el de Bélgica, el de Rumanía, el de Bulgaria, el de Dinamarca, el presidente de Francia, Litvínov por los rusos…

Y en el banco de Alemania no sabemos a quién sentar. ¿Me puede decir qué hago?

Vansittart tardó en contestar.

—Siéntelo vacío —dijo al fin—. Y que todo el mundo lo vea vacío. Eso también es un mensaje.

* * *

Bruselas. Palacio Real. 00:10 hrs.

El rey Leopoldo III de los belgas tenía treinta y cuatro años, llevaba casi dos en el trono y desde hacía cinco meses era viudo. Su mujer, la reina Astrid, había muerto en agosto en un accidente de coche, en Suiza, con él al volante.

Desde entonces dormía mal. Esa noche no dormía en absoluto.

Su primer ministro, Paul van Zeeland, estaba sentado frente a él en el gabinete privado del palacio, con la transcripción de la emisión de Berlín sobre las rodillas. Había llegado a medianoche, en un coche sin escolta, porque no había querido hacer esperar al rey hasta la mañana.

—Nos ha nombrado, Majestad —dijo Van Zeeland—. A Bélgica. Por la radio. Hemos detectado tráfico en unidades fronterizas francesas y belgas.

—Lo he oído.

—Nuestro tráfico, Majestad. Nuestras unidades. La alerta que el ministro de Defensa ordenó a las nueve, en Lieja y en Eupen, por precaución. —Van Zeeland se inclinó hacia delante—. Ese hombre lo sabía a la media hora. Sabía lo que hacían nuestros regimientos en nuestro territorio a la media hora.

Leopoldo no contestó.

Estaba pensando en su padre. En el rey Alberto, que en agosto de 1914 había recibido un ultimátum de Berlín exigiéndole paso libre para el ejército alemán, y que había contestado que no.

Y en lo que vino después: Lieja, Lovaina ardiendo, cuatro años de ocupación, un rincón de Flandes entre el Yser y el mar como único territorio libre del reino.

Su padre se había hecho héroe en ese rincón, con el barro hasta las rodillas. Leopoldo había crecido a su sombra.

—¿Qué quiere hacer el gobierno? —preguntó.

—Mantener la alerta, Majestad. Discretamente. No provocar. Y pedir garantías a Londres y a París.

—Londres y París —repitió Leopoldo—. Las mismas garantías que tuvimos en 1914.

Van Zeeland no contestó.

Leopoldo se levantó y fue hasta la ventana. Abajo, el parque de Bruselas, a oscuras.

—Ese hombre ha dicho mi puño acorazado —dijo—. Mi padre me contó una vez que, cuando el Káiser dijo esa frase en 1897, él tenía veintidós años y se rio. Todos se rieron. Diecisiete años después, el puño estaba en Lieja.

Se volvió hacia su primer ministro.

—Mantengan la alerta, señor Van Zeeland. Discretamente, como dice. Pero que el Estado Mayor revise los planes de defensa del Mosa. Esta semana. No la que viene.

* * *

Praga. Castillo de Hradčany. 00:20 hrs.

Edvard Beneš leyó la transcripción en la cama, con las gafas puestas y la lámpara de la mesilla encendida, a las doce y veinte, cuando su secretario se la trajo con una disculpa.

La leyó dos veces. Luego la dejó sobre la colcha.

—Francia y Bélgica —dijo—. No nosotros.

—No, señor presidente.

—Todavía no.

Se quitó las gafas. Se quedó mirando el techo.

—¿Ha llamado Moscú?

—Litvínov ha llamado a las nueve, señor presidente. Desde Londres, donde está para el funeral. Dice que el gobierno soviético sigue con la máxima atención los acontecimientos de Berlín y que recuerda a todas las partes sus obligaciones derivadas de los tratados vigentes .

—Es decir, nada.

—Es decir, nada, señor presidente.

Beneš cerró los ojos.

—Setenta y dos horas —dijo, con los ojos cerrados—. Ha dicho setenta y dos horas. —Los abrió—. Que el Estado Mayor ponga a las guarniciones de la frontera de Bohemia en alerta. Discretamente. Igual que los franceses. Y que nadie, absolutamente nadie, lo diga por la radio.

* * *