CAPÍTULO V — Puño acorazado #5
Viena. Cancillería federal. 00:30 hrs.
Kurt von Schuschnigg no había vuelto a casa. Dormía, cuando dormía, en un sofá de cuero de su despacho de la Ballhausplatz.
A las doce y media, su secretario lo despertó con la transcripción.
Schuschnigg la leyó sentado en el sofá, en mangas de camisa, con el pelo revuelto. Cuando terminó, la dobló por la mitad y la dejó sobre la mesa baja.
—No nos ha nombrado —dijo.
—No, señor canciller.
Schuschnigg asintió.
En toda la tarde, en todas las horas que había pasado sin dormir, lo que más había temido era oír la palabra Austria por aquella radio.
Que el hombre sin nombre, como el otro, como el de Braunau, dijera que Austria era alemana y que los alemanes de Austria volverían a casa.
No lo había dicho. Había hablado de Francia, de Bélgica, de los campesinos alemanes. De Austria, ni una palabra.
No sabía si alegrarse o tener más miedo. Un hombre que habla de ti, por lo menos, te dice lo que quiere. Un hombre que no habla de ti puede querer cualquier cosa.
—Llame a Roma por la mañana —dijo Schuschnigg—. A Suvich, no a Mussolini. Pregúntele qué sabe. Y pregúntele, sobre todo, qué piensa el Duce.
—¿Sobre qué, señor canciller?
Schuschnigg se tumbó otra vez en el sofá y se tapó con el abrigo.
—Sobre un emperador alemán —dijo, con los ojos cerrados—. El Duce siempre ha tenido muy claro lo que piensa de los emperadores. Sobre todo de los que no son él.
* * *
Roma. Palazzo Venezia. 00:40 hrs.
Benito Mussolini no escuchó la emisión. Se la contaron.
Se la contó a las doce y cuarenta, en la Sala del Mappamondo, su despacho de veinte metros de largo con una sola mesa al fondo, el subsecretario de Asuntos Exteriores, Fulvio Suvich, que había venido del ministerio con la transcripción traducida y la cara de un hombre que lleva todo el día dando malas noticias.
Mussolini la escuchó de pie, detrás de la mesa, con los puños apoyados en el tablero y la mandíbula adelantada.
Llevaba cuatro meses en guerra en Abisinia.
Cuatro meses de sanciones de la Sociedad de Naciones, de editoriales ingleses, de petróleo que llegaba tarde.
Cuatro meses en los que el único gobierno de Europa que no le había dado lecciones de moral había sido el de Berlín.
No porque Hitler lo apreciara: Mussolini sabía que Hitler lo admiraba como se admira a un hermano mayor, y que, en cuanto pudiera, se comería Austria por delante de sus narices.
Pero Hitler era un hombre que Mussolini comprendía.
Un revolucionario. Un plebeyo con camisa. Uno de los suyos.
Y ahora Hitler estaba en un camión, y en su lugar había un hombre que hablaba de coronas.
— Puño acorazado —repitió Mussolini—. Coronación.
—Sí, Duce.
Mussolini se enderezó. Se acercó a la ventana, la que daba al balcón desde el que había declarado la guerra a Etiopía en octubre.
—Un rey —dijo—. Un rey alemán. —Se volvió hacia Suvich—.
¿Sabe usted lo que es un rey, Suvich? Yo tengo uno.
Mide un metro cincuenta y colecciona monedas.
Firma todo lo que le pongo delante. —Hizo una pausa—.
Pero el día que deje de firmar, ese hombrecito podrá destituirme con una línea. Porque es el rey. Y yo no.
—Un rey en Alemania —siguió Mussolini— con un ejército como el que dicen que tiene ese hombre no firmará lo que nadie le ponga delante. —Volvió a la mesa—. Y no necesitará a Italia para nada.
Se sentó. Era la primera vez que se sentaba en toda la conversación.
—Mañana —dijo— quiero saber quién es. Su nombre, su familia, de dónde ha sacado los carros. Todo. Que la embajada en Berlín se mueva. —Golpeó la mesa con el dedo—. Y que Schuschnigg no se haga ilusiones. Austria sigue siendo mía hasta que yo diga lo contrario.
* * *
Moscú. El Kremlin. 02:50 hrs, hora de Moscú.
Stalin no dormía de noche. Nadie que trabajara en el Kremlin lo hacía.
La transcripción de las dos emisiones, traducida al ruso, llegó a su despacho a las tres menos diez de la madrugada, hora de Moscú, en una carpeta roja del Comisariado de Asuntos Exteriores, con una nota del vicecomisario Krestinski: Litvínov en Londres. Sin instrucciones. Se ruega orientación.
Stalin la leyó en su mesa, despacio, con la pipa apagada en la mano izquierda. Junto a él, de pie, Mólotov, presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo, esperaba sin hablar.
Stalin leyó las dos transcripciones dos veces. Luego dejó la carpeta.
— La sombra de la izquierda —leyó en voz alta, del primer papel. Levantó la vista hacia Mólotov—. La sombra de la izquierda, la sombra del nacionalsocialismo. Así lo ha llamado.
—Sí, camarada Stalin.
—Para ese hombre, Hitler era la izquierda. —Stalin dejó la pipa sobre la mesa—. ¿Comprende lo que eso significa, Viacheslav Mijáilovich?
Mólotov esperó.
—Significa que, si para él Hitler era la izquierda —dijo Stalin—, nosotros somos algo que no tiene ni nombre.
Se levantó. Fue hasta el gran mapa de Europa que cubría una pared del despacho y se quedó mirando Alemania, con las manos a la espalda.
—Tres años —dijo— llevamos preparándonos para Hitler.
Sabíamos lo que quería: lo había escrito en su libro.
Ucrania. Los Urales. El espacio vital. Un loco, pero un loco que se podía leer.
—Puso un dedo sobre Berlín—. A este no lo podemos leer.
No ha escrito ningún libro. No tiene partido.
No tiene nombre. Tiene carros y una corona.
—¿Qué instrucciones le doy a Litvínov, camarada Stalin?
Stalin tardó en contestar.
—Que asista al funeral del rey inglés —dijo—. Que hable con los franceses. Que no diga nada en público. —Se volvió—. Y dígale a Voroshílov que venga mañana a primera hora. Con Tujachevski.
—¿Con Tujachevski?
—Con Tujachevski. Es el único de los nuestros que ha escrito algo sobre carros que valga la pena leer. —Stalin volvió a la mesa y cogió la pipa—. Quiero saber qué opina de un hombre que le dice a Francia que su potencia de fuego es insuficiente.
Mólotov salió. Stalin se quedó solo, con la pipa apagada y la transcripción delante, hasta que se hizo de día.