CAPÍTULO VI — Juramento
Aeródromo de Tempelhof.
Los traje de noche.
No porque la noche los ocultara. Doce mil hombres por división no se ocultan en ninguna parte, y seis divisiones son setenta y dos mil.
Los traje de noche porque de noche la gente estaba en sus casas, con las contraventanas cerradas, cumpliendo una orden que yo había dado tres horas antes por la radio.
Y porque, por primera vez desde que había aparecido en aquel campo de Dahlewitz, tenía tiempo para pensar despacio.
Me senté solo en la tienda, con el mapa de Alemania sobre la mesa de caballetes y el hornillo encendido, y fui pensando las divisiones una a una.
No como había pensado la primera, en un solo golpe, con el miedo todavía en el cuerpo.
Las pensé como piensa un jefe de estado mayor: cada una con su número, su destino, su misión.
La 2. Sturmdivision des Königlichen Heeres.
La 3. Sturmdivision des Königlichen Heeres.
La 4., la 5., la 6., la 7.
Las sentí ponerse en su sitio, al otro lado del poder, como se sienten las piezas de un mecanismo grande que encajan una detrás de otra: sin ruido, sin esfuerzo, sin fondo.
Setenta y dos mil hombres. Mil trescientos ochenta carros.
Las mismas llaves púrpuras en los mismos escudos grises.
Y en algún lugar de cada una de ellas, un general y sesenta oficiales de estado mayor que en ese mismo instante abrían los ojos en un campo helado de Alemania y sabían, sin que nadie se lo dijera, que estaban en otra Alemania y que su Kaiser los había llamado.
Cuando terminé, me quedé un rato con las manos sobre el mapa. Me temblaban un poco. No de cansancio: el poder no cansaba. De otra cosa.
Hollenbach entró a las dos menos cuarto. Lo había mandado llamar. Se quedó junto a la entrada, con el capote cubierto de escarcha, y esperó.
—Herr General —le dije—. Ya no es usted la única división del Königliches Heer.
—Lo sé, Majestad. Fenske ha captado tráfico de radio en nuestras frecuencias desde hace un cuarto de hora. Seis estados mayores. Todos piden enlace con Vuestra Majestad.
—Se lo darán ustedes. Escuche.
Le di las órdenes. Las había pensado tanto que salieron solas.
—La 5.ª y la 6.ª, a Renania. A ocupar las guarniciones de la orilla izquierda y de la franja de cincuenta kilómetros de la derecha.
Colonia, Düsseldorf, Coblenza, Maguncia, Tréveris, Aquisgrán.
Todo lo que los franceses y los ingleses nos prohibieron tocar en Versalles.
Las quiero en sus cuarteles, con la bandera izada y los carros a la vista. No en la frontera: en las guarniciones.
Hollenbach lo anotó.
—La 2.ª, a los Sudetes. A la frontera de Bohemia, del lado alemán. En las guarniciones de Sajonia y de Silesia que miran a las montañas.
—Sí, Majestad.
—De las tres restantes, dos frente a Bélgica, Holanda y Luxemburgo, en las guarniciones del oeste. Y la tercera, frente a Polonia. —Puse el dedo sobre el mapa—. Concentrada. No dispersa por toda la frontera. En un solo bloque, en un solo sitio, donde los polacos la vean entera.
Hollenbach levantó la vista de la libreta.
—¿Cuánto tiempo, Majestad?
—Lo que tarden. Veinticuatro horas. Cuarenta y ocho, las que estén más lejos.
—El toque de queda se termina en setenta y dos.
—Lo sé.
Hollenbach cerró la libreta. Me miró un momento con aquellos ojos claros que no se apartaban nunca.
—A sus órdenes, Majestad —dijo. Y salió.
Me quedé solo. Fuera, el generador del transmisor seguía tosiendo en la oscuridad. Dentro, el hornillo crepitaba.
Pensé en mi otra historia. En el 7 de marzo de 1936.
Tres batallones cruzando los puentes del Rin hacia Colonia, con la banda tocando y las mujeres echándoles flores, y con órdenes selladas en el bolsillo de los oficiales para retirarse si un solo regimiento francés cruzaba la frontera.
Hitler diría después que aquellas cuarenta y ocho horas habían sido las más angustiosas de su vida.
Que si Francia hubiera movido un dedo, habría tenido que retirarse con el rabo entre las piernas.
Mis divisiones no llevaban órdenes selladas.
* * *
Colonia. Puente de Hohenzollern. Martes, 28 de enero de 1936, 07:40 hrs.
La señora Anna Kessler, viuda, de sesenta y un años, vivía en un tercer piso de la Frankenwerft, con las ventanas sobre el Rin, desde 1902.
Había visto desde aquellas ventanas pasar a los regimientos del Káiser hacia el oeste en agosto del 14, con flores en los fusiles.
Había visto volver lo que quedaba de ellos en noviembre del 18, sin flores.
Había visto entrar a los ingleses en diciembre del 18, con sus gaitas y sus faldas, y quedarse siete años.
Había visto marcharse a los ingleses en el 26.
Desde entonces, por aquel puente no había pasado un solo soldado alemán armado. Ni uno. Diecisiete años. Lo prohibía el tratado.
Esa mañana, el toque de queda no permitía salir antes de las ocho. Anna Kessler no salió. Pero a las siete y cuarenta oyó el ruido y abrió la contraventana.
Por el puente de Hohenzollern, sobre el Rin gris y lento, con las placas de hielo bajando con la corriente, venían carros.
Anchos, bajos, grises, con un escudo pintado en la torreta.
En fila, a intervalos regulares, uno detrás de otro, con los jefes de carro de pie en las escotillas.
Detrás de ellos, camiones. Detrás de los camiones, más carros.
No había banda de música. No había flores. No había nadie en la calle para echarlas.
Pero en todas las ventanas de la Frankenwerft, de arriba abajo, se habían abierto las contraventanas. Y en todas había alguien mirando.
Anna Kessler se quedó en la ventana con la bata de lana y el pelo sin recoger hasta que pasó el último carro.
Luego fue a la cocina, puso agua a hervir para el café y lloró un rato, en silencio, sin saber muy bien si de alegría o de miedo.
Probablemente de las dos cosas. A los sesenta y un años, había aprendido que se podía llorar por las dos cosas a la vez.
* * *
Frontera franco-alemana. Puesto aduanero de Apach, frente a Perl. 09:15 hrs.
El sargento Lucien Marchal, de la Garde Mobile, destinado en el puesto fronterizo del lado francés, cerca del punto donde se juntaban Francia, Luxemburgo y Alemania, vio a los alemanes a las nueve y cuarto, a través de los prismáticos, en la otra orilla del Mosela.
No estaban en la frontera. Eso fue lo primero que le llamó la atención.
No estaban haciendo nada provocativo. Estaban a dos o tres kilómetros, en el pueblo alemán de enfrente, entrando en lo que había sido el cuartel de la policía aduanera, metiendo carros en un patio, izando una bandera en un mástil que llevaba años sin bandera.
La bandera no era la de la esvástica. Era gris, con algo púrpura en el centro que Marchal no alcanzaba a distinguir.
Marchal llamó a su teniente. El teniente llamó a Metz. Metz llamó a París.
A las once, en el puesto de Apach había un coronel del Estado Mayor de la 6.
ª Región Militar, con su ayudante, sus prismáticos y un cuaderno, mirando el pueblo de enfrente.
Estuvo allí tres horas. Contó cuarenta y dos carros entrando en el pueblo y en los alrededores.
Contó cañones, camiones, cocinas de campaña.
Vio a los soldados grises instalarse en el antiguo cuartel, colgar ropa a secar en las ventanas, encender las chimeneas.
No vio a ninguno acercarse a la frontera. Ni uno.
—Se están instalando, mi coronel —dijo Marchal, que no se había movido de su lado—. Como quien se muda a una casa.
El coronel bajó los prismáticos.
—Sí, sargento. Como quien vuelve a una casa que es suya.
* * *
Frontera checoslovaca. Paso de Zinnwald. 10:30 hrs.
En el lado checoslovaco del paso de Zinnwald, en los Montes Metálicos, los guardias fronterizos checos vieron llegar a los alemanes a media mañana, entre la nieve.
No cruzaron. Se detuvieron en la parte alemana del paso, en el pueblo de Zinnwald-Georgenfeld, a doscientos metros de la barrera, y se quedaron allí.
Carros en la plaza del pueblo. Infantería en las casas.
Una pieza de artillería de tubo muy largo, de un calibre que el jefe del puesto checo, un brigada llamado Hruška, nunca había visto, emplazada en la ladera, apuntando hacia el valle. Hacia Bohemia.
Hruška informó a Teplice. Teplice informó a Praga. Praga informó a los demás puestos de la frontera.
A mediodía, la respuesta había llegado de todos ellos. En el paso de Zinnwald, en el de Hřensko, junto al Elba, en los pasos de los Montes de los Gigantes, en Náchod: lo mismo. Soldados grises con carros grises, en el lado alemán, sin cruzar, sin provocar, sin moverse. Instalados.
Al otro lado de la frontera, del lado checo, en los pueblos de los Sudetes, la gente —alemanes casi todos, que hablaban alemán, que leían periódicos alemanes y que desde el año anterior votaban en masa al partido de Henlein— salió a las ventanas.
Algunos salieron a la calle y caminaron hasta la barrera.
Se quedaron allí, en grupos pequeños, mirando a los soldados del otro lado.
Los soldados del otro lado no les hicieron ningún gesto. Ni los saludaron ni los llamaron. Los miraron como se mira a alguien que está al otro lado de un río.
Hruška escribió en su informe, a las doce y media: Población local agitada. Grupos en la barrera. No se registran incidentes. Las tropas alemanas no establecen contacto con la población.
Y debajo, porque era un hombre honrado y no sabía qué otra cosa escribir: Todavía.
* * *
Frontera holandesa. Venlo. 14:00 hrs.
En Venlo, del lado holandés, la gente se subió a los tejados para ver.