Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO VI — Juramento #2
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CAPÍTULO VI — Juramento #2

No había mucho que ver: a cuatro kilómetros, del lado alemán, en los cuarteles abandonados de Kaldenkirchen y en los campos de alrededor, una fila larga de vehículos grises que entraba en el pueblo.

El humo de los tubos de escape. Algún destello de cristal de los prismáticos.

Pero la gente se subió a los tejados de todos modos, porque en Venlo nadie recordaba haber visto nunca soldados alemanes tan cerca, ni siquiera en el 14, cuando Holanda había sido neutral y los alemanes habían pasado de largo, por Bélgica.

El alcalde de Venlo llamó a La Haya. En La Haya, el primer ministro Colijn convocó a su gabinete. A las cuatro, el ministro de Defensa holandés ordenó que las guarniciones de la frontera oriental se pusieran en alerta.

A las cinco, desde el palacio de Noordeinde, la reina Guillermina llamó personalmente al primer ministro para preguntarle si era verdad que había alemanes en la frontera. Colijn le dijo que sí. La reina le preguntó si habían cruzado. Colijn le dijo que no.

—Entonces —dijo la reina, que tenía cincuenta y cinco años, llevaba cuarenta y cinco en el trono y no tenía miedo de nadie— que nadie en Holanda haga nada que les dé un motivo.

* * *

Frontera polaca. 16:20 hrs.

En el lado polaco no se subieron a los tejados. Los polacos sabían lo que eran los soldados alemanes.

Los vieron llegar a media tarde. Los oficiales de la Dwójka que el coronel Beck había mandado poner a vigilar las carreteras de Pomerania y Silesia la noche del domingo vieron pasar las primeras columnas, se quedaron mirando y, al cabo de una hora, empezaron a informar a Varsovia con una pregunta que se repetía en todos los partes: ¿Dónde está el resto?

Porque no había resto. No había una línea de tropas a lo largo de toda la frontera, de Prusia Oriental a la Alta Silesia, como habría desplegado cualquier ejército del mundo.

Había una sola división. Entera. Concentrada en un solo punto, con sus carros, sus cañones y sus doce mil hombres, a pocos kilómetros de la frontera, como un puño cerrado sobre una mesa.

Y nada más. En el resto de la frontera, kilómetros y kilómetros de nada.

El general Stachiewicz, jefe del Estado Mayor polaco, leyó los partes en su despacho de Varsovia a las seis de la tarde. Los leyó dos veces. Luego fue a ver a Rydz-Śmigły.

—Una sola división, mi general —le dijo—. En un solo punto. No es un despliegue defensivo: un despliegue defensivo cubriría toda la frontera. Tampoco es ofensivo: para atacar Polonia haría falta diez veces más.

—¿Entonces qué es?

Stachiewicz tardó en contestar.

—Es una tarjeta de visita, mi general.

* * *

París. Hôtel Matignon. 20:00 hrs.

A las ocho de la tarde del martes 28 de enero, mientras en Londres terminaba el funeral del rey Jorge V y los soberanos de media Europa volvían a sus hoteles, el presidente del Consejo, Albert Sarraut, habló por la radio a los franceses.

Lo hizo desde un estudio improvisado en el Hôtel Matignon, con el texto delante, corregido a mano por Flandin hasta el último minuto.

Habló once minutos. La mayor parte del tiempo habló de la paz, de la Sociedad de Naciones, del respeto de los tratados, de la solidaridad de las naciones civilizadas.

Habló con la voz cuidadosa de un radical de provincias que lleva cuarenta años en política y sabe que cada palabra se paga.

Al final, se le escapó una frase que no estaba en el texto. O que estaba, pero no así.

— No estamos dispuestos a dejar Estrasburgo bajo el fuego de los cañones alemanes.

Y después, leyendo otra vez:

— La República considera que la presencia de tropas alemanas en la zona desmilitarizada de Renania constituye una violación flagrante del Tratado de Versalles y del Tratado de Locarno.

Francia se reserva el derecho de responder a esa violación por todos los medios que considere oportunos, en concierto con sus aliados y con las potencias garantes.

No dijo qué medios. No dijo cuándo.

En los cafés de París, la gente que escuchaba la radio aplaudió la frase de Estrasburgo.

En el ministerio de la Guerra, el general Maurin, que la había propuesto dos días antes y había tenido que oír cómo se la quitaban, se la oyó decir a Sarraut y no supo si alegrarse.

En el Estado Mayor, el general Gamelin, que tenía sobre la mesa el informe del Deuxième Bureau con todo lo que se sabía de los carros grises —que era muy poco, y lo poco no era bueno—, apagó la radio antes de que terminara.

Esa misma noche, el embajador de Francia en Berlín, André François-Poncet, entregó en mano una nota de protesta formal en el Auswärtiges Amt de la Wilhelmstraße.

Se la recibió un consejero de legación de guardia. No había nadie más.

* * *

Londres. Cámara de los Comunes. Miércoles, 29 de enero de 1936, 15:30 hrs.

La Cámara de los Comunes se reunió el miércoles por la tarde, al día siguiente del funeral, con los diputados todavía de luto, brazaletes negros en las mangas de los trajes oscuros.

Anthony Eden habló desde el banco del gobierno durante veinte minutos.

Habló despacio, sin papeles, con su voz cuidada de Eton y de Oxford, y lo que dijo no le gustó a nadie: que el gobierno de Su Majestad estaba profundamente preocupado por los movimientos de tropas en Alemania; que la presencia de fuerzas armadas en la zona desmilitarizada de Renania era una violación inequívoca del Tratado de Locarno, del que Gran Bretaña era garante; que el gobierno había presentado esa mañana, a través de su embajador en Berlín, una nota de protesta en los términos más enérgicos ; que el gobierno consultaría con Francia, con Bélgica y con Italia; y que el gobierno no excluía ninguna opción.

Cuando terminó, se levantó Winston Churchill desde los escaños de atrás del partido conservador, donde llevaba seis años sentado sin cargo, y habló diez minutos más.

Dijo que llevaba tres años advirtiendo a la Cámara sobre el rearme alemán y que nadie le había escuchado.

Dijo que no sabía quién era el hombre de Berlín ni qué quería.

Dijo que no le importaba. Dijo que un hombre que en tres días había tomado Berlín, puesto de rodillas a la Wehrmacht y desplegado setenta mil soldados en las fronteras de cinco naciones era un hombre al que había que tomarse en serio, y que, si el gobierno de Su Majestad pensaba responderle con notas de protesta en términos más enérgicos , más le valía empezar a pensar en otra cosa.

La Cámara lo escuchó en silencio. Esta vez no se rio nadie.

En la tribuna de los Lores, sentado en la segunda fila, el marqués de Lothian, que llevaba años defendiendo en todos los salones de Londres que había que entenderse con Alemania, escuchó a Churchill con los labios apretados. Al salir, un periodista del Times le preguntó si tenía algún comentario.

Lothian se quedó un momento pensando. Luego negó con la cabeza.

—Ninguno —dijo.

* * *

Berlín. Wilhelmstraße 76. Auswärtiges Amt. Miércoles, 29 de enero de 1936, 17:00 hrs.

El Legationsrat Dr. Friedrich Albers, consejero de legación de segunda clase, cuarenta y siete años, veintidós de servicio en el Ministerio de Asuntos Exteriores, llevaba desde el domingo por la noche de guardia en el despacho de entrada de la Wilhelmstraße 76, porque nadie le había dicho que se fuera a casa y porque, con el toque de queda, tampoco habría podido.

En esos tres días había recibido en mano, firmados y sellados:

La nota de protesta de la República francesa, entregada personalmente por el embajador François-Poncet el martes a las nueve y media de la noche.

La nota de protesta del gobierno de Su Majestad británica, entregada por el embajador, sir Eric Phipps, el miércoles a las diez de la mañana.

La nota de protesta del Reino de Bélgica.

La nota de protesta de la República de Checoslovaquia.

La nota verbal del gobierno de la República de Polonia, que no protestaba, sino que solicitaba aclaraciones sobre el carácter y la finalidad de ciertos movimientos de tropas en las proximidades de su frontera.

La nota verbal del Reino de los Países Bajos, en el mismo sentido.

La nota del Gran Ducado de Luxemburgo, de una sola página, escrita en un francés muy correcto y con una firma temblorosa.

Un telegrama del embajador del Reich en Londres, Leopold von Hoesch, dirigido a quien ostente la autoridad en Berlín , con una línea manuscrita al pie.

Una nota del encargado de negocios italiano, que no protestaba ni pedía nada y que se limitaba a transmitir el saludo del gobierno italiano y su deseo de establecer contacto con las nuevas autoridades .

Y nada de la Unión Soviética.

El Dr. Albers había recibido cada uno de esos documentos con la misma corrección. Había firmado el recibí. Había anotado la hora en el registro de entrada. Había acompañado a cada embajador hasta la puerta, con una inclinación de cabeza.

Y luego los había metido todos en una carpeta.

No sabía a quién dárselos. El ministro, Von Neurath, estaba en Londres desde el sábado por el funeral y no había vuelto: se decía que no pensaba volver hasta saber a qué volvía.

El secretario de Estado, Von Bülow, se había encerrado en su casa de Dahlem el domingo por la tarde y no contestaba al teléfono.

Los directores de departamento estaban en sus casas, por el toque de queda.

Y las fuerzas que ocupaban Berlín —los soldados grises que había visto pasar por la Wilhelmstraße el domingo, delante de su ventana— no habían venido al ministerio ni una sola vez.

No habían preguntado por nadie. No habían pedido nada.

No parecían saber que el Auswärtiges Amt existía.

Así que el Dr. Albers había hecho lo que hace un buen funcionario cuando no sabe qué hacer: había cogido una carpeta nueva, de cartón azul, y había escrito en la tapa, con su mejor letra:

Asuntos pendientes. Para quien corresponda.

La carpeta estaba sobre su mesa. Tenía cuatro dedos de grosor.

Nadie había venido a buscarla.

* * *

Aeródromo de Tempelhof. Miércoles, 29 de enero de 1936, 17:40 hrs.

Los movimientos terminaron el martes por la noche.