Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO VI — Juramento #3
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CAPÍTULO VI — Juramento #3

Hollenbach me trajo el último parte a las once: la división de la frontera polaca, la que más lejos había ido, estaba en su posición.

Las seis divisiones, en sus guarniciones.

Setenta y dos mil hombres. Ni un solo disparo en ninguna frontera.

Ni un solo incidente. En Colonia, una anciana había saludado desde una ventana.

En Zinnwald, un grupo de civiles se había acercado a la barrera checa y se había quedado mirando.

En Venlo, la gente se había subido a los tejados. Nada más.

Esa misma noche ordené que los trajeran.

A todos. A los tres comandantes de los Gruppenkommandos: Rundstedt desde Berlín, Leeb desde Kassel, Bock desde Dresde.

A los tres comandantes de las divisiones acorazadas: Weichs desde Weimar, Guderian desde Würzburg, Feßmann desde Wünsdorf.

A los tres del Bendlerblock: Blomberg, Fritsch, Beck.

Y, de Wilhelmshaven, a Raeder y a Dönitz.

Los trajeron en avión los que estaban lejos y en coche los que estaban cerca, con escolta de motoristas grises en cada caso, durante las horas de luz del miércoles. A las cinco y media de la tarde, cuando ya oscurecía, estaban todos en Tempelhof.

Los hice pasar a la tienda.

La misma tienda de lona gris verdosa, con el mismo hornillo de hierro en el centro y la misma mesa de caballetes. La habíamos traído de Dahlewitz el domingo por la tarde. Fuera, el hilo de cobre de la antena seguía colgando entre los dos mástiles. Dentro olía a queroseno, a lona húmeda y a frío.

Entraron uno detrás de otro. Los once.

Blomberg el primero, por rango: alto, gris, con el abrigo de cuello de piel y la cara de un hombre que lleva tres noches sin dormir.

Fritsch detrás, con el monóculo. Beck, que me miró a los ojos al entrar y luego apartó la vista.

Rundstedt, recto como un bastón, con la gorra exactamente horizontal.

Leeb, más bajo, más ancho, con la cara redonda de bávaro y las manos juntas a la espalda.

Bock, muy alto, muy delgado, que entró mirándolo todo: la tienda, la mesa, el hornillo, a mí.

Weichs, con botas de montar. Guderian, que no podía quedarse quieto y que, en cuanto entró, se fijó en el escudo de la llave púrpura cosido en la manga de Hollenbach y no le quitó los ojos de encima.

Feßmann, callado, con un sobre de papel manila bajo el brazo que no soltó en ningún momento.

Raeder, con el uniforme azul oscuro de la Kriegsmarine, el único de los once que no iba de gris, y la cara larga y severa de un hombre que ha venido a escuchar y no a hablar.

Dönitz detrás de él, más joven, con los labios finos y los ojos claros, mirando a Raeder antes de mirar a nadie más.

Se colocaron en semicírculo delante de la mesa. Nadie se sentó. No había sillas.

Hollenbach se quedó junto a la entrada.

Yo estaba de pie detrás de la mesa. No llevaba uniforme.

Llevaba el mismo capote gris sin divisas de la primera mañana, el que había creado para no tener frío en un campo helado de Brandeburgo.

Lo había pensado. Había pensado en ponerme algo distinto, algo con galones, algo que dijera a aquellos once hombres lo que yo era.

Al final no lo hice. Pensé que, si lo que yo era necesitaba galones para que se viera, no valía la pena enseñarlo.

Los miré a todos, uno por uno. Ellos me miraron a mí.

Once de los hombres más poderosos de Alemania.

Cinco de ellos serían mariscales de campo en mi otra historia.

Dos se sentarían en el banquillo del gran tribunal de Núremberg.

Uno moriría en el Bendlerblock, una noche de julio, ocho años después, por haber conspirado contra un hombre que ahora estaba en una celda: se pegaría un tiro, no acertaría del todo y tendría que rematarlo un sargento.

Otro caería delante de Varsovia en septiembre del 39, en primera línea, donde un general no tiene por qué estar.

Ninguno de ellos lo sabía. Yo sí.

—Caballeros —dije—. Tres indicaciones.

»Primera. La Wehrmacht, como agrupación de fuerzas, queda disuelta. En el acto. Sus tres jefes —miré a Blomberg, a Fritsch, a Beck— serán reasignados al mando del Königliches Heer.

Nadie se movió. Blomberg se puso un poco más gris, si es que eso era posible.

—Segunda. El Ejército será el brazo armado del Imperio. La Marina y la Fuerza Aérea serán ramas del Ejército, con su independencia táctica y estratégica, pero subordinadas a las necesidades estratégicas y políticas del Heer. Y, por extensión, a mí y a mi voluntad.

Raeder no cambió de expresión. Dönitz sí: un movimiento pequeño de la mandíbula, que se le tensó y se le aflojó. Raeder no lo miró.

—Tercera. —Hice una pausa—. Su juramento anterior a un caudillo, a un cabo bávaro, fue un error. Un error que no les cobraré. Y que no les volveré a recordar.

»Mañana jurarán o no jurarán lealtad. A mí.

A una persona. Pero en mi persona estará la titularidad de la propiedad del Estado, de la nación y del pueblo.

Y esa titularidad será efectiva por acumulación de fuerza cinética.

—Los miré—. De modo que no me estarán jurando lealtad a mí. Se la estarán jurando al Estado.

Dejé que el silencio se asentara. El hornillo crepitaba. Fuera, muy lejos, el generador del transmisor.

Mañana sería 30 de enero. Tres años exactos, en mi otra historia, desde que un anciano mariscal había nombrado canciller al cabo. No lo había elegido a propósito. Me di cuenta en ese momento, de pie detrás de la mesa, y no dije nada.

—Retírense.

Se cuadraron. Los once a la vez, sin orden, con el mismo taconazo seco sobre la tierra helada del suelo de la tienda, como se habían cuadrado los sesenta oficiales de Hollenbach la primera mañana en el campo de Dahlewitz.

Luego dieron media vuelta y salieron, uno detrás de otro, por la abertura de la lona, a la noche.

Hollenbach dejó caer la lona detrás del último.