Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO VII — Cuarenta metros
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CAPÍTULO VII — Cuarenta metros

Aeródromo de Tempelhof.

Fuera de la tienda ya era de noche.

No la noche cerrada de las diez, sino la de finales de enero en Berlín, que cae a las cinco de la tarde como una lona mojada y se queda quieta encima de la ciudad.

El campo de aviación era una extensión negra, sin un solo farol, con la nieve vieja convertida en costra gris por las orugas y los neumáticos de tres días.

A lo lejos, en el borde norte, los edificios bajos de la terminal, recortados contra el resplandor naranja de la ciudad.

Más cerca, las dos bombillas rojas en lo alto de los mástiles de la antena.

Y, a la izquierda, junto al hangar de la Lufthansa, tres aviones pequeños que no estaban allí por la mañana.

Los once hombres salieron de la tienda uno detrás de otro y echaron a andar sin que nadie dijera hacia dónde.

Nadie los acompañó. Hollenbach se había quedado dentro.

Los dos centinelas de la entrada, con el fusil al hombro y el escudo de la llave púrpura en la manga, los vieron pasar sin girar la cabeza.

Nadie les dijo que se quedaran ni que se fueran.

Así que anduvieron, sobre la costra helada, en un grupo apretado, hasta que la luz amarilla que se filtraba por la lona de la tienda quedó a unos cuarenta metros a su espalda.

Allí, sin ponerse de acuerdo, se detuvieron.

Se quedaron un momento en silencio, de pie, en la oscuridad. El vaho les salía de la boca en nubes cortas. Alguien tosió. El generador del transmisor seguía tosiendo también, al fondo, como un viejo que no puede dormir.

Fue Dönitz quien rompió el silencio, y no con palabras.

Sacó una pitillera de plata del bolsillo interior del abrigo azul, la abrió con un chasquido y se la ofreció a Raeder.

Raeder negó con la cabeza. Dönitz se la ofreció a los demás, en círculo, sin decir nada.

Guderian cogió uno. Bock, para sorpresa de todos, también.

Weichs. Feßmann. Dönitz encendió una cerilla, la protegió del viento con la mano ahuecada y fue encendiéndolos uno a uno.

Cinco brasas rojas en la oscuridad, a la altura de cinco caras.

—Bueno —dijo Dönitz, echando el humo hacia arriba—. Por lo menos esta vez se ha acordado de que existimos.

Nadie se rio. Pero Weichs hizo un ruido corto con la nariz que podía haber sido el principio de una risa.

—Se ha acordado para decirnos que somos una rama del Ejército —dijo Raeder, sin volverse. Tenía las manos a la espalda y miraba la tienda—. Una rama , Dönitz. Como la intendencia. Como el cuerpo de veterinarios.

—Con independencia táctica y estratégica, Herr Admiral. Lo ha dicho.

—Subordinada a las necesidades estratégicas y políticas del Heer.

También lo ha dicho. —Raeder se volvió por fin.

La luz lejana de la tienda le alcanzaba solo media cara: la mejilla larga, la boca fina, el ojo izquierdo hundido en la sombra de la visera—.

He oído esa frase antes. En 1914. El Estado Mayor del Ejército decidía la guerra, y la Marina se enteraba por el periódico.

Tirpitz se pasó cuatro años pidiendo que dejaran salir a la flota, y Moltke y Falkenhayn se pasaron cuatro años diciendo que no hacía falta, que la guerra se ganaba en Francia.

—Hizo una pausa—. No se ganó en Francia.

—Eso él lo sabe —dijo una voz.

Era Beck. Estaba un poco apartado, con las manos en los bolsillos del abrigo, y no había hablado hasta entonces. Todos se volvieron hacia él.

—¿Qué quiere decir, Beck? —preguntó Fritsch.

Beck tardó en contestar.

—Quiero decir que ese hombre sabe cosas. —Lo dijo despacio, eligiendo cada palabra—. No sé cuáles. No sé cómo. Pero cuando habla, habla como quien ha leído el final de un libro que los demás todavía estamos escribiendo.

Hubo un silencio.

—¿Es eso lo que le dijo el domingo en el canal? —preguntó Blomberg—. Lleva tres días sin contarnos lo que hablaron.

Beck lo miró. En la oscuridad, sus ojos eran dos puntos de luz pequeña, reflejos de la tienda.

—No, Herr Generaloberst —dijo—. Eso no me lo dijo. Eso lo he visto yo.

No añadió nada. Blomberg abrió la boca para insistir y Fritsch, a su lado, le puso una mano en el brazo, un gesto mínimo, casi invisible. Blomberg cerró la boca.

* * *

— La extensión y encarnación del Estado —dijo Bock.

Lo dijo en voz alta, de pronto, como quien lee el titular de un periódico.

Y mientras lo decía levantó la mano derecha, la que tenía libre, la del cigarrillo no, y la llevó al pecho, la palma abierta contra el abrigo, a la altura del corazón.

Luego la separó del cuerpo despacio, girándola, abriéndola hacia fuera, hacia ellos, hacia el campo negro, hacia la ciudad, como quien vierte algo de un recipiente.

Era exactamente el gesto que había hecho el joven en la tienda al decir en mi persona estará la titularidad del Estado, de la nación y del pueblo .

Lo había hecho sin énfasis, casi sin darse cuenta.

Bock lo imitó con una precisión que dejó a todos un segundo callados.

— Eso —dijo Bock, bajando la mano— es absolutismo en su forma más ruda.

Ni siquiera se ha molestado en disfrazarlo.

Ni la gracia de Dios, ni la voluntad del pueblo, ni la constitución, ni la ley sálica, ni nada.

En mi persona. —Dio una calada al cigarrillo—.

Luis XIV, por lo menos, tenía a Bossuet para que se lo escribiera bonito.

—Luis XIV nunca dijo el Estado soy yo —dijo Leeb—. Es apócrifo. Se lo atribuyeron después.

Bock lo miró por encima del hombro, desde su altura.

—Gracias, Leeb. Siempre es un consuelo que la Kriegsakademie haya formado a alguien en historia.

—Lo digo —siguió Leeb, sin inmutarse, con su acento bávaro, redondo, que en la oscuridad sonaba todavía más redondo— porque este sí lo ha dicho. Delante de nosotros. Con todas sus letras. Y no le ha hecho falta que se lo atribuyera nadie.

—¿Y eso le parece mejor o peor? —preguntó Rundstedt.

Leeb se tomó su tiempo. Tenía las manos juntas a la espalda y se balanceaba un poco sobre los talones, como hacía en misa cuando el sermón se alargaba.

—Me parece más honrado —dijo al fin—. Que no es lo mismo que mejor.

* * *

— Fuerza cinética —dijo Rundstedt.

Lo dijo como se dice una palabra en un idioma extranjero, saboreándola, sin estar seguro de pronunciarla bien.

— Efectiva por acumulación de fuerza cinética.

—Movió la cabeza—. ¿Alguno de ustedes había oído alguna vez a alguien hablar así?

Yo no. Llevo cuarenta y cuatro años de uniforme, he oído hablar a un emperador, a media docena de cancilleres, a un presidente mariscal y a un cabo, y nunca, a ninguno, le he oído decir fuerza cinética .

Es una expresión de ingeniero. De profesor de física. No de soldado ni de rey.

—Es una expresión exacta —dijo Guderian.

Todos se volvieron hacia él. Guderian estaba de pie con el cigarrillo entre los dedos, sin fumarlo, y tenía la cara, en la penumbra, de un hombre que lleva tres días sin dormir y que no quiere dormir porque tiene miedo de perderse algo.

—Es exacta —repitió—. La fuerza cinética es la que tiene un cuerpo en movimiento.

Un proyectil. Un carro. Una división. No la que tiene una división en el cuartel, sino la que tiene cuando avanza.

Lo que nos ha dicho ese hombre es que su derecho a gobernar no está en un papel ni en una sangre.

Está en el movimiento. En que sus carros se mueven y los nuestros no.

—Se llevó por fin el cigarrillo a la boca—.

Es lo más honrado que he oído a un político en mi vida, Herr General. Y lo más aterrador.

—No es un político —dijo Weichs.

—¿Entonces qué es?

Weichs se quedó pensando. Llevaba botas de montar, como siempre, y se le notaba incómodo de pie en mitad de un campo de aviación, sin caballo, sin carro, sin nada sobre lo que estar.

—No lo sé —dijo—. Pero los políticos piden. Y ese hombre no nos ha pedido nada. Nos ha comunicado.

* * *

—Hablemos de lo que importa —dijo Fritsch.

Lo dijo con la voz de siempre, seca, de parte de operaciones, y el grupo, instintivamente, se cerró un poco más a su alrededor. Fritsch se había quitado el monóculo al salir de la tienda y lo sostenía entre el pulgar y el índice, sin limpiarlo, dándole vueltas.

—Mañana nos pide un juramento. O nos ofrece un juramento, que no es lo mismo. Jurarán o no. —Miró alrededor—. ¿Se han fijado en el o no ?

—Me he fijado —dijo Beck.

—Hace año y medio —siguió Fritsch—, el 2 de agosto del 34, a las pocas horas de morir el viejo mariscal, Blomberg nos reunió a todos en el patio del Bendlerblock y nos hizo jurar lealtad incondicional a la persona de Adolf Hitler.

A su persona . No a la constitución, no al Reich, no al pueblo.

A él. —Miró a Blomberg, que no apartó la vista, aunque se le notaba que le costaba—.

Nadie nos preguntó. La fórmula estaba escrita, nos la leyeron, la repetimos.

Algunos ni siquiera se dieron cuenta de lo que estaban jurando hasta una semana después.

Yo me di cuenta en ese mismo momento, y la repetí igual.

—Todos la repetimos —dijo Blomberg, en voz baja.

—Todos. —Fritsch asintió—. Y esta tarde ese hombre nos ha dicho que fue un error.

Que no nos lo cobrará. Que no nos lo recordará.

—Se volvió a poner el monóculo—. Y que mañana podemos elegir.

Ese o no , señores, es lo primero que me ha ofrecido alguien en dieciocho meses que se parezca a la dignidad.

—O es una trampa —dijo Bock.

—¿Qué clase de trampa?

—La más vieja del mundo. —Bock tiró la ceniza al suelo—. Te ofrezco elegir, eliges mal, y ya sé quién eres. Mañana, el que no jure tendrá su nombre en una lista. Y pasado mañana…

—¿Pasado mañana, qué? —dijo Rundstedt.

Bock no contestó.