Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO VII — Cuarenta metros #2
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CAPÍTULO VII — Cuarenta metros #2

—¿Pasado mañana qué, Bock? —insistió Rundstedt—.

¿Le fusilará? ¿Le pondrá en un camión, como al otro?

—Rundstedt negó con la cabeza—. Yo he visto a ese hombre esta tarde.

Le he mirado a la cara durante diez minutos.

No es un hombre que necesite listas. No necesita nada de nosotros.

Esa es la diferencia. Hitler nos necesitaba, y por eso nos tenía miedo, y por eso nos hizo jurar.

Este no nos necesita. Por eso nos deja elegir.

—Entonces, ¿para qué quiere el juramento? —preguntó Dönitz.

Fue Beck el que contestó.

—Para nosotros.

Dönitz lo miró.

—No lo quiere para él —siguió Beck—. Lo quiere para que nosotros sepamos a quién servimos.

Para que mañana, cuando un teniente de Kassel o de Dresde pregunte a su coronel a quién obedece ahora, el coronel tenga una respuesta.

Lo dijo él mismo, Dönitz: no me estarán jurando lealtad a mí, se la estarán jurando al Estado .

No es una frase de un hombre vanidoso. Es la frase de un hombre que está construyendo algo y necesita que los ladrillos sepan que son ladrillos.

* * *

—Un cabo bávaro —dijo Leeb, de pronto.

Lo dijo en un tono distinto, más bajo, casi dolido, y Weichs, que estaba a su lado, se volvió hacia él con una media sonrisa que se le borró enseguida.

—Austríaco —dijo Weichs—. Era austríaco. Sirvió en un regimiento bávaro, el de List, pero era austríaco.

—Ya lo sé que era austríaco, Weichs. Lo sabe todo el mundo.

—Leeb sacó un pañuelo y se sonó la nariz, ruidosamente, con un cuidado de bávaro de pueblo—.

Lo que digo es que ese hombre ha dicho bávaro .

Delante de mí. Delante de usted. Delante de dos generales bávaros que, cuando el cabo estaba repartiendo partes en el regimiento de List, servían en el mismo frente.

—¿Se ha ofendido, Leeb? —preguntó Bock, con un interés que parecía sincero.

Leeb guardó el pañuelo.

—No, Bock. Me he dado cuenta de una cosa.

—Miró hacia la tienda—. Se ha equivocado.

Ha dicho Generaloberst a Fritsch el domingo, y no lo era.

Ha dicho bávaro hoy, y no lo era. Pequeñas cosas.

Cosas que un hombre que lo sabe todo no diría.

—Hizo una pausa—. Me alegro. Me alegro mucho.

No me gustaría servir a un hombre que no se equivoca nunca.

—¿Servir? —dijo Bock—. ¿Ya ha decidido, Leeb?

Leeb no contestó.

* * *

Blomberg se había apartado un poco del círculo. Estaba de pie, mirando hacia la ciudad, con el abrigo de cuello de piel subido hasta las orejas. Llevaba tres días con el mismo uniforme y tenía la cara de un hombre al que le acaban de quitar algo y todavía no ha decidido si le duele.

Fritsch se le acercó.

—Reasignado al mando del Königliches Heer —dijo Blomberg, sin volverse—. ¿Sabe lo que significa eso, Fritsch?

—Significa que ya no es ministro.

—Significa que ya no hay ministerio. —Blomberg soltó una risa corta, sin alegría—.

Tres años. Tres años construyendo la Wehrmacht.

Las tres armas bajo un solo mando. El mando supremo.

El sueño de Seeckt, de Groener, de todos.

Lo conseguí. Y esta tarde, en una tienda de campaña, un hombre que llevaba un capote sin galones lo ha disuelto con una frase.

En el acto. —Se volvió por fin—. Ni siquiera ha levantado la voz.

—No ha disuelto el Ejército —dijo Fritsch—. Ha disuelto la Wehrmacht. El nombre. La agrupación. El invento de usted y de él.

—¿Y qué diferencia hay?

Fritsch lo pensó.

—La misma que hay entre una casa y una placa en la puerta.

Blomberg lo miró mucho rato. Luego se encogió de hombros, un gesto pequeño, cansado, de hombre mayor.

—A usted le da igual, Fritsch. Usted nunca quiso la Wehrmacht.

Usted quería el Heer. Siempre quiso el Heer.

—Señaló hacia la tienda con la barbilla—.

Y él se lo acaba de dar. El Heer por encima de todo.

La Marina y la Luftwaffe, ramas. Ramas. Es exactamente lo que usted lleva tres años diciendo en las reuniones del ministerio.

Fritsch no contestó enseguida. Por primera vez en toda la tarde, algo pareció moverse en su cara.

—Sí —dijo al fin—. Es exactamente eso.

—¿Y no le parece extraño?

—Me parece —dijo Fritsch— que ese hombre sabe muy bien con quién está hablando. Con cada uno de nosotros.

* * *

—Hablando de ramas —dijo Guderian—. ¿Alguien más ha venido hoy en uno de esos?

Señaló con el cigarrillo hacia el hangar, donde, a la luz de una lámpara de queroseno colgada de un gancho, se veían los tres aviones pequeños.

Alas altas, larguísimas para un aparato de ese tamaño, montadas por encima de la cabina.

Una cabina toda de cristal, como una pecera.

Un tren de aterrizaje alto, de patas largas y flexibles, como las de un insecto.

En el borde de ataque de las alas, a lo largo, unas ranuras que en la penumbra parecían rendijas.

—Yo —dijo Weichs.

—Yo —dijo Feßmann. Era la primera palabra que decía desde que había salido de la tienda.

—Y yo —dijo Guderian—. Ninguno más, ¿verdad? Los demás han venido en Junkers o en coche.

—En Junkers desde Kassel —dijo Leeb—. Un trimotor de la Lufthansa, con un piloto de la Lufthansa y un oficial de ellos sentado detrás. Muy correcto.

—En avión desde Dresde —dijo Bock—. Otro Junkers. Con escolta.

—Nosotros, en avión desde Wilhelmshaven —dijo Raeder—. Uno de los nuestros. Nos dejaron venir en uno de los nuestros.

—Pues a nosotros no —dijo Guderian—. A nosotros nos mandaron eso . —Se volvió hacia Weichs—. ¿Dónde aterrizó el suyo, Weichs?

—En el patio del cuartel —dijo Weichs. Movió la cabeza, todavía incrédulo—.

En el patio. Entre los barracones y el picadero.

Habrá sesenta metros, Guderian, no más. Lo vi llegar por encima de los tejados, despacio, despacísimo, como si colgara de un hilo.

Pensé que iba a caerse. Se posó en el patio como una gallina en un gallinero.

Rodó veinte metros y se paró. El piloto se bajó, se cuadró, me dijo Herr General, por orden de Su Majestad , y me abrió la puerta.

Y luego despegamos en el mismo patio. Hacia los barracones.

Le juro que pensé que nos íbamos a estrellar contra el tejado del picadero. No sé ni cómo pasamos.

—A mí me recogió en un campo de remolachas a las afueras de Würzburg —dijo Guderian—.

Helado. Lleno de surcos. Aterrizó en lo que se tarda en decirlo.

—Tiró la colilla al suelo y la pisó—. Señores, llevo diez años diciendo que la guerra del futuro será una guerra de movimiento, de enlace, de radio, de mando desde la vanguardia.

Que el general tiene que estar donde está la batalla, no en un castillo a cincuenta kilómetros.

Que para eso hacen falta radios en los carros y aviones que puedan aterrizar al lado de un puesto de mando, en un prado, en un camino, donde sea.

Ese avión no existe. Nadie en Alemania lo fabrica.

Nadie en el mundo, que yo sepa. Y ese hombre tiene por lo menos tres.

Y nos los ha mandado a los tres jefes de las divisiones acorazadas. Solo a nosotros.

—Para que lo viéramos —dijo Feßmann.

Todos se volvieron hacia él.

Feßmann no había soltado el sobre de papel manila en ningún momento. Lo llevaba bajo el brazo izquierdo, apretado contra el costado, como un hombre que lleva una cartera con dinero en un barrio que no conoce. Ahora lo sacó. Lo abrió. Sacó una fotografía y se la dio a Guderian.

Guderian la cogió. Weichs se inclinó por encima de su hombro. Dönitz encendió otra cerilla y la sostuvo encima.

Era la loma de Weißensee. Las cinco torretas enterradas tras la cresta, los cañones asomando. Y en primer plano, un poco desenfocado, el hombre de los prismáticos con la mano levantada.