Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO VII — Cuarenta metros #3
26%

CAPÍTULO VII — Cuarenta metros #3

—El domingo —dijo Feßmann— mandé veinte carros a ver qué pasaba.

Con orden de no disparar. Llegaron a Weißensee rodeando la ciudad.

Esto es lo que vieron. Los tuvieron en la mira cuatro minutos.

Y los dejaron irse. —Volvió a guardar la fotografía—.

Ese hombre no hace nada para que no lo veamos, Guderian.

Lo hace todo para que lo veamos. Los carros, los aviones, las divisiones en las fronteras.

Todo. Quiere que lo veamos. Quiere que lo sepamos.

—¿Para qué? —preguntó Raeder.

—Para no tener que usarlo —dijo Feßmann.

Guardó el sobre otra vez debajo del brazo. La cerilla de Dönitz se apagó.

* * *

—¿Cuántos años tendrá? —preguntó Weichs, al cabo de un rato.

Nadie contestó enseguida.

—Joven —dijo Rundstedt—. Más joven que cualquiera de nosotros. Más joven que Dönitz.

—Podría ser mi hijo —dijo Leeb.

—Y no lleva uniforme —dijo Bock—. Ni un galón.

Ni una condecoración. Ni una insignia. El mismo capote gris de un soldado raso, sin divisas.

Lo ha hecho a propósito. Hitler se ponía la Cruz de Hierro de primera clase en la guerrera para que todo el mundo viera que había estado en el frente. Este no se pone nada.

—Porque no tiene nada que ponerse —dijo Blomberg.

—No —dijo Beck—. Porque no lo necesita.

Se quedaron callados otra vez. Al fondo, en el borde del campo, alguien había encendido un farol en la puerta del barracón del transmisor, y una figura flaca —Ewers, aunque ellos no lo sabían— salió a fumar, miró hacia el grupo de generales en la oscuridad y volvió a entrar sin acercarse.

—Se ha cuadrado a mitad del discurso —dijo Dönitz de pronto.

—¿Quién?

—Él no. El general suyo. Hollenbach, creo que se llama.

El de la puerta. —Dönitz tiró la colilla—.

Cuando ha dicho se la estarán jurando al Estado , Hollenbach se ha cuadrado.

Sin que nadie se lo ordenara. Un taconazo pequeño, casi sin ruido.

Yo estaba al lado y lo he oído. Un general de división cuadrándose ante una frase.

Llevo más de veinticinco años en la Marina y nunca he visto a un oficial hacer eso.

—Yo sí —dijo Raeder.

Dönitz lo miró.

—En 1914 —dijo Raeder—. En Kiel. Cuando el Káiser habló a la flota. —Se quedó un momento mirando la tienda—. Pero aquellos hombres lo hacían porque se lo habían enseñado. Ese general lo ha hecho porque lo creía.

* * *

Hubo un movimiento junto a la tienda. La lona de la entrada se apartó y salió una figura alta, con un capote gris: Hollenbach. Se quedó un momento en la entrada, a la luz, mirando hacia el grupo. Luego echó a andar hacia ellos, sin prisa, con las manos a la espalda.

Los once se callaron.

Hollenbach se detuvo a tres metros. Se cuadró. Saludó a Blomberg, que era el de mayor rango, y luego, con una inclinación de cabeza, a todos los demás.

—Herr Generaloberst. Señores. Hay alojamiento preparado para ustedes en el edificio de la terminal: habitaciones con calefacción, cena caliente.

El toque de queda termina esta noche a las diez y media, pero Su Majestad ruega que no salgan del aeródromo hasta mañana.

Por su seguridad. Mañana a las nueve, Su Majestad hablará por radio. Les ruega que lo escuchen.

—¿Y el juramento? —preguntó Bock.

Hollenbach lo miró. Con aquellos ojos claros que no se apartaban nunca.

—Su Majestad no me ha dado instrucciones sobre el juramento, Herr General.

—¿Ninguna?

—Ninguna.

Bock asintió.

Hollenbach se volvió para marcharse. Se detuvo. Se volvió otra vez.

—Señores —dijo, y por primera vez la voz le cambió un poco, se le hizo más baja, menos de oficial y más de hombre—.

Con todo respeto. Yo vengo de un país donde Su Majestad lleva reinando muchos años.

No sé cómo era aquí antes. No sé lo que han vivido ustedes.

Pero sé una cosa: allí nunca nadie lamentó haberle jurado.

Se cuadró otra vez. Dio media vuelta. Echó a andar hacia la tienda.

Los once se quedaron mirándolo hasta que la lona volvió a caer detrás de él.

— Allí —repitió Beck, en voz muy baja—. Ha dicho allí .

Nadie le preguntó qué quería decir. Ninguno se atrevió.

* * *

Se dispersaron en grupos de dos y de tres, hacia la mole oscura de la terminal.

Raeder y Dönitz se fueron juntos, el abrigo azul junto al abrigo azul, sin hablar.

Leeb y Weichs, los dos bávaros, hablando en voz baja en su dialecto, que los prusianos no entendían del todo.

Guderian y Feßmann, muy juntos, con el sobre de papel manila entre los dos.

Rundstedt solo, recto, con la gorra horizontal.

Bock solo también, unos pasos por detrás de Rundstedt, mirándole la espalda.

Blomberg, Fritsch y Beck fueron los últimos.

Beck se quedó un momento atrás. Se volvió. Miró la tienda: la lona gris verdosa iluminada desde dentro por el hornillo, una caja de luz amarilla en mitad del campo negro. Dentro, una sombra se movía. Un hombre de pie detrás de una mesa, inclinado sobre algo. Un mapa, quizá. O nada.

Beck pensó en el domingo. En el canal. En el agua negra y la gabarra que se llamaba Buena Esperanza .

—Beck —dijo Fritsch, desde unos metros más allá—. Venga. Hace frío.

—Ya voy.

Pero se quedó todavía un momento más, mirando la tienda, con las manos en los bolsillos y el vaho saliéndole de la boca, antes de darse la vuelta y seguir a los demás.