CAPÍTULO VIII — El testigo inmutable
Aeródromo de Tempelhof.
Antes de hablar, hice cuentas.
No con papel. Con la cabeza, sentado en la silla de madera del barracón del transmisor, mientras Ewers comprobaba las agujas y el tubo grande brillaba con su luz violeta detrás del cristal.
Hice las cuentas que habría hecho cualquier ministro de Hacienda con un poco de vergüenza, y me salieron mal, y las volví a hacer.
Tres noches de toque de queda en toda Alemania. Sesenta y siete millones de personas.
No eran los campesinos. A los campesinos los había exceptuado, y los campesinos, de todas formas, se levantan a las cinco y se acuestan a las ocho.
Eran los demás. Los altos hornos del Ruhr, que no se pueden apagar como una bombilla: se cubren, se enfrían, se agrietan, y volver a encenderlos cuesta semanas.
Los turnos de noche de las minas de carbón, de Gelsenkirchen a la Alta Silesia.
Las fábricas de Siemens en Berlín, las de la IG Farben en Leuna, las de Krupp en Essen, que trabajaban en tres turnos desde que había empezado el rearme.
Los panaderos, que hacen el pan de madrugada.
Los periódicos, que se imprimen de noche.
Los ferrocarriles de mercancías, que circulan de noche para no estorbar a los de viajeros.
Los hospitales, las centrales eléctricas, los tranvías, los cines, los cafés, los teatros, las orquestas, los camareros, las coristas, los vigilantes nocturnos, los taxistas.
Tres noches.
Calculé por lo bajo, con lo que recordaba de las cifras de la economía alemana de 1936, que no era mucho. Cientos de millones de marcos. Probablemente más. Probablemente bastante más.
Y lo había prometido por la radio. Será resarcido por la Corona. Lo había dicho sin pensarlo, como había dicho puño acorazado , porque me había parecido lo justo. Seguía pareciéndome lo justo. Pero ahora, a la luz gris de la mañana, sabía lo que costaba.
No dinero. El dinero podía crearlo. No en billetes —eso habría sido la ruina, la inflación del 23 otra vez, las carretillas llenas de papel—, sino en cosas: carbón, acero, grano, oro. Podía pagar la deuda entera mañana mismo, en lingotes, en un patio del Reichsbank.
Pero no iba a hacerlo. Porque si lo hacía, si cada vez que costaba algo lo hacía aparecer, el país dejaría de ser un país y se convertiría en un niño que espera que le den. Y un país que espera que le den no es un país. Es un pensionista.
Así que lo pagaría como lo paga un Estado. Despacio, con presupuesto, con funcionarios que cuentan, con años. Y la gente esperaría. Y en esa espera aprendería si la Corona cumplía su palabra o no.
Ewers levantó la mano.
—Cuando quiera, Majestad.
* * *
— Pueblo de Alemania. El toque de queda ha terminado. Podéis volver a vuestras justas labores.
» En unos meses, el Ministerio de Economía computará las pérdidas, ajustadas a la inflación. El pago se hará íntegro, en un plazo de uno a nueve años.
» Pueblo de Alemania. Dentro de cuatro días, yo, Konrad I, por la fuerza de mis armas y por la capacidad efectiva que ellas tienen de establecer orden y poder, tomaré la corona de toda Alemania.
» No voy a pretender ante vosotros, ni vosotros pretenderéis, que ha sido por vuestra cooperación, por vuestra elección, ni siquiera con vuestro beneplácito. Pero veréis, con el paso del tiempo, los beneficios de mi reinado.
» Antes de la coronación, mañana, se celebrará un juicio inmediato a todos los miembros de la alta cúpula del Partido Nacionalsocialista.
Solté el botón.
Me quedé un momento con la mano encima, sin apartarla.
Konrad I.
Era la primera vez que lo decía en voz alta.
En cuatro días no lo había dicho ni una vez: ni a Hollenbach, ni a Beck en el canal, ni a los once en la tienda.
Me habían llamado Majestad, Su Majestad, Vuestra Majestad, el hombre de la radio , el joven , ese .
Ahora sesenta y siete millones de alemanes, y media Europa detrás de ellos, sabían cómo me llamaba.
Konrad. Un nombre viejo, de reyes alemanes de antes de que hubiera Alemania.
El primero de ellos, Conrado de Franconia, había sido elegido rey de los francos orientales en el año 911, cuando se extinguió la línea de Carlomagno.
Había reinado siete años, había perdido casi todas sus guerras y, en el lecho de muerte, había mandado a su hermano llevar las insignias reales a su peor enemigo, el duque de Sajonia, porque sabía que era el único capaz de mantener unido el reino.
No lo había elegido por eso. O sí. No lo sabía.
Ewers me miraba. Se quitó los auriculares, los dejó sobre la mesa con el mismo cuidado de siempre y se puso de pie. Y entonces hizo algo que no había hecho en cuatro días: se cuadró, y se quedó cuadrado, sin moverse, mirando al frente, hasta que yo salí del barracón.
* * *
Wilhelmplatz. Viernes, 31 de enero de 1936, 09:50 hrs.
La plaza amaneció con niebla.
Una niebla baja, sucia, de las que suben del Spree y del Landwehrkanal en invierno y se quedan atrapadas entre los edificios del centro hasta media mañana.
A las ocho no se veía el otro lado de la plaza.
A las nueve se adivinaba la fachada del Ministerio de Propaganda, al este, y la de la Cancillería, al oeste, como dos sombras grises sin ventanas.
A las nueve y media la niebla empezó a levantarse y, a las diez menos diez, cuando llegué, la plaza estaba entera, desnuda, a la luz plana y sin sombras de una mañana de enero.
Era una plaza pequeña. Siempre me había imaginado la Wilhelmplatz más grande, por las fotografías: los desfiles de antorchas, las multitudes con el brazo en alto bajo el balcón de la Cancillería.
En la realidad era un rectángulo de adoquines con un jardincillo en medio, unos árboles desnudos, seis estatuas de generales prusianos de bronce sobre sus pedestales —Schwerin, Winterfeldt, Seydlitz, Keith, Zieten, el viejo Dessauer, los héroes de Federico el Grande—, la boca del metro en una esquina y, alrededor, los ministerios.
Era una plaza para que pasara el poder, no para que se quedara.
Ese día se quedó.
Los hombres de Harnisch la habían despejado al amanecer.
Un cordón de infantería gris en todas las bocacalles: la Wilhelmstraße al norte y al sur, la Voßstraße, la Mohrenstraße, la Zietenplatz.
Detrás del cordón, gente. No mucha. Unos cientos, quizá mil.
Hombres con abrigo y sombrero, mujeres con pañuelo, algún uniforme de la policía, algún muchacho que se había subido a una farola.
Nadie los había convocado. Habían venido porque lo habían oído por la radio, y se quedaban detrás del cordón, en silencio, con las manos en los bolsillos, mirando.
Y arriba, en las ventanas de los ministerios, caras.
Funcionarios, porteros, mecanógrafas. En la Cancillería, en el Ministerio de Propaganda, en el de Hacienda, en el hotel Kaiserhof.
Caras pálidas pegadas a los cristales, que se apartaban cuando uno las miraba y volvían a asomarse cuando uno dejaba de mirar.
En el centro de la plaza, sobre los adoquines, delante del jardincillo, no había nada.
Ni estrado, ni mesa, ni sillas, ni banderas.
Lo había querido así. Lo había dicho la noche anterior, y Hollenbach me había mirado un momento con aquellos ojos claros y había dicho a sus órdenes sin preguntar nada.
Solo había dos grupos de hombres de pie, frente a frente, a diez metros el uno del otro.
En un lado, yo. Y detrás de mí, en tres filas, los sesenta oficiales del estado mayor de la 1.
Sturmdivision des Königlichen Heeres. Los mismos que se habían cuadrado en el campo helado de Dahlewitz el primer amanecer.
Mahlberg con su lápiz en el bolsillo. Raabe con su cicatriz en la ceja.
Wendland, Kessel, Kolbe, Fenske. Los demás, cuyos nombres había ido aprendiendo en cinco días.
Hollenbach a mi derecha, un paso atrás. Todos con el capote gris y el escudo de la llave púrpura en la manga, sin armas a la vista. De pie. En silencio.
Yo llevaba el capote sin divisas. El mismo.
En el otro lado, ellos.
* * *
Los trajeron a las diez en punto, a pie, desde la Cancillería, donde habían pasado la noche en las antiguas cocheras del patio, bajo guardia.
Salieron por el portal de la Wilhelmstraße 77, el mismo por el que había salido Hitler el domingo, con un pelotón del Sturm- Regiment 1 a cada lado, y cruzaron la calle y la plaza hasta el centro, hasta los diez metros.
Allí los soldados se detuvieron y se apartaron, dos pasos a cada lado, y los dejaron solos.
No iban atados. No iban esposados. Nadie los empujó, nadie los obligó a arrodillarse, nadie les puso una mano encima.
Los hicieron detenerse en fila, de cara a mí, y luego los soldados retrocedieron y se quedaron a los lados, a cinco metros, con los fusiles al hombro, como se queda una guardia de honor.
Los conté. No por necesidad: sabía cuántos eran. Los conté porque quería mirarlos a todos.
En la primera fila, seis.
Adolf Hitler, en el centro. Con el mismo abrigo oscuro del domingo, abotonado hasta arriba, y la cabeza descubierta.
Cinco días sin afeitarse con su propia navaja —le habían dejado una, pero no la había usado— le habían dejado una sombra gris en las mejillas que lo hacía parecer mayor.
Tenía cuarenta y seis años. Aparentaba sesenta.
El mechón de pelo le caía sobre la frente, sin brillantina.
Los ojos, de un azul muy claro, casi gris, se movían.
No dejaban de moverse. La plaza, los ministerios, la gente detrás del cordón, los oficiales grises detrás de mí, las estatuas de los generales de Federico. Yo.
A su derecha, Hermann Göring. Enorme, envuelto en un abrigo de cuero que ya no le cerraba bien, la cara hinchada y roja, sudando a pesar del frío.
Le temblaba la mano derecha. La mantenía cerrada en un puño para que no se le notara, y se le notaba igual.
Cinco días sin sus pastillas de paracodina.
Lo sabía todo el que lo miraba de cerca.