CAPÍTULO VIII — El testigo inmutable #2
A su izquierda, Joseph Goebbels. Pequeño, delgado, con la cara afilada y los ojos hundidos, apoyando el peso en el pie bueno. Era el único de todos que me miraba a mí y solo a mí, con una fijeza intensa, profesional, como si estuviera tomando notas.
Rudolf Hess, junto a Göring. Las cejas espesas, la mandíbula cuadrada, los ojos hundidos bajo la frente como dos pozos. Miraba a Hitler. Solo a Hitler. Como en la Cancillería el domingo, según me habían contado.
Heinrich Himmler, junto a Goebbels. Las gafas sin montura, el bigote pequeño, la barbilla huidiza. Tenía las manos juntas delante del cuerpo, los dedos entrelazados, como un empleado de banco esperando a que lo llame el director. Parpadeaba mucho.
Y en el extremo, un hombre bajo, ancho, de cuello de toro y cara de campesino, con un traje de paisano mal cortado, que no había estado en la Cancillería el domingo y al que habían traído después.
Martin Bormann. Treinta y cinco años. Jefe de la oficina de Hess.
Un nombre que en enero de 1936 casi nadie en Alemania conocía.
Un nombre que, en mi otra historia, llegaría a ser el segundo hombre más poderoso del Reich sin que casi nadie supiera tampoco cómo había llegado allí. Miraba al suelo.
Detrás de ellos, en una segunda fila, los demás.
Los que la radio había llamado la alta cúpula : los que mis hombres habían ido sacando de sus casas, de sus despachos, de sus coches en los controles de carretera, durante cinco días.
Hombres con abrigo y sombrero que, una semana antes, habían sido los dueños de Alemania y que ahora estaban de pie en una plaza, sin atar, delante de sesenta oficiales desarmados, sin saber qué hacer con las manos.
Ninguno dijo nada.
La gente detrás del cordón tampoco.
En la plaza no se oía nada. Ni un motor. Ni un pájaro. Solo, muy lejos, hacia el Tiergarten, el campanilleo de un tranvía que empezaba a circular otra vez después de cinco días.
* * *
Había pensado mucho en aquel momento.
Lo había pensado en el barracón del transmisor, en la tienda, en el catre de campaña donde dormía tres horas por noche.
Lo había pensado desde el primer amanecer en Dahlewitz, desde antes de traer a la primera división, desde el momento en que había sabido la fecha y había sabido, por tanto, lo que venía.
Lo que venía.
Ese era el problema. Todo el problema.
Yo sabía lo que aquellos hombres iban a hacer.
No lo que habían hecho: lo que iban a hacer.
Lo sabía con una precisión que ningún tribunal de la historia había tenido nunca.
Sabía las fechas. Sabía los nombres de los lugares, que en enero de 1936 eran pueblos polacos sin importancia o bosques bielorrusos o barrancos ucranianos de los que nadie había oído hablar.
Sabía las cifras. Las cifras que ningún libro consigue hacer comprensibles y que yo tampoco comprendía, aunque las supiera de memoria.
Y nada de eso había ocurrido.
Aquellos hombres, en la plaza, el 31 de enero de 1936, no habían construido ningún campo de exterminio.
No habían invadido Polonia. No habían quemado ninguna sinagoga.
No habían firmado ninguna orden de deportación.
Habían hecho otras cosas, muchas, terribles: los campos de concentración ya existían, Dachau, Esterwegen, Lichtenburg, Columbia-Haus, llenos de comunistas, de socialdemócratas, de curas, de testigos de Jehová, de homosexuales, de gente que había hablado demasiado.
Las leyes de Núremberg tenían cuatro meses.
Los asesinatos del 34. Las palizas en los sótanos de la Prinz-Albrecht-Straße.
Todo eso era real y todo eso había ocurrido.
Pero lo peor no. Lo peor no había ocurrido todavía. Y no iba a ocurrir.
¿Cómo se juzga a un hombre por un crimen que no va a cometer porque tú se lo has impedido?
No se puede. Lo supe desde el principio. No hay ley en el mundo que lo permita, ni debería haberla. Un tribunal que condena a un hombre por lo que va a hacer no es un tribunal. Es otra cosa. Es lo que ellos mismos habrían construido.
Así que no iba a juzgarlos por lo que iban a hacer.
Iba a juzgarlos por lo que eran.
* * *
Di un paso al frente. Uno solo.
Detrás de mí, los sesenta oficiales no se movieron. Hollenbach tampoco.
—Hoy —dije— no voy a hacer ninguna mímica legal.
Mi voz sonó en la plaza más alta de lo que esperaba. No había micrófono ni megáfono. Solo el aire frío y los edificios de piedra alrededor, que la devolvían. La gente detrás del cordón se inclinó un poco hacia delante, sin darse cuenta.
—Ninguna de esas mímicas que tanto les gustan a las civilizaciones.
Las que tipifican la justicia. Las que la convierten en un método ordenado, en un expediente, en una burocracia de sellos, de fiscales y de defensores, de artículos y de incisos, de testigos que juran sobre un libro en el que no creen. En lugar de hacerla como es.
Miré a Hitler. Hitler me miró. Los ojos, por fin, se le quedaron quietos.
—La justicia —dije— no es un procedimiento. Es tratar el mundo con respeto ante un testigo inmutable. Ante algo que lo ve todo, que no olvida nada, que no se deja comprar y que no cambia de opinión según quién gane las elecciones.
No dije la palabra. No dije Dios . No hacía falta. Vi a Hess levantar un poco la cabeza. Vi a Himmler dejar de parpadear. Vi, detrás del cordón, a una mujer mayor con un pañuelo negro llevarse la mano al pecho.
—La idea misma de la justicia —dije—, y lo que esa idea nos dice, es suficiente.
No necesita un tribunal. No necesita un código.
No necesita que nadie la represente con una toga.
Está ahí. Todos la conocéis. Todos los hombres la conocen desde que nacen.
Vosotros también. Por eso habéis tenido que inventar tantas palabras para no oírla.
Me volví un poco, de modo que los tuviera a todos delante, a la primera fila y a la segunda.
—Adolf Hitler. Hermann Göring. Martin Bormann. Heinrich Himmler. Y el resto de vosotros.
Dije sus nombres despacio. Uno a uno. Los dije como se dicen los nombres en una lista de bajas, sin énfasis, sin odio.
A cada nombre, el hombre correspondiente hizo algo pequeño: Hitler levantó la barbilla, un milímetro; Göring tragó saliva; Bormann levantó por fin los ojos del suelo; Himmler apretó los dedos entrelazados.
—Por vuestras ideas.
Hice una pausa.
—O por haber aceptado, por conveniencia, a quienes tienen esas ideas.
Y al decirlo miré a Göring.
Lo miré solo a él. El as de la caza de la Gran Guerra.
El último comandante del escuadrón de Richthofen, la Pour le Mérite colgada al cuello a los veinticinco años.
El hombre que había vuelto de aquella guerra sin nada, había encontrado a un agitador en una cervecería de Múnich y había decidido que aquel agitador podía llevarlo a alguna parte.
Que nunca había creído del todo en nada salvo en sí mismo.
Que había firmado lo que había que firmar y se había puesto los uniformes que había que ponerse, porque convenía.
El que había dicho quién es judío lo decido yo .
Göring sostuvo la mirada dos segundos. Luego la bajó. La mano derecha, cerrada en un puño, le temblaba más que antes.
—Quedáis condenados —dije— a tres condenas.
La plaza estaba tan quieta que se oía el roce del viento en las ramas desnudas del jardincillo.
—Primera. Diez años de trabajo forzado.
Nadie se movió.
—Segunda. La imposibilidad de servir al Estado en el futuro. Ni en un cargo, ni en un uniforme, ni en una oficina, ni en un partido. Nunca. De ninguna forma.
Goebbels parpadeó. Fue lo único que hizo.
—Tercera. —Esperé un momento. Quería que la oyeran bien—. A vuestra muerte, vuestros nombres serán borrados de todo registro alemán. De los libros, de los archivos, de las actas, de los periódicos, de las lápidas. No quedará en Alemania un solo papel que diga que exististeis.
Hitler abrió la boca.
No dijo nada. La abrió y se le quedó abierta, un segundo, dos, como el domingo en la escalinata de la Cancillería, cuando Harnisch le había dicho que estaba detenido.
Y en sus ojos vi algo que no había visto en ninguna de las fotografías, en ninguno de los noticiarios, en ninguno de los miles de documentos que había leído sobre aquel hombre en mi otra vida.
Lo vi con toda claridad, a diez metros, en la luz plana de la mañana.
Miedo.
No a los diez años de trabajo. No a la prohibición de servir al Estado. Miedo a la tercera.
Aquel hombre había querido un Reich de mil años.
Había querido que su nombre estuviera en las piedras de los edificios, en las plazas de todas las ciudades, en los libros de texto de los niños de dentro de diez siglos.
Iba a encargar planos de una cúpula de casi trescientos metros para que su nombre resonara dentro.
Y acababa de oír que, cuando muriera, ese nombre no estaría en ningún sitio.
—Y creedme —dije, más bajo— que estoy siendo absolutamente misericordioso.
* * *
Lo era. Ellos no lo sabían. No podían saberlo. Nadie en aquella plaza podía saberlo, salvo yo.
Sabía lo que habría sido justo. Lo sabía con cifras.
Lo sabía con nombres de pueblos. Si hubiera juzgado a aquellos hombres por lo que iban a hacer, no habría habido en el mundo condena suficiente.
Ni la horca, ni el fusil, ni nada. La justicia exacta, la aritmética, la de ojo por ojo , habría exigido algo que ningún ser humano puede pagar porque ningún ser humano tiene tantas vidas.
Y no lo habían hecho. Y no lo iban a hacer.