CAPÍTULO VIII — El testigo inmutable #3
Seis millones de personas que en mi otra historia estaban muertas iban a vivir.
Iban a casarse, a tener hijos, a pelearse con sus vecinos, a abrir tiendas, a escribir libros malos y buenos, a envejecer, a morirse en sus camas.
Y nunca iban a saber de qué se habían librado.
Nadie lo iba a saber nunca. No habría monumentos, ni museos, ni días de recuerdo, ni minutos de silencio, porque no habría nada que recordar.
Solo yo lo sabría.
Y aquellos hombres, en la plaza, iban a pasar diez años trabajando con las manos, iban a envejecer sin un cargo y sin un uniforme, iban a morir, cada uno a su hora, y sus nombres iban a desaparecer con ellos.
Sin martirio, porque nadie se hace mártir picando piedra.
Sin leyenda, porque no hay leyenda sin nombre.
Sin un búnker en llamas en mitad de una ciudad en ruinas, sin un último discurso, sin una bala en la sien que mil novelas y cien películas convertirían después en tragedia.
Los romanos tenían una palabra para eso.
Damnatio memoriae. La condena de la memoria.
La aplicaban a los emperadores que habían deshonrado a Roma: raspaban sus nombres de las inscripciones, fundían sus estatuas, borraban sus caras de las monedas.
Era el castigo más terrible que conocían.
Peor que la muerte. Porque la muerte llega a todos, y el olvido solo a algunos.
Y aun así era misericordia. Era la mayor misericordia que yo podía permitirme sin traicionar lo que sabía.
Porque los dejaba vivir. Y porque, a diferencia de lo que ellos habían hecho, y de lo que habrían hecho, no les quitaba nada que no fuera suyo.
* * *
—Llévenselos —dije.
Los soldados de Harnisch se acercaron. No los cogieron del brazo. Les indicaron con un gesto la dirección, hacia la Wilhelmstraße, hacia los camiones que esperaban con los motores en marcha junto a la Voßstraße. Y ellos echaron a andar.
Andaron en dos filas, por los adoquines. Göring se tambaleó al primer paso y Hess, a su lado, sin pensarlo, lo sujetó del codo. Goebbels cojeaba. Himmler se quitó las gafas, las limpió con el pañuelo y se las volvió a poner sin dejar de andar. Bormann miraba otra vez al suelo.
Hitler fue el último en moverse.
Se quedó un momento más quieto, en el centro de la plaza, cuando los demás ya habían echado a andar.
Me miraba. Tenía la boca cerrada otra vez y los ojos quietos, muy quietos, clavados en los míos.
Pensé que iba a decir algo. Pensé que, por fin, aquel hombre que había hablado durante quince años sin parar, que había llenado estadios y plazas como aquella con su voz, que había hipnotizado a un país entero, iba a decir algo.
No dijo nada.
Se dio la vuelta y siguió a los demás.
Lo miré alejarse hasta que lo perdí de vista detrás de un camión.
* * *
Wilhelmplatz. Cordón de la Mohrenstraße. 10:24 hrs.
El Polizeiwachtmeister Otto Brandt estaba de servicio en el cordón de la Mohrenstraße porque esa mañana, a las siete, su comisario había recibido una llamada de un oficial gris preguntando si la policía de Berlín podía ayudar a mantener el orden en la Wilhelmplatz.
El comisario había dicho que sí sin preguntar a nadie, porque ya no había nadie a quien preguntar, y había mandado a doce hombres. Brandt era uno de ellos.
Desde el cordón no había oído bien todo lo que había dicho el joven. El viento se llevaba la mitad de las palabras. Pero había oído los nombres. Y había oído las tres condenas. Y había visto la cara de Hitler cuando el joven había dicho la tercera.
A su lado, detrás de la cuerda, una mujer mayor con un pañuelo negro lloraba en silencio.
Brandt no sabía por qué lloraba. No se lo preguntó.
Detrás de ella, un hombre de unos cincuenta años, con abrigo de buen paño y sombrero, se volvió hacia el que tenía al lado, un obrero joven con gorra, y le dijo, en voz baja pero no tanto como para que Brandt no lo oyera:
—Diez años picando piedra. Nada más. Después de todo lo que…
No terminó la frase.
El obrero joven tardó en contestar.
—Yo estuve en Oranienburg —dijo al fin—. En el 33. Seis meses. Por repartir octavillas. —Se subió el cuello del abrigo—. A mí también me pusieron a picar piedra.
El hombre del sombrero lo miró.
—Entonces le parecerá poco.
—No —dijo el obrero—. Me parece justo. Lo otro, lo de los nombres, eso es lo que no entiendo. Pero me ha dado frío.
Brandt miró hacia el centro de la plaza.
El joven del capote gris seguía allí, de pie, solo, en el sitio exacto donde había estado durante todo el juicio.
Los sesenta oficiales detrás de él no se habían movido.
Hollenbach tampoco. Los camiones se habían ido.
La niebla había vuelto a bajar un poco, y la luz se había vuelto todavía más gris.
El joven se quedó allí un rato largo. Sin hacer nada. Mirando la escalinata vacía de la Cancillería.
Luego se dio la vuelta y echó a andar hacia el coche que lo esperaba en la esquina de la Voßstraße, y los sesenta oficiales, sin que nadie se lo ordenara, se apartaron para dejarle paso y se cuadraron a su paso, uno a uno, en silencio.
Brandt, sin darse cuenta, también se cuadró.