Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO IX — Por conveniencia
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CAPÍTULO IX — Por conveniencia

Wilhelmplatz. Escalinata del hotel Kaiserhof.

Los doce estaban en la escalinata del Kaiserhof porque nadie les había dicho dónde ponerse y porque, de todos los sitios de la plaza, era el único con escalones.

Habían llegado desde Tempelhof a las nueve y media, en tres coches grises con escolta, sin que nadie los invitara y sin que nadie se lo impidiera.

Desde el miércoles por la noche ninguno había vuelto a su puesto de mando.

Estaban esperando la coronación, y lo sabían, aunque ninguno lo había dicho en voz alta.

Mientras tanto, dormían en la terminal del aeródromo, comían en la cantina de la Lufthansa, recibían partes de sus estados mayores por teletipo y se miraban unos a otros en los pasillos con la cortesía tensa de los invitados a una boda que no saben todavía de qué lado de la familia están.

El portero del hotel, un hombre gordo con librea verde y botones dorados, les había abierto la puerta giratoria por puro reflejo y luego se había quedado allí, sin saber qué hacer, mientras once generales y almirantes —once, porque Hollenbach no estaba con ellos, sino en la plaza, en su sitio, detrás de su Kaiser— se colocaban en los escalones en dos filas, por antigüedad, como en una fotografía oficial.

Desde allí lo vieron todo.

Lo oyeron casi todo. El Kaiserhof estaba en el lado sur de la plaza, a cuarenta metros del centro, y el viento soplaba hacia ellos. Las palabras les llegaban limpias, despegadas del cuerpo que las decía, como llegan las palabras en un teatro grande a las últimas filas.

Lo que sigue es lo que cada uno de ellos vio y oyó, y lo que pensó, aquella mañana. Algunos lo contaron después. Otros no lo contaron nunca.

* * *

Blomberg

El Generaloberst Werner von Blomberg estaba en el escalón más alto, por rango, y desde allí veía la nuca de Hitler.

No la cara. La nuca. El pelo, sin brillantina, más largo de lo que lo llevaba nunca, que le caía sobre el cuello del abrigo.

Blomberg había visto esa nuca cientos de veces: en las reuniones de la Cancillería, en las tribunas de los desfiles, en el asiento delantero del Mercedes.

Siempre de cerca. Siempre desde un paso atrás.

Ahora la veía desde cuarenta metros, y se dio cuenta de que nunca se había fijado en que aquel hombre tenía la nuca de un hombre corriente. Un poco estrecha. Un poco hundida entre los hombros. La nuca de un empleado de correos.

Cuando el joven dijo por vuestras ideas , Blomberg no se movió.

Cuando el joven dijo o por haber aceptado, por conveniencia, a quienes tienen esas ideas , Blomberg sintió que se le iba la sangre de la cara.

El joven estaba mirando a Göring al decirlo. Blomberg lo vio. Todos lo vieron. Pero Blomberg no oyó Göring . Oyó Blomberg .

Porque él había aceptado. Por conveniencia.

Él había sido quien en agosto del 34 había redactado la fórmula del juramento personal al Führer, el mismo día que moría Hindenburg, antes de que nadie se lo pidiera, para congraciarse.

Él había sido quien había ordenado poner el águila con la esvástica en las guerreras de la Reichswehr.

Él había sido quien había felicitado a Hitler por escrito, en nombre del Ejército, por la decisión soldadesca y el valor ejemplar con que había aplastado a la SA el 30 de junio, cuando dos generales, Schleicher y Bredow, yacían todavía en sus casas con un balazo en la cabeza.

Él había hecho todo eso, y no porque creyera en las ideas de aquel hombre.

Blomberg no creía en casi nada. Lo había hecho porque convenía. Al Ejército, a Alemania, a él.

Por conveniencia.

El joven no lo había mirado a él. Ni una vez.

En toda la mañana. Ni en la tienda el miércoles, más allá de lo imprescindible.

Blomberg pensó que era una misericordia.

Luego pensó que quizá no lo era. Quizá el joven sabía exactamente lo que había hecho Blomberg y había decidido que no hacía falta mirarlo, porque Blomberg ya se miraba solo.

Cuando el joven dijo diez años de trabajo forzado , Blomberg cerró los ojos.

Cuando los abrió, vio que le temblaban las manos, y las metió en los bolsillos del abrigo.

Nunca se lo contó a nadie.

* * *

Fritsch

El General der Artillerie Werner von Fritsch escuchó todo el juicio con el monóculo puesto y sin parpadear.

Se le daba bien no parpadear. Lo había aprendido de cadete, de un instructor que decía que un oficial que parpadea delante de la tropa pierde la mitad de su autoridad.

Hoy no voy a hacer ninguna mímica legal.

Fritsch pensó: bien.

Lo pensó con una claridad que lo sorprendió a él mismo.

Fritsch era un hombre de reglamentos. Había vivido toda su vida dentro de ellos, como se vive dentro de una casa.

Había creído siempre que el orden era la forma más alta de la justicia, que una sociedad sin procedimientos era una horda y que la diferencia entre un oficial y un bandido era que el oficial obedecía a una ley.

Y sin embargo, cuando oyó al joven despreciar los procedimientos, los fiscales, los defensores, los artículos y los incisos, no sintió escándalo. Sintió alivio.

Porque Fritsch había visto lo que aquellos hombres habían hecho con los procedimientos.

Había visto el Tribunal del Pueblo, creado hacía dos años para juzgar traiciones , con jueces del Partido, sin apelación, que condenaba en una tarde.

Había visto cómo se reformaba el código penal para castigar lo que el sano sentimiento del pueblo considerara punible.

Había visto cómo se legalizaban después de hechos los asesinatos del 30 de junio: una ley de una sola línea, del 3 de julio, que decía que las medidas tomadas para sofocar la traición eran legales como defensa de urgencia del Estado .

Una sola línea, y ochenta y tantos muertos quedaban en regla.

Eso era la mímica legal. Eso era lo que el joven acababa de decir que no iba a hacer.

La justicia es tratar el mundo con respeto ante un testigo inmutable.

Fritsch no era un hombre religioso. Iba a la iglesia en Navidad y en los funerales de los camaradas. Pero entendió perfectamente lo que el joven quería decir sin decirlo, y se le quedó un frío en la nuca.

Pensó en Schleicher. En la mujer de Schleicher, muerta en el suelo de su casa junto a su marido porque se había interpuesto. Ningún tribunal había juzgado a nadie por aquello. Ningún tribunal lo haría nunca. Los hombres que lo habían ordenado estaban ahora de pie en la plaza.

Y el joven no los había condenado por aquello. No había dicho por los asesinatos del 30 de junio . Había dicho por vuestras ideas .

Fritsch tardó en entender por qué. Lo entendió al final, cuando el joven dijo a vuestra muerte, vuestros nombres serán borrados . Lo entendió de golpe, como se entiende una jugada de ajedrez cuando ya está hecha.

Si los hubiera condenado por los asesinatos, habría tenido que probarlos. Y para probarlos habría necesitado un procedimiento. Y entonces habría hecho mímica legal.

Al condenarlos por sus ideas, no necesitaba probar nada. Las ideas estaban escritas en un libro que se vendía en todas las librerías de Alemania.

Fritsch se quitó el monóculo, lo limpió con el pañuelo y se lo volvió a poner.

—Es un hombre muy peligroso —le dijo a Beck, en voz muy baja, sin volver la cabeza.

—Sí —dijo Beck.

—Me alegro de que esté de nuestro lado.

Beck no contestó.

* * *

Beck

El General der Artillerie Ludwig Beck fue el único de los doce que tomó notas.

Lo hizo sin darse cuenta. Tenía siempre una libreta pequeña en el bolsillo interior de la guerrera, de tapas negras, del tamaño de la palma de la mano, y un lápiz.

Cuando el joven empezó a hablar, Beck la sacó y escribió, con su letra pequeña y clara de profesor de la Kriegsakademie, lo que oía. No todo. Las frases.

Mímica legal.

Las civilizaciones tipifican la justicia.

Testigo inmutable.

La idea misma de la justicia es suficiente.

Por vuestras ideas, o por aceptar por conveniencia.

Tres condenas.

Misericordioso.

Debajo de la última palabra trazó una línea. Y debajo de la línea, después de un rato, escribió una pregunta:

¿Quién juzga al juez?

Beck era un hombre de derecho. No un jurista: un soldado.

Pero un soldado prusiano de la vieja escuela, de los que creían que el Estado prusiano se había hecho grande no por sus ejércitos, sino porque bajo Federico el Grande un molinero de Potsdam podía llevar al rey a los tribunales y ganar.

Il y a des juges à Berlin. Hay jueces en Berlín.

La frase del molinero, que todos los cadetes aprendían de memoria.

Y aquella mañana, en Berlín, un hombre acababa de decir que no hacían falta jueces.

Beck sabía que aquel hombre tenía razón sobre los que estaban de pie en la plaza.

Lo sabía mejor que nadie. Había escrito durante dos años memorándums sobre lo que el régimen estaba haciendo con Alemania, y todos se habían quedado en un cajón.

Sabía que no había tribunal alemán capaz de juzgar a Hitler, porque Hitler había hecho todos los tribunales alemanes.

Sabía que la condena era, en sustancia, justa, e incluso suave.

Pero el procedimiento le dolía.

No por ellos. Por lo que vendría después.

Porque un rey que juzga sin tribunal a sus enemigos el primer día de su reinado puede juzgar sin tribunal a cualquiera el día cien.

O el día mil. O su hijo. O su nieto, que no habrá conocido a Hitler y no sabrá por qué su abuelo hizo lo que hizo, y solo sabrá que se podía hacer.

Testigo inmutable.

Beck volvió a leer las palabras en su libreta.

Era protestante. Era un hombre de fe tranquila, sin aspavientos, de los que rezan solos.

Y entendió que el joven había contestado a su pregunta antes de que él la escribiera.

El juez de aquel juez no estaba en Berlín.

Estaba en ninguna parte y en todas. Y el joven lo había dicho delante de mil personas para que lo recordaran: que él también estaba bajo un testigo.