CAPÍTULO IX — Por conveniencia #2
Beck no sabía si eso le tranquilizaba o no. Un hombre que solo responde ante Dios puede ser un santo. También puede ser un loco.
Cerró la libreta. La guardó. No la volvió a abrir hasta muchos años después.
* * *
Rundstedt
El General der Infanterie Gerd von Rundstedt vio el juicio entero con las manos a la espalda y la gorra exactamente horizontal, y en todo ese tiempo solo hizo un gesto.
Fue cuando el joven dijo ni en un cargo, ni en un uniforme, ni en una oficina, ni en un partido. Nunca . Rundstedt asintió. Una vez. Breve. Con la cabeza, de arriba abajo. Como un juez de línea en un torneo de esgrima cuando un tocado es limpio.
Después, en el vestíbulo del Kaiserhof, mientras esperaban los coches, Weichs le preguntó por qué había asentido.
Rundstedt tardó en contestar.
—Porque esa es la única de las tres que de verdad importa —dijo—.
Los diez años se acabarán. Los nombres… —Hizo un gesto vago con la mano—.
Eso es para los poetas. Pero la segunda condena significa que ninguno de esos hombres volverá a mandar nunca.
A nadie. Ni a un perro. —Se ajustó los guantes—.
He visto caer a muchos gobiernos, Weichs.
El del Káiser, el de Ebert, el de Brüning, el de Papen, el de Schleicher.
Y he visto a casi todos los que cayeron volver de una forma u otra.
Un ministerio aquí, una embajada allá, un escaño.
Los políticos son como el agua: siempre encuentran una grieta.
Se abrochó el último botón del abrigo.
—Ese joven ha tapado la grieta. Con una frase. Y sin derramar una gota de sangre. Eso es lo que no hizo Hitler en el 34. Él los mató. Y los muertos se convirtieron en mártires, y a los mártires se les reza.
—¿Y a los que pican piedra?
—A los que pican piedra —dijo Rundstedt— no les reza nadie.
* * *
Leeb
El General der Artillerie Wilhelm Ritter von Leeb tenía el rosario en el bolsillo derecho del abrigo y, durante todo el juicio, no lo soltó.
Cuando el joven dijo testigo inmutable , Leeb apretó la cuenta que tenía entre los dedos tan fuerte que, cuando volvió al hotel, tenía la marca en la yema del pulgar.
Algo que lo ve todo, que no olvida nada, que no se deja comprar y que no cambia de opinión según quién gane las elecciones.
Leeb había ido a misa todos los domingos de su vida.
Había oído miles de sermones. Había oído hablar de Dios a obispos, a curas de pueblo, a capellanes castrenses en las trincheras de Flandes, a frailes en Múnich.
Ninguno de ellos le había hablado de Dios con aquellas palabras.
Testigo. No juez, no padre, no rey de reyes, no señor de los ejércitos. Testigo. Alguien que mira.
Y en la plaza, delante de los ministerios del Reich, un hombre que tenía doscientos treinta carros y setenta mil soldados en las fronteras, que acababa de tomar el país más poderoso del continente en cinco días, había dicho en voz alta, delante de todos, que él también estaba siendo mirado.
Leeb pensó en el viejo rey Luis III de Baviera, al que había servido de joven.
Un hombre bueno, torpe, campesino, que llevaba los pantalones remendados y hablaba de vacas con los ministros.
Leeb lo había visto una vez rezar en la capilla de la Residencia, de rodillas, solo, una mañana de 1915, cuando creía que nadie lo veía.
Leeb tenía entonces treinta y nueve años y había pensado: ese hombre sabe que no es nada .
Pensó lo mismo del joven.
Cuando el joven dijo y creedme que estoy siendo absolutamente misericordioso , Leeb vio, desde cuarenta metros, algo que nadie más vio, o que nadie más comentó: que el joven había bajado la voz al decirlo. No mucho. Un tono. Como baja la voz un hombre cuando dice algo que le cuesta.
Leeb se santiguó. Pequeño, rápido, casi invisible, con el pulgar sobre el pecho, debajo del abrigo.
Weichs, a su lado, lo vio. Y lo imitó.
* * *
Bock
El General der Infanterie Fedor von Bock no sintió nada durante el juicio. Lo dijo él mismo, después, y era verdad.
Bock no sentía cosas en público. Las calculaba. Y lo que calculó en aquella media hora, de pie en la escalinata del Kaiserhof, con las manos enguantadas cruzadas a la espalda, fue esto:
Uno. No ha habido ejecuciones. Por tanto, no hay mártires. Un Hitler muerto habría sido una bandera durante cien años: habría habido hombres dispuestos a morir por él en cada generación. Un Hitler picando piedra no es una bandera. Es una caricatura.
Dos. No ha habido juicio formal. Por tanto, no hay acta.
No hay sumario. No hay alegatos de la defensa que los periódicos extranjeros puedan reproducir.
No hay un solo papel en el que Hitler haya podido explicarse.
Hitler, que no había hecho otra cosa en su vida que explicarse, se había quedado sin decir una palabra.
Tres. Le han dejado sin la palabra. Bock lo había visto: Hitler había abierto la boca al oír la tercera condena y la había vuelto a cerrar.
No le habían prohibido hablar. Nadie le había dicho que se callara.
Se había callado solo. Porque no había nadie a quien hablar.
No había un tribunal al que convencer, ni un jurado, ni una tribuna.
Había un joven sin uniforme y sesenta oficiales que no lo miraban.
Cuatro. La tercera condena. La de los nombres.
En la cuarta, Bock se detuvo.
Lo había entendido a la primera. Era lo más inteligente que había oído en su vida a un político, y Bock había oído a muchos.
Borrar los nombres. No ahora: a su muerte.
De modo que durante diez años, veinte, treinta, lo que vivieran, aquellos hombres sabrían cada mañana, al despertar, que su nombre estaba condenado.
Que cada día que pasaba estaban más cerca del olvido.
Que no habría estatua, ni calle, ni placa, ni libro, ni lápida.
Bock se dio cuenta de que tenía la boca seca.
Porque Bock también quería que su nombre quedara.
Lo quería con toda el alma. Llevaba treinta y cinco años de servicio pensando en eso: en el bastón de mariscal, en la estatua ecuestre, en el capítulo en los libros de historia militar.
Der Sterber , el que muere: lo decía porque creía que la muerte gloriosa era la única forma de que un soldado quedara para siempre.
Y el joven acababa de enseñarle que había algo peor que morir.
—Eso —le dijo a Rundstedt, en voz baja, cuando el joven terminó, señalando con la barbilla hacia el centro de la plaza—. Eso es lo que hay que temer de él. No los carros.
—¿El qué?
—Que sabe lo que queremos —dijo Bock—. Cada uno de nosotros. Y sabe cómo quitárnoslo.
* * *
Weichs
El Generalleutnant Maximilian Freiherr von Weichs no miró a los acusados en ningún momento.
Miró a la gente.
Desde la escalinata se veía bien el cordón de la Mohrenstraße, a la izquierda, y la gente que se apretaba detrás. Weichs, que era jinete, tenía la costumbre de mirar a la multitud como se mira a una manada: para saber hacia dónde va a moverse antes de que se mueva.
Y la multitud no se movió.
En toda la media hora, nadie gritó. Nadie insultó a los acusados.
Nadie aplaudió. Nadie levantó el brazo. Weichs se había esperado algo: los berlineses no eran gente callada, y aquella plaza había visto, tres años antes, a veinte mil personas gritando Heil bajo el balcón de la Cancillería la noche del 30 de enero del 33. Tres años antes justos, menos un día.
Esa mañana, la misma plaza estaba en silencio.
Weichs vio a la mujer del pañuelo negro llorando.
Vio a un obrero joven con la gorra calada que no apartaba los ojos de Göring.
Vio a un hombre de unos sesenta años, con abrigo bueno y sombrero, que se quitó el sombrero cuando el joven dijo testigo inmutable y no se lo volvió a poner hasta que todo terminó.
Vio a dos muchachos de las Juventudes Hitlerianas, con el uniforme todavía puesto debajo de los abrigos, que miraban a Hitler con la boca abierta y que, cuando el joven dijo diez años de trabajo forzado , se miraron entre ellos sin saber qué hacer con la cara.
Y vio al policía del cordón —un Wachtmeister de chacó, de cara colorada— que se cuadró al final, sin que nadie se lo mandara, cuando el joven pasó.
Weichs se santiguó con Leeb. No porque Leeb lo hiciera, sino porque había visto a la gente y había entendido algo que no supo explicar hasta mucho después.
Lo explicó así, en una carta a su mujer, esa misma noche, desde la terminal de Tempelhof:
No ha sido un juicio. Ha sido un entierro. Hemos enterrado algo esta mañana en la Wilhelmplatz, y la gente lo sabía, y por eso estaba callada. Como se está callado en un entierro. No sé exactamente qué hemos enterrado. Creo que no eran ellos.
* * *
Guderian
El Oberst Heinz Guderian estaba en el último escalón, por ser el de menor rango de los once, y desde allí veía peor que nadie.
Pero oía bien. Y cuando oyó por haber aceptado, por conveniencia, a quienes tienen esas ideas , Guderian sintió que se le encendía la cara como si le hubieran dado una bofetada.
Porque se acordó de Kummersdorf.
Febrero del 33. Tres semanas después de que Hitler llegara a la Cancillería.
Una demostración en el campo de pruebas de Kummersdorf, al sur de Berlín: unas motocicletas, unos vehículos blindados de reconocimiento, unos carros ligeros, un cañón contracarro.
Guderian había preparado la demostración durante semanas, con la esperanza desesperada de que alguien en el nuevo gobierno se interesara por los carros, después de diez años en que nadie en el Estado Mayor le había hecho caso.
Y Hitler había venido. Había mirado las motocicletas, los carros, el cañón.
Y se había vuelto hacia Guderian, con los ojos brillantes, y le había dicho: Eso es lo que necesito. Eso es lo que quiero tener.
Guderian había vuelto a casa esa noche como un niño al que le han regalado un tren eléctrico. Se lo había contado a su mujer. Le había dicho: por fin alguien me entiende .