CAPÍTULO IX — Por conveniencia #3
No le había importado nada más. Ni el Partido, ni las leyes, ni los campos, ni los judíos, ni el 30 de junio. Le había importado que aquel hombre quería carros. Y por eso lo había aceptado. Por conveniencia.
El joven estaba mirando a Göring al decirlo. Pero Guderian no estaba mirando a Göring. Estaba mirando al suelo, al escalón de mármol del Kaiserhof, a la punta de sus propias botas.
—¿Le pasa algo, Guderian? —le preguntó Feßmann, a su lado, en voz baja.
—Nada.
Feßmann lo miró un momento más. Luego volvió a mirar a la plaza.
Guderian no volvió a levantar la vista hasta que el joven dijo misericordioso .
Y entonces la levantó, y miró al joven, de pie en el centro de la plaza con su capote gris sin divisas, y pensó, con una mezcla de vergüenza y de algo que no se atrevió a llamar alivio, que aquel hombre también tenía carros.
Mejores. Muchos más. Y que no se los había enseñado a nadie para que le dijeran eso es lo que necesito .
Se los había enseñado para que nadie los necesitara.
* * *
Feßmann
El Generalleutnant Ernst Feßmann miró a los sesenta.
No a los acusados, no al joven, no a la gente. A los sesenta oficiales del estado mayor de la 1. Sturmdivision, de pie en tres filas detrás de su Kaiser, con el capote gris y la llave púrpura en la manga. Sin armas a la vista. Ni una pistola en el cinturón. Ni un sable. Ni siquiera la funda.
Feßmann había mandado tropas durante treinta y cinco años. Sabía cómo se pone en pie una guardia de honor, una escolta, un pelotón de fusilamiento. Sabía la diferencia, que estaba en los detalles: en cómo se colocan los pies, en la distancia entre los hombres, en hacia dónde miran.
Aquellos sesenta no eran ninguna de las tres cosas.
Estaban en posición de firmes, pero no rígidos. Miraban al frente, pero no a los acusados. Miraban por encima de ellos, a un punto indefinido en la fachada de la Cancillería, como miran los soldados en un funeral. Y no se movieron en media hora. Ni uno. Ni un pie. Ni un dedo.
Feßmann pensó en las fotografías de Weißensee, que seguía llevando en el bolsillo interior del abrigo, en el sobre de papel manila, aunque ya se las sabía de memoria. Los carros enterrados. Los cañones. El hombre de los prismáticos con la mano levantada.
Fuerza que se enseña para no tener que usarla.
Y ahora, en la plaza, lo contrario. Fuerza que no se enseña porque no hace falta.
Sesenta hombres desarmados que habían bastado para mantener de pie, sin atar, sin un solo guardia encima, a los hombres más poderosos de Alemania de una semana antes.
No por miedo a las armas, porque no había armas. Por otra cosa.
Feßmann buscó la palabra durante todo el juicio.
La encontró cuando los acusados echaron a andar hacia los camiones, sin que nadie los tocara, solo porque un soldado les había señalado la dirección con la mano.
Autoridad.
Feßmann llevaba toda su vida con esa palabra en los reglamentos. Esa mañana la vio por primera vez.
* * *
Raeder
El almirante Erich Raeder escuchó el juicio como escuchaba los sermones en la iglesia de la guarnición de Kiel: de pie, inmóvil, con las manos juntas delante del cuerpo y la cara larga y severa ligeramente inclinada hacia delante.
Raeder era protestante. Luterano de los de antes, de los que leían la Biblia en casa, en voz alta, después de cenar. Y cuando el joven dijo testigo inmutable , la frase le llegó a un sitio que no era la cabeza.
Pues está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio. Hebreos, nueve, veintisiete. Su madre se lo hacía recitar de niño.
Raeder no sabía si el joven conocía el versículo. Sospechaba que sí.
Pero lo que le quitó el aliento no fue eso. Fue por conveniencia .
Raeder se había llevado bien con Hitler.
Mejor que casi ningún otro jefe militar.
Hitler sabía poco de barcos y le dejaba hacer: el tratado naval con Inglaterra, los acorazados, los submarinos.
Raeder le había correspondido con lealtad.
Había expulsado de la Marina a los oficiales que tenían abuelos judíos, antes incluso de que se lo pidieran.
Había mandado izar la esvástica en los mástiles.
Había jurado. Lo había hecho todo con la conciencia tranquila, porque se decía que la Marina estaba por encima de la política y que lo que importaba era la flota.
Por haber aceptado, por conveniencia, a quienes tienen esas ideas.
El joven había mirado a Göring.
Raeder sintió, por primera vez en muchos años, la necesidad física de arrodillarse.
No lo hizo. Un almirante no se arrodilla en la escalinata de un hotel.
Pero apretó las manos juntas delante del cuerpo hasta que le dolieron los nudillos, y dijo para sí, sin mover los labios, las palabras que no había dicho desde la muerte de su madre:
Señor, ten piedad.
Dönitz, a su lado, lo vio cerrar los ojos. No le preguntó nada.
* * *
Dönitz
El Kapitän zur See Karl Dönitz escuchó el juicio con el cigarrillo apagado entre los dedos, que no se atrevió a encender, y una sola idea en la cabeza desde el principio hasta el final.
La tercera condena.
A vuestra muerte, vuestros nombres serán borrados de todo registro alemán.
Dönitz pensó en los barcos.
En la Marina, los barcos llevan nombres.
Los acorazados, de almirantes: Scheer , Hipper , Tirpitz .
Los cruceros, de ciudades. Los destructores, de oficiales muertos en combate.
Los submarinos, en tiempo de paz, de hombres: la flotilla Weddigen , la que Dönitz mandaba, llevaba el nombre del capitán de corbeta Otto Weddigen, que en septiembre de 1914 hundió tres cruceros británicos en una hora con un solo submarino y murió seis meses después, embestido por un acorazado.
Weddigen había muerto hacía veintiún años.
Su nombre seguía siendo el de la flotilla de Dönitz.
Así quedaban los hombres en la Marina. En la proa de un barco, en el nombre de una flotilla.
Y Dönitz quería quedar. No lo había dicho nunca a nadie, ni siquiera a su mujer. Pero en las noches de guardia, cuando era joven, había pensado alguna vez en un barco con su nombre. Dönitz. Un destructor. Un crucero. Algo.
Y aquel joven acababa de decir, delante de mil personas, que se podía quitar un nombre de un hombre como se raspa la pintura de una proa.
Dönitz miró a Hitler, el único de toda la fila al que había visto de cerca, en una revista naval: un hombre que hablaba de barcos con ojos brillantes y sin saber nada de barcos.
Lo miró ahora, de pie en la plaza, con la boca abierta tras la tercera condena, y vio lo mismo que había visto Bock. Vio el miedo.
Dönitz pensó que nunca, en ningún combate, en ninguna tormenta, en ningún mar, había visto a un hombre tan asustado.
Y luego pensó, con una frialdad que lo sorprendió a él mismo, que el joven había elegido la condena exacta. La única que aquel hombre no podía soportar.
Guardó el cigarrillo sin encender en la pitillera de plata. Cerró la pitillera. La guardó.
No volvió a sacarla en todo el día.
* * *
Hollenbach
El General der Infanterie Albrecht von Hollenbach no estaba en la escalinata del Kaiserhof. Estaba en la plaza, a un paso detrás y a la derecha de su Kaiser, donde había estado siempre.
Y por eso fue el único de los doce que vio lo que el joven hizo con las manos.
Las tuvo a la espalda durante todo el juicio. Cruzadas, la derecha sobre la izquierda, a la altura de los riñones, por debajo del borde del capote. Tranquilas. Inmóviles.
Hasta que dijo misericordioso .
Entonces la mano izquierda se cerró. No del todo. Los dedos se curvaron hacia la palma, despacio, y se quedaron así, apretados, con los nudillos blancos, mientras la voz seguía sonando igual de tranquila.
Hollenbach lo vio y apartó la mirada inmediatamente, porque un oficial no mira las manos de su soberano.
Pero ya lo había visto.
Hollenbach recordaba a Su Majestad de otra vida. De otra Alemania. Lo recordaba en revistas, en audiencias, en cenas de regimiento, en visitas a hospitales. Lo recordaba sereno, siempre. Nunca lo había visto cerrar así una mano.
Y aquella mañana, en la Wilhelmplatz, Hollenbach entendió algo que no le había explicado nadie y que no volvería a decir en voz alta nunca.
Entendió que el hombre que tenía delante era su Kaiser, el mismo, sin ninguna duda.
Y que, a la vez, no lo era del todo. Que aquel hombre cargaba con algo que el Kaiser de su memoria no había cargado nunca.
Algo que sabía y que nadie más sabía. Algo tan pesado que, para decir misericordioso con la voz tranquila, había tenido que apretar la mano hasta que se le pusieron blancos los nudillos.
Cuando los acusados se fueron y la plaza quedó vacía, Su Majestad se quedó un rato largo de pie, solo, sin moverse, mirando la escalinata de la Cancillería.
Hollenbach no se movió de su sitio. No dio un paso. No dijo una palabra. Se quedó a un paso detrás y a la derecha, en posición de firmes, durante todo el tiempo que Su Majestad necesitó.
Fue lo único que pudo darle.
* * *
Londres. Downing Street, 10. 14:30 hrs.
El primer ministro Stanley Baldwin recibió la transcripción del juicio a las dos y media de la tarde, en el despacho del primer piso de Downing Street, de manos de Anthony Eden, que se la había traído personalmente desde el Foreign Office.
Baldwin tenía sesenta y ocho años, la cara ancha y rosada de un industrial de las Midlands, una pipa siempre en la mano y una reputación de hombre tranquilo que en el fondo era una forma de pereza muy trabajada.
Leyó la transcripción en su sillón, junto a la chimenea.
Eden esperó de pie. Vansittart, que había venido con él, esperó junto a la ventana.
Baldwin terminó. Dejó los papeles sobre la rodilla. Chupó la pipa apagada.
—Bueno —dijo.
Eden y Vansittart esperaron.
—No los ha fusilado —dijo Baldwin.
—No, primer ministro.
—Podía haberlo hecho. Nadie en Europa habría movido un dedo. La mitad de Europa le habría mandado flores. —Baldwin dio una chupada a la pipa—. Y no lo ha hecho.