Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO IX — Por conveniencia #4
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CAPÍTULO IX — Por conveniencia #4

—Ha prescindido de todo procedimiento legal, primer ministro —dijo Eden—. Ni acusación formal, ni defensa, ni pruebas, ni tribunal. Lo dice él mismo: no voy a hacer ninguna mímica legal . Desde el punto de vista del derecho internacional, desde el punto de vista de cualquier país civilizado…

—Anthony —dijo Baldwin, con suavidad—, ¿usted cree que a Hitler le habría hecho justicia un tribunal alemán?

Eden se calló.

—Yo tampoco —dijo Baldwin—. Ningún tribunal alemán habría podido juzgarlo, porque todos los jueces alemanes le han jurado lealtad.

Y ningún tribunal extranjero tenía jurisdicción.

Así que ese joven tenía dos opciones: no juzgarlo o juzgarlo como lo ha hecho.

—Golpeó la pipa contra el borde del cenicero—.

Y lo ha juzgado en público . A la luz del día.

En una plaza. Delante de mil berlineses y de los once jefes de su ejército.

Con tres condenas que cualquiera puede entender. Sin una gota de sangre.

Vansittart se volvió desde la ventana.

—Es la tercera la que me inquieta, primer ministro.

—¿La de los nombres?

—La de los nombres. —Vansittart se acercó—.

Damnatio memoriae. Los romanos. Lo hacían con los emperadores malditos.

Lo hizo el Senado con Calígula, con Nerón, con Domiciano.

Y lo hicieron, antes que ellos, los egipcios: borraban de los templos los nombres de los faraones caídos.

Es un castigo que solo puede imponer quien piensa en siglos, primer ministro.

Un hombre que piensa en una legislatura no se preocupa de lo que digan de los demás dentro de cien años.

—¿Y ese joven piensa en siglos?

—Ha dicho que toma la corona de toda Alemania —dijo Vansittart—. Un rey, por definición, piensa en siglos. O al menos en nietos.

Baldwin se quedó callado un rato. Fuera, en Whitehall, pasaba un autobús rojo.

— Testigo inmutable —leyó Baldwin en voz alta, del papel—.

Algo que lo ve todo, que no olvida nada, que no se deja comprar y que no cambia de opinión según quién gane las elecciones.

—Levantó la vista—. Anthony, ¿sabe usted cuál es el último político europeo al que he oído decir en público que estaba bajo la mirada de Dios?

En serio, digo. No en un discurso de Navidad.

Eden negó con la cabeza.

—Yo tampoco —dijo Baldwin. Dejó la pipa—. Y eso, caballeros, me da más miedo que todos sus carros.

* * *

París. Redacción de Le Populaire. 16:00 hrs.

Léon Blum leyó el despacho de la Agence Havas de pie, en la redacción de Le Populaire , el diario socialista que dirigía desde hacía quince años, rodeado de redactores que se habían callado al verlo entrar.

Blum tenía sesenta y tres años. Alto, delgado, encorvado, con bigote gris, quevedos y unas manos largas de pianista que movía mucho al hablar.

Era el jefe del Partido Socialista francés, el hombre que, si las elecciones de primavera salían como decían las encuestas, sería el próximo presidente del Consejo.

Era también judío, y lo sabía cada día de su vida, porque la prensa de la derecha francesa se lo recordaba cada mañana, en cada caricatura, en cada editorial de L’Action française , que pedía, con nombre y apellidos, que alguien le pegara un tiro por la espalda .

Leyó el despacho dos veces. La segunda vez se quitó los quevedos.

— Por vuestras ideas —leyó en voz alta.

Los redactores esperaron.

— Quedáis condenados por vuestras ideas. —Blum dejó el papel sobre la mesa más cercana—. Camaradas, ¿se dan cuenta de lo que acabo de leer?

Nadie contestó.

—Acabo de leer que un rey, porque ese hombre es un rey, o lo será dentro de tres días, ha condenado a diez años de trabajos forzados a Hitler, a Göring, a Himmler y a toda la banda.

Y si me lo hubieran contado hace una semana, me habría puesto de rodillas.

—Blum se volvió a poner los quevedos—. Lo digo en serio.

Durante tres años he visto a esos hombres hacer lo que han hecho con los nuestros: los socialistas alemanes, los sindicalistas, los comunistas, los judíos.

He recibido en esta misma redacción a camaradas que salieron de Dachau con las uñas arrancadas.

He visto las leyes de Núremberg. Y esta mañana, por fin, alguien los ha detenido.

Hizo una pausa.

—Por sus ideas.

Uno de los redactores más jóvenes, un muchacho con gafas que escribía la sección internacional, se atrevió a hablar.

—Pero, camarada Blum, sus ideas son…

—Monstruosas. Sí. Lo sé. —Blum levantó una mano larga—.

Sus ideas son monstruosas. Y ese rey las ha condenado sin juicio, sin defensa, sin procedimiento, porque, según él, la justicia no necesita mímica legal .

Basta con la idea misma de la justicia .

Camarada, ¿y quién decide cuál es la idea misma de la justicia?

El muchacho no contestó.

—Hoy son los nazis —dijo Blum—. Me alegro. Me alegro con toda mi alma. Pero yo soy socialista, y judío, y llevo treinta años en política. Y he aprendido una cosa: cuando un hombre con una corona y un ejército empieza a condenar ideas, la primera lista nunca es la última.

Se dio la vuelta hacia su despacho. En la puerta se detuvo.

—Escriban el editorial —dijo, sin volverse—. Que diga dos cosas. La primera: que Francia y el mundo libre respiran hoy, porque Hitler ya no gobierna Alemania. La segunda: que la libertad de pensamiento no admite excepciones. Ni siquiera para los que la odian. Sobre todo para los que la odian.

Entró en su despacho y cerró la puerta.

Los redactores lo oyeron sentarse. Y luego, durante mucho rato, no lo oyeron hacer nada más.

* * *

Viena. Cancillería federal, Ballhausplatz. 15:30 hrs.

El canciller Kurt von Schuschnigg leyó la transcripción del juicio en su despacho, de pie junto a la ventana, en la misma posición en que la había escuchado el domingo.

Cuando terminó, no dijo nada durante mucho tiempo. Su secretario, que esperaba junto a la puerta, empezó a pensar que el canciller se había olvidado de él.

—Sin ejecuciones —dijo Schuschnigg al fin.

—Sin ejecuciones, señor canciller.

Schuschnigg asintió. Miraba por la ventana, a la Minoritenplatz, a los tejados grises de la ciudad vieja.

—El 25 de julio del 34 —dijo—, ciento cincuenta nazis austríacos disfrazados de soldados entraron en este edificio.

En esta misma cancillería. Fueron a por Dollfuss.

Lo encontraron en la sala de las esquinas, a veinte metros de aquí.

Le dispararon dos veces, en el cuello. Y lo dejaron morir en un sofá, desangrándose, durante tres horas.

No le dejaron ver a un médico. No le dejaron ver a un sacerdote. Pidió un sacerdote. Se lo negaron.

El secretario lo sabía. Todo el mundo en Austria lo sabía.

—Yo era ministro de Justicia —siguió Schuschnigg—.

Y luego fui canciller. Y a los que lo mataron, a Planetta, que fue el que disparó, y a Holzweber, que mandaba el grupo, los juzgamos.

Con un tribunal. Con fiscales, con defensores, con actas.

Con todo el procedimiento. Y los ahorcamos.

Seis días después. En el patio de la Audiencia. Y luego ahorcamos a once más.

Se volvió hacia el secretario.

—¿Sabe usted lo que pensé el día que firmé aquellas sentencias? Pensé que estaba haciendo justicia. Pensé que el procedimiento me protegía. Que, si había tribunal, si había ley, si había todo lo que tenía que haber, entonces no era venganza. Era justicia.

Se acercó a la mesa. Cogió la transcripción. Leyó en voz alta:

— Hoy no voy a hacer ninguna mímica legal de esas que les gustan a las civilizaciones. —La dejó—. Ese hombre lo ha hecho al revés. Sin procedimiento, sin ley, sin nada. Y no ha ahorcado a nadie.

El secretario se atrevió a hablar.

—Señor canciller, Dollfuss era su amigo. Planetta y Holzweber eran asesinos. Merecían…

—Lo sé. Lo sé. —Schuschnigg levantó una mano—. Merecían la horca. La ley lo decía. Y yo la apliqué. Y no me arrepiento. Pero esta tarde, leyendo esto, me he preguntado una cosa que no me había preguntado nunca. Me he preguntado si el procedimiento lo hice para ellos o para mí.

Volvió a la ventana.

—Ese hombre ha condenado a Hitler, que quería tragarse mi país, a picar piedra. Y lo ha hecho en una plaza, mirándole a la cara. —Hizo una pausa—. Yo no me atreví a mirar a la cara a Planetta. Mandé a un subsecretario.

* * *

Washington, D.C. La Casa Blanca. 11:00 hrs, hora local.

El presidente Franklin Delano Roosevelt leyó el cable de la embajada en Berlín en la cama, a las once de la mañana, con el desayuno a medias en una bandeja sobre las rodillas, porque la noche anterior había sido su cumpleaños —cincuenta y cuatro— y se había acostado tarde después de escuchar por la radio los bailes benéficos que se celebraban en todo el país en su honor, para recaudar fondos contra la poliomielitis.

El cable lo firmaba el embajador William Dodd, un profesor de Historia de Carolina del Norte, especialista en el Viejo Sur, que Roosevelt había mandado a Berlín en el 33 precisamente porque no era diplomático, y que llevaba tres años escribiendo a Washington cartas cada vez más desesperadas sobre lo que veía.

Esta era distinta. Era larga, detallada, casi exaltada: Dodd había estado en la Wilhelmplatz.

En la segunda fila del cordón, detrás de un policía de chacó. Lo había visto todo.

Roosevelt la leyó entera, dos veces, mientras se le enfriaba el café.

Luego mandó llamar al secretario de Estado.

Cordell Hull llegó a las once y media. Tenía sesenta y cuatro años, el pelo blanco, la cara larga y triste de un juez de Tennessee —lo había sido— y un ligero ceceo que lo hacía parecer más suave de lo que era. Se sentó junto a la cama. Roosevelt le dio el cable.

—Léelo, Cordell.

Hull lo leyó. Tardó. Era un hombre que leía despacio.

—No me gusta —dijo al fin.

—¿Qué es lo que no te gusta?