Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO IX — Por conveniencia #5
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CAPÍTULO IX — Por conveniencia #5

—El procedimiento. O la falta de él. —Hull dejó el cable sobre la colcha—.

Señor presidente, en este país tenemos una Constitución que dice que nadie será privado de la vida, la libertad o la propiedad sin el debido proceso legal.

Lo que ha hecho ese hombre en Berlín es exactamente lo contrario.

Sin acusación. Sin abogado. Sin jurado. Sin pruebas.

Sin apelación. Ha decidido él solo, en una plaza, y ha condenado.

—A diez años de trabajos forzados.

—A diez años de trabajos forzados, sí.

—A Adolf Hitler.

Hull no contestó enseguida.

—A Adolf Hitler —repitió Roosevelt. Se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz—.

Cordell, tú y yo llevamos tres años recibiendo cartas de Dodd.

Cartas sobre los campos. Cartas sobre los profesores universitarios despedidos, sobre los periódicos cerrados, sobre los judíos a los que no dejan entrar en las piscinas.

Cartas sobre el 30 de junio. Y en tres años no hemos hecho nada.

Nada. Porque no podíamos, porque el Congreso no nos dejaba, porque la gente de este país no quería saber nada de Europa, porque había elecciones.

—Se volvió a poner las gafas—. Y ahora viene un joven que nadie conoce y en cinco días lo resuelve.

Sin debido proceso legal. Y tú me dices que no te gusta.

—No me gusta, señor presidente. Y tampoco me gustaba Hitler.

Roosevelt soltó una carcajada corta, la de los discursos al lado de la chimenea.

—Tienes razón, Cordell. Tienes toda la razón.

A mí tampoco me gusta. —Cogió otra vez el cable—.

Pero escucha esto. Dodd copia las palabras exactas.

Tratar el mundo con respeto ante un testigo inmutable.

Algo que lo ve todo, que no olvida nada, que no se deja comprar y que no cambia de opinión según quién gane las elecciones.

—Dejó el cable—. ¿Sabes lo que me parece?

Me parece un hombre que sabe que tiene más poder del que debería tener ningún hombre, y que está buscando algo que le ponga límite.

Y como no hay Constitución, ni Congreso, ni Corte Suprema, se ha buscado a Dios.

—Eso es lo que dicen todos los reyes, señor presidente.

—Lo que dicen todos los reyes es que Dios les ha dado la corona.

—Roosevelt negó con la cabeza—. Este no ha dicho eso.

Ha dicho que la ha tomado por la fuerza de las armas.

Por la radio, el jueves. No voy a pretender ante vosotros que ha sido por vuestra elección.

Ningún rey dice eso. A Dios no lo usa para justificar la corona, Cordell. Lo usa para que lo vigile.

Hull no dijo nada.

—Quiero que Dodd siga allí —dijo Roosevelt—. Quiero un informe cada día. Y quiero que alguien empiece a preparar una respuesta sobre el reconocimiento. No ahora. No la semana que viene. Pero que alguien empiece a pensarlo.

—¿Reconocimiento de qué, señor presidente? ¿De una monarquía absoluta impuesta por las armas?

Roosevelt miró por la ventana, hacia los jardines nevados de la Casa Blanca.

—De lo que haya allí dentro de seis meses —dijo—. Que me temo que va a ser eso.

* * *

Moscú. El Kremlin. 19:00 hrs, hora de Moscú.

Stalin leyó la transcripción en su despacho, en ruso, con la pipa encendida esta vez, y cuando terminó se la pasó sin decir nada al hombre que estaba sentado al otro lado de la mesa.

Andréi Vyshinski, fiscal general de la Unión Soviética, tenía cincuenta y dos años, el pelo gris cortado al cepillo, gafas redondas y un bigote recortado de profesor de derecho, que era lo que había sido.

Había sido menchevique en su juventud, cosa que nunca dejaba de recordar a nadie porque nadie le dejaba olvidarla.

Era el hombre que, en aquel preciso momento, estaba preparando con Stalin, en secreto, el primero de una serie de juicios que el mundo iba a recordar durante mucho tiempo: el de Zinóviev y Kámenev.

Faltaban siete meses. Las confesiones ya estaban escritas. Faltaba conseguir que las firmaran.

Vyshinski leyó la transcripción con cuidado. Cuando llegó a hoy no voy a hacer ninguna mímica legal , se le enrojecieron las orejas, como a Gamelin el domingo.

Stalin lo vio. No dijo nada.

Vyshinski terminó. Dejó los papeles sobre la mesa. Se ajustó las gafas.

—Es un bárbaro, camarada Stalin —dijo—. Un señor feudal. Desprecia el derecho. Desprecia el procedimiento. Desprecia toda la tradición jurídica de Europa desde los romanos. Ha juzgado a sus enemigos como un cacique georgiano juzga a un ladrón de caballos: delante de la aldea, en la plaza, sin…

Se interrumpió. Demasiado tarde.

Stalin lo miró a través del humo de la pipa. Con aquellos ojos amarillentos, entornados, que no mostraban nada.

—Siga, Andréi Yanuárievich —dijo, en voz baja—. Como un cacique georgiano. Siga.

Vyshinski tragó saliva.

—Quería decir, camarada Stalin, que no ha respetado las formas.

—Las formas. —Stalin dejó la pipa en el cenicero—.

Las formas, sí. Usted es un hombre de formas, Andréi Yanuárievich.

Le gustan las formas. Las actas, las confesiones firmadas, los tribunales con su bandera, sus jueces y su público.

—Hizo una pausa larga—. Y a mí también me gustan.

Porque las formas sirven para algo. Sirven para que el pueblo crea que lo que se hace es justo.

Se levantó. Fue hasta la ventana. Fuera era noche cerrada, y nevaba sobre las cúpulas de las catedrales del Kremlin.

—Ese hombre no necesita las formas —dijo, sin volverse—. Esa es la diferencia, Andréi Yanuárievich. No las necesita porque no tiene que convencer a nadie. Tiene doce divisiones, y la gente lo ha visto, y lo sabe. —Se volvió—. Nosotros sí las necesitamos. ¿Comprende?

—Sí, camarada Stalin.

—No, no lo comprende. —Stalin volvió a la mesa, cogió la transcripción y buscó una línea—. Lea esto. La tercera condena.

Vyshinski leyó en voz alta:

— A vuestra muerte, vuestros nombres serán borrados de todo registro alemán.

—Eso —dijo Stalin— es lo único que me interesa de todo esto.

Vyshinski lo miró sin entender.

Stalin se sentó. Cogió la pipa. La encendió otra vez, despacio, con tres cerillas.