CAPÍTULO IX — Por conveniencia #6
—Matar a un hombre es fácil, Andréi Yanuárievich.
Muy fácil. Lo hemos hecho muchas veces. Pero un hombre muerto deja un nombre.
Y el nombre lo lee alguien. En un libro, en un periódico, en una fotografía.
Y el que lo lee se pregunta. —Echó el humo—.
Ese joven ha entendido que el castigo no es matar a un hombre. Es matar su nombre.
Se quedó callado mucho rato.
—Llame mañana a la sección de fotografía del Pravda —dijo al fin—. Quiero saber cómo se retoca una fotografía. Técnicamente. Cuánto se tarda. Si se nota.
Vyshinski no preguntó para qué.
* * *
Roma. Palazzo Venezia. 17:00 hrs.
Mussolini leyó la transcripción en voz alta, en la Sala del Mappamondo, de pie detrás de su mesa, con el subsecretario Suvich escuchando desde los veinte metros de distancia que el Duce imponía a todos sus visitantes, y cuando terminó la tiró sobre la mesa con un gesto de desprecio.
—Diez años de trabajos forzados —dijo—. Diez años.
—Sí, Duce.
—¡A Hitler! —Mussolini dio la vuelta a la mesa.
Se acercó a Suvich con las manos en las caderas, la mandíbula adelantada, como en el balcón—.
Le tiene en sus manos. Le tiene en una plaza, delante de su ejército, delante del pueblo, sin un solo hombre en Europa dispuesto a mover un dedo por él.
¡Y lo manda a picar piedra! —Se dio un golpe en el pecho—.
Yo lo habría fusilado. Ese mismo día. En esa misma plaza.
Delante de la Cancillería. Y habría dejado el cuerpo allí tres días para que lo vieran.
Suvich llevaba años sin decir nada cuando el Duce hablaba así.
Mussolini se dio la vuelta. Volvió a la mesa. Cogió otra vez la transcripción. La miró.
— Testigo inmutable —leyó. Y luego, más despacio—: Creedme que estoy siendo absolutamente misericordioso.
—Es débil —dijo, pero ya no lo dijo con la misma voz—. O es otra cosa.
Dejó el papel.
—Hay un hombre en esta ciudad —dijo— que va a leer esto esta tarde y que va a entender exactamente lo que es. Mejor que yo. Y eso no me gusta nada.
—¿Quién, Duce?
Mussolini señaló con la barbilla hacia el oeste, hacia el Tíber, hacia la cúpula que no se veía desde la ventana.
—El de enfrente.
* * *
Ciudad del Vaticano. Palacio Apostólico. 18:30 hrs.
El cardenal Eugenio Pacelli, secretario de Estado de Su Santidad, leyó el informe del nuncio en Berlín, monseñor Orsenigo, a las seis y media de la tarde, en su despacho de la tercera logia, con la ventana entreabierta sobre el patio de San Dámaso.
Lo leyó entero, sin levantar la vista, con su cara larga y pálida de asceta y sus gafas redondas de montura metálica.
Pacelli había sido nuncio en Alemania doce años, en Múnich y en Berlín.
Hablaba alemán mejor que italiano, decían algunos en la Curia, con malicia.
Había negociado y firmado, en el 33, el concordato con el Reich de Hitler, y desde entonces había visto cómo el Reich lo violaba, artículo por artículo, mes tras mes, con una paciencia de burócrata.
Cuando terminó el informe, se levantó y fue a ver al Papa.
Pío XI tenía setenta y ocho años. Era un hombre corpulento, de cara ancha, con gafas, alpinista en su juventud, bibliotecario de la Ambrosiana de Milán y de la Vaticana después, de genio fuerte y voz de trueno cuando se enfadaba.
Llevaba meses enfadado con Alemania. Estaba enfermo del corazón y no lo decía.
Recibió a Pacelli en su biblioteca privada, sentado en un sillón junto a la ventana, con una manta sobre las rodillas.
Pacelli le leyó el informe en voz alta. En alemán primero, las palabras exactas, y luego traducidas al italiano.
Cuando llegó a tratar el mundo con respeto ante un testigo inmutable , el Papa levantó una mano.
—Otra vez.
Pacelli lo leyó otra vez.
— Ein unwandelbarer Zeuge —repitió el Papa, en alemán, saboreando las palabras—. Un testigo inmutable. Algo que lo ve todo, que no olvida nada, que no se deja comprar.
—No ha dicho Dios —dijo Pacelli.
—No. —El Papa se quitó las gafas—. No ha hecho falta.
Ese joven ha dicho lo que la Iglesia lleva diecinueve siglos intentando que los reyes entiendan, eminencia.
Que no son ellos los que juzgan. Que juzgan bajo la mirada de Otro.
—Se frotó los ojos—. ¿Sabe cuántos reyes cristianos he conocido que lo creyeran de verdad?
Pacelli no contestó.
—Yo tampoco —dijo el Papa.
Pacelli siguió leyendo. Las tres condenas. Misericordioso.
El Papa escuchó con los ojos cerrados.
—Quiero saber quién es —dijo cuando Pacelli terminó—. Su familia, su fe, si está bautizado. Orsenigo tiene que averiguarlo antes de la coronación. —Abrió los ojos—. Y quiero saber, sobre todo, quién lo va a coronar.
—Santidad, no creo que…
—No creo que nos lo pida a nosotros, eminencia.
No. Un hombre que dice que ha tomado la corona por la fuerza de las armas no va a pedírsela a un obispo.
—Pío XI se volvió a poner las gafas—. Pero quiero saber quién se la pone.
Porque el que se la pone le dirá algo. Y lo que le diga será lo que ese hombre quiera que el mundo oiga.
Miró por la ventana, hacia la cúpula de San Pedro, que empezaba a perderse en el crepúsculo.
—Y rece, eminencia —dijo—. Rece por él. Un hombre que sabe que tiene un testigo puede ser un santo o puede ser un tirano. Y casi siempre empieza siendo las dos cosas.