Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO X — Rex et Imperator
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CAPÍTULO X — Rex et Imperator

Aeródromo de Tempelhof.

Esa mañana me desperté antes que nadie, y por primera vez desde que había llegado a aquel mundo no tuve frío.

No sé por qué. El hornillo de la tienda se había apagado durante la noche, como todas las noches, y la escarcha había vuelto a cubrir por dentro la lona del techo con su costra de cristalitos.

Fuera, cuando aparté la cortina de la entrada, el termómetro que Kessel había colgado de un poste marcaba nueve bajo cero.

Pero no tuve frío. Me quedé de pie en la entrada, con el capote gris sobre los hombros, mirando el campo de aviación todavía a oscuras, y lo que sentí no fue frío.

Fue una quietud. Como la que hay en una casa cuando todos duermen y uno es el único despierto y sabe que dentro de un rato la casa se llenará de ruido.

Ese lunes no iba a ser cualquiera.

No había preparado nada. Esa era la verdad, y me la dije a mí mismo de pie en la entrada de la tienda, con el aliento convertido en humo.

No había preparado la ceremonia. No había escrito ningún texto.

No había diseñado la corona ni elegido quién me la pondría ni qué me diría.

Lo único que había hecho, la noche del jueves, después de la emisión, había sido llamar a Hollenbach y decirle:

—Herr General. El lunes, a mediodía, en la Puerta de Brandeburgo. Que el Königliches Heer me corone. Como el Königliches Heer considere.

Hollenbach me había mirado un momento.

—¿Como el Königliches Heer considere, Majestad?

—Como el Königliches Heer considere.

—¿Vuestra Majestad no desea conocer el ceremonial?

—No.

Hollenbach había asentido y había dicho a sus órdenes , y no había vuelto a hablarme del asunto en cuatro días.

Yo sabía que el estado mayor de la división se había reunido varias veces.

Sabía que Kessel había pedido materiales y que Raabe había ido dos veces a la Puerta de Brandeburgo con una cinta métrica.

Sabía que un capitán al que no conocía había pasado tres noches sin dormir. Y no había preguntado nada.

Lo había decidido así desde el principio, y tenía mis razones, aunque no se las había dicho a nadie.

La corona la había tomado yo. Por la fuerza.

Lo había dicho por la radio y no me desdecía.

Pero ponérmela en la cabeza no podía hacerlo yo.

Napoleón lo había hecho: en Notre-Dame, en 1804, le quitó la corona de las manos al Papa y se la puso él mismo, y el gesto había quedado para siempre en un cuadro de David que media Francia admiraba y la otra media no perdonaba.

Un hombre que se corona a sí mismo no responde ante nadie. Lo dice con las manos.

Yo no quería decir eso.

Y tampoco podía pedírsela a un obispo. No creía en el derecho divino de los reyes, y no iba a fingir que creía. La corona no me la había dado Dios. Me la habían dado las armas. Lo había dicho, y era verdad.

Así que tenía que ponérmela quien me la había dado.

El Königliches Heer.

Y, si el Ejército me coronaba, el Ejército tenía que decidir cómo. Si yo le dictaba el ceremonial, no sería el Ejército el que me coronara. Sería yo, otra vez, coronándome a mí mismo a través de ellos, como un ventrílocuo.

Por eso no había preguntado.

Me quedé un rato más en la entrada de la tienda, mirando cómo el cielo empezaba a clarear por el este, sobre Neukölln.

Luego volví a entrar y me lavé la cara con el agua helada de la palangana, y me afeité, despacio, con la navaja, mirándome en el trozo de espejo que colgaba de un clavo en el poste.

Tenía la cara de siempre. La de mi otra vida. Más cansada.

No me reconocí del todo.

* * *

Pariser Platz. 11:20 hrs.

La Puerta de Brandeburgo es más pequeña de lo que uno cree.

Me pasó con ella lo mismo que con la Wilhelmplatz.

Toda la vida la había visto en fotografías, en noticiarios, en documentales: desde arriba, desde lejos, con multitudes alrededor, con antorchas, con tanques soviéticos, con el Muro, con gente bailando encima en noviembre del 89. Siempre era enorme en las fotografías.

En la realidad, de cerca, es un pórtico de piedra arenisca, gris, ennegrecido por el hollín de cien años de carbón berlinés.

Doce columnas dóricas en dos filas, cinco pasos entre ellas.

Veintiséis metros de alto. Y arriba, en lo alto del ático, la cuadriga: cuatro caballos de cobre verdoso tirando de un carro, y en el carro una mujer alada con una lanza en la mano.

La Victoria. Napoleón se la había llevado a París en 1806 como trofeo; los prusianos la habían recuperado en 1814 y le habían añadido, en la punta de la lanza, una corona de laurel con una cruz de hierro dentro.

Desde entonces miraba hacia el este, hacia la ciudad, hacia el palacio de los reyes.

Me quedé un momento mirándola desde abajo.

Pensé que en noviembre del 18 habían pasado por debajo los marineros amotinados con banderas rojas.

Que en enero del 33 habían pasado por debajo veinte mil antorchas.

Que en mayo del 45 un soldado ruso subiría hasta allí arriba y clavaría otra bandera roja junto a los caballos, y que la metralla dejaría de los cuatro caballos apenas una cabeza.

No iba a pasar. Ya no.

Hollenbach estaba a mi lado.

—Majestad. Le muestro la disposición, si lo desea.

Asentí.

Me la mostró caminando por el centro de la plaza. Y mientras me la mostraba, por primera vez en cuatro días, vi lo que el Königliches Heer había preparado.

No había nada.

Quiero decir: no había nada de lo que uno espera en una coronación. No había estrado. No había trono. No había dosel, ni alfombra roja, ni tapices, ni banderas colgando de las columnas, ni guirnaldas, ni águilas doradas, ni tribunas para los invitados. No había órgano ni coro. No había altar.

Había la Puerta de Brandeburgo, desnuda, con sus columnas grises.

Y debajo de ella, en el paso central —el más ancho, el que en tiempos del Káiser solo podían usar la familia real y los embajadores—, una franja de adoquines limpios, barridos esa misma mañana, sin una mota de nieve, de unos cinco metros por cinco.

Nada más.

—Vuestra Majestad estará aquí —dijo Hollenbach, deteniéndose en el centro de la franja—. De cara al este. Hacia la ciudad.

Miré hacia donde decía. Por el hueco de las columnas se veía toda la Pariser Platz, cuadrada, rodeada de palacios, y más allá, en línea recta, el principio de Unter den Linden: la avenida de los tilos, ancha, larga, con sus dos hileras de árboles desnudos, que se perdía hacia el este, hacia la Ópera, hacia la Universidad, hacia el Arsenal, hacia el Palacio Real, cuya cúpula verde se adivinaba al fondo, a kilómetro y medio, entre la neblina de la mañana.

—¿Y la tropa?

Hollenbach me lo explicó.

La 1. Sturmdivision estaba formada a lo largo de Unter den Linden.

No toda: doce mil hombres no caben en una avenida.

Un batallón por cada regimiento, cuatro batallones en total, con sus banderas, en dos filas, a ambos lados de la calzada, desde la Pariser Platz hasta la Ópera, de cara al centro.

Un pasillo de hombres grises de un kilómetro de largo.

Y detrás de ellos, en las aceras, entre los troncos de los tilos, el pueblo.

—¿Cuántos? —pregunté.

—No lo sabemos, Majestad. La gente ha empezado a llegar a las siete. No la hemos convocado. A las diez había unas cincuenta mil personas entre la Pariser Platz y la Ópera. Ahora, el Oberst Harnisch calcula que más de cien mil. Siguen llegando por las calles laterales.

—¿Y los carros?

—No hay carros, Majestad.

Lo miré.

—Ni un carro —dijo Hollenbach—. Ni un cañón. Ni un vehículo blindado. Las tropas de la avenida llevan el fusil, sin bayoneta. Los oficiales, el sable. Es todo. El estado mayor lo decidió así. Lo que hay que ver hoy, Majestad, ya lo ha visto todo el mundo. No hace falta volver a enseñarlo.

Comprendí. Feßmann me lo habría dicho con otras palabras, si me hubiera atrevido a preguntarle.

—¿Los generales?

—Allí, Majestad.

Señaló a la izquierda, al lado norte del paso central, debajo de las columnas. Doce sillas de madera, sencillas, de las del comedor de la tropa, en una sola fila, contra la piedra. Vacías todavía.

—Doce —dije.

—Los once, Majestad, y yo. —Hollenbach no cambió de expresión—. Si Vuestra Majestad lo permite, yo no me sentaré. Pero la silla estará.

—¿Y los demás?

—Los representantes extranjeros, en la escalinata de la embajada de Francia, Majestad.

Allí. —Señaló a la derecha de la plaza, a un palacio de piedra clara con la bandera tricolor colgando lacia del mástil—.

Y en la terraza del hotel Adlon, enfrente.

Los hemos invitado a todos por escrito, a través del Auswärtiges Amt.

—¿La prensa?

—En el tejado del Adlon, Majestad. Con sus cámaras. Corresponsales de todo el mundo. Los noticiarios han traído tres cámaras de cine.

—¿Y la radio?

—Fenske ha montado micrófonos en las columnas. La ceremonia se emitirá en directo por la frecuencia de la Deutschlandsender. Y por otras veinte emisoras europeas que lo han pedido.

Asentí.

Miré otra vez la franja de adoquines limpios bajo el paso central de la Puerta. Cinco metros por cinco. Desnuda.

—¿Y la corona?

Hollenbach tardó un momento en contestar.

—La traerá el Hauptmann Krauz, Majestad. Al mediodía.

—¿Quién es el Hauptmann Krauz?

—El jefe de la Sicherungskomponente des Taktischen Bataillons des Divisionsstabes, Majestad. Del Sicherheitskorps. La escolta del estado mayor de la división. El que monta guardia en la tienda de Vuestra Majestad todas las noches.

Me quedé callado.

Conocía su cara. No sabía su nombre. Un capitán de unos treinta y tantos años, de estatura media, de cara ancha y corriente, con un bigote castaño, que estaba siempre en la entrada de la tienda cuando yo salía de noche a mirar el campo, y que se cuadraba sin decir nada, y que nunca me había hablado.

Lo había visto cada noche, durante una semana, y nunca le había preguntado el nombre.

—¿Por qué él? —pregunté.