Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO X — Rex et Imperator #2
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CAPÍTULO X — Rex et Imperator #2

—Porque no es un general, Majestad —dijo Hollenbach—.

El estado mayor lo discutió dos noches. Si Vuestra Majestad recibía la corona de un general, la recibía de un mando.

Del estado mayor. De la cúpula. —Hizo una pausa—.

El estado mayor consideró que el Königliches Heer no es su cúpula.

Es el capitán que monta guardia por la noche en la puerta.

—¿Algo más, Majestad?

—No, Herr General. Nada más.

Hollenbach se cuadró y se retiró a su sitio, junto a las doce sillas.

Me quedé solo en el paso central de la Puerta de Brandeburgo, con la Victoria de cobre encima de mí, mirando por el hueco de las columnas una avenida de un kilómetro bordeada de soldados grises y de cien mil personas en silencio.

Faltaban cuarenta minutos.

* * *

11:45 hrs.

Los doce llegaron a las doce menos cuarto y se sentaron en las sillas. Todos menos Hollenbach, que se quedó de pie junto a la suya, la última de la fila, la más cercana a mí.

Los miré desde mi sitio. Estaban a diez metros, a mi izquierda, contra las columnas, en la sombra.

Blomberg, el primero. Con el uniforme de gala, el gris claro de los generales prusianos con las solapas rojas, el fajín plateado, la gorra recta, y en el pecho todas sus condecoraciones de la otra guerra.

Pero sin el águila con la esvástica. Se la había quitado.

Se veían en la guerrera los cuatro agujeritos de la costura, donde había estado.

Lo mismo Fritsch. Lo mismo Beck. Lo mismo todos.

Doce guerreras sin águila. Nadie se lo había ordenado. Nadie del Königliches Heer se lo había pedido. Lo vi y no dije nada, y me di cuenta de que se me había hecho un nudo en la garganta, y me lo tragué.

Raeder y Dönitz, de azul, al final de la fila, con los sables de gala atravesados sobre las rodillas. Raeder rígido. Dönitz con los ojos claros moviéndose sin parar, mirándolo todo: la Puerta, la plaza, la avenida, la gente, a mí.

Leeb, con las manos juntas en el regazo. Sabía, sin necesidad de verlo, que tenía el rosario entre los dedos.

Bock, el más alto, sentado muy recto, con la cara larga sin expresión. Mirando la avenida. Calculando.

Guderian, que no podía estarse quieto y movía el pie derecho.

Feßmann, con un sobre de papel manila bajo la guerrera, que se le marcaba en el pecho.

Weichs, con sus botas de montar.

Rundstedt, con la gorra exactamente horizontal.

Y Beck. Beck me miraba. Era el único de los doce que me miraba directamente, sin apartar los ojos, con la cara seria y algo en ella que no supe leer.

Lo había visto así una vez, el domingo, en la orilla del canal, cuando bajé del coche y fui hacia él, con la guerrera recién abotonada y muy derecho.

No le había preguntado nunca qué había pensado aquel día. No se lo preguntaría.

A la derecha, en la escalinata de la embajada francesa, los diplomáticos.

André François-Poncet, el embajador de Francia, en el escalón más alto de su propia casa, con el abrigo negro y el sombrero de copa en la mano, el bigote fino y la cara inteligente y burlona de un hombre que había visto ya todo lo que se podía ver en Berlín y que acababa de descubrir que no.

A su lado, sir Eric Phipps, el embajador británico, alto, pálido, con el monóculo.

William Dodd, el americano, pequeño, encorvado, con gafas, que parecía lo que era: un profesor de historia que se había equivocado de siglo.

Monseñor Orsenigo, el nuncio, con la sotana negra y la faja morada debajo de un abrigo, las manos juntas sobre el vientre.

El italiano. El polaco. El checo. El belga.

El holandés. El soviético, solo, en el escalón más bajo, con un abrigo gris de cuello de astracán, sin hablar con nadie.

En la terraza del Adlon, la prensa. Las cámaras de cine sobre sus trípodes, con los operadores agachados detrás, dando vueltas a las manivelas. Los fotógrafos con sus Leicas y sus Rolleiflex. Los corresponsales con los cuadernos abiertos, las manos con guantes, los lápices preparados.

Y delante, por el hueco de las columnas, la avenida.

Los soldados grises en sus dos filas, inmóviles. Y detrás, el pueblo.

No se oía nada. Cien mil personas, quizá más, y no se oía nada.

Ni un grito, ni una canción, ni un viva.

Solo, de vez en cuando, una tos. El llanto de un niño, en algún sitio lejano, que alguien hacía callar.

El roce de los pies sobre los adoquines helados.

Y, por encima de todo, el viento, que bajaba del este por la avenida y movía apenas las ramas desnudas de los tilos y las banderas de los batallones.

Las banderas. Cuatro. Una por regimiento. Grises, con el escudo de la torre almenada y la llave púrpura en el centro. Colgaban de sus astas sin moverse casi, demasiado pesadas para aquel viento.

Miré el reloj del Adlon, en la fachada, encima de la puerta.

Las doce menos dos minutos.

* * *

12:00 hrs.

A las doce en punto, en algún sitio de la ciudad, un campanario dio las doce.

No fue a propósito. No lo había preparado nadie.

Era la iglesia de Santa Eduvigis, la catedral católica, detrás de la Ópera, que daba las doce todos los días.

Pero aquel día, en aquel silencio, las campanadas bajaron por Unter den Linden como si las hubieran encargado. Una. Dos. Tres. Las conté. Doce.

Cuando sonó la última, la vi.

Venía por el centro de la avenida. Desde el este. Desde la Ópera. Por el pasillo vacío que dejaban las dos filas de soldados grises, sobre los adoquines limpios, a pie.

Eran cinco hombres.

Delante, uno solo. Detrás, cuatro, en dos parejas.

Los cuatro de atrás llevaban el fusil al hombro, sin bayoneta, y el casco gris.

El de delante no llevaba fusil. Llevaba las manos delante del cuerpo, a la altura del pecho, y en las manos un cojín.

Un cojín de tela gris, sencillo, sin borlas, sin bordados, del tamaño de una bandeja pequeña.

Y sobre el cojín, algo que desde allí no se distinguía. Un brillo pequeño.

Tardaron mucho en llegar. Un kilómetro, a paso lento, a paso de procesión. Diez minutos. Quizá más. No lo sé. Perdí la cuenta del tiempo.

A su paso, la avenida no hacía nada. Los soldados de las filas no se movían; no presentaban armas, no se cuadraban, no giraban la cabeza. Estaban ya cuadrados. Llevaban media hora cuadrados. Los cinco hombres pasaban entre ellos como se pasa entre los árboles de un bosque.

Pero el pueblo sí se movía.

Lo vi llegar como una ola, desde lejos. A medida que los cinco hombres avanzaban por la avenida, la gente de las aceras, detrás de los soldados, se iba inclinando hacia delante para verlos pasar, y luego, cuando habían pasado, se quedaba mirando cómo se alejaban hacia la Puerta.

Y, después de que pasaran, en cada tramo, algo cambiaba.

No sé explicarlo mejor. La gente seguía callada, pero era otro silencio.

Unos hombres se quitaban el sombrero. Una mujer se santiguaba.

Un viejo con muletas, en la esquina de la Friedrichstraße, se puso firme, apoyado en las muletas, como un soldado.

Cuando los cinco hombres entraron en la Pariser Platz, el silencio era tan grande que oí el roce de sus botas contra los adoquines desde treinta metros.

Se detuvieron a cinco pasos de mí, al borde de la franja limpia.

Los cuatro de atrás se apartaron, dos a cada lado, y se quedaron en posición de firmes, con el fusil al hombro, de cara a la plaza.

El de delante se quedó solo, frente a mí.

Era él. El capitán de la puerta de la tienda. La cara ancha y corriente, el bigote castaño, los ojos marrones, tranquilos. El capote gris de la tropa, el escudo de la llave púrpura en la manga, en el cuello las insignias de Hauptmann, y debajo del capote, en el pecho, nada. Ni una condecoración.

Llevaba en las manos el cojín gris. Y sobre el cojín, la corona.

La vi entonces por primera vez.

* * *

Era una banda de hierro.

Hierro. No oro, no plata, no bronce dorado. Hierro forjado, oscuro, con la superficie mate, sin pulir, en la que se veían todavía las marcas del martillo. De un dedo de ancho, quizá algo más. Redonda, cerrada, del tamaño exacto de una cabeza.

Y en el borde superior, tres puntas. Tres.

No ocho, como las coronas imperiales, ni cinco, ni las flores de lis ni las cruces ni los arcos de las coronas de los reyes.

Tres puntas sencillas, triangulares, forjadas en la misma pieza que la banda, una delante y dos a los lados, de un palmo de alto.

Y en la punta de cada una, una esfera de cristal transparente, del tamaño de una cereza, como una perla.

Como una gota de agua congelada en el aire.

Nada más. Ni una piedra preciosa, ni un esmalte, ni un grabado, ni una inscripción.

La miré y supe, sin que nadie me lo dijera, que la habían forjado allí, en la fragua de campaña de los Pioniere de Raabe, en el aeródromo, en los últimos cuatro días. Con hierro de la división. Quizá de un raíl. Quizá de un carro averiado. Quizá de un clavo.

Pensé en la Corona de Hierro de Lombardía, la que se decía que tenía dentro un clavo de la cruz de Cristo, la que se habían puesto los reyes de Italia durante mil años y Napoleón en Milán.

Pero aquella era de oro por fuera, con esmaltes y piedras, y el hierro estaba escondido dentro.

Esta era al revés. Esta era solo hierro.

El Hauptmann Krauz levantó la corona del cojín con las dos manos.

Uno de los soldados de detrás se adelantó y le cogió el cojín, y volvió a su sitio.

Krauz se quedó frente a mí con la corona en alto, a la altura del pecho, sostenida con las dos manos, una a cada lado. Me miró a los ojos. Y habló.

* * *

No gritó. No le hizo falta. Los micrófonos de Fenske, escondidos en las columnas, recogieron su voz y la sacaron por los altavoces de la plaza y de la avenida, y por veinte emisoras de radio, a media Europa.

Pero aunque no hubiera habido micrófonos lo habrían oído.

Tenía una voz de suboficial antiguo, de las que se forman dando órdenes en patios de cuartel con viento: grave, clara, sin adornos.