Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO X — Rex et Imperator #3
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CAPÍTULO X — Rex et Imperator #3

— Yo, el Hauptmann Krauz —dijo—, por vuestra orden y por acuerdo del Königliches Heer, os corono como

Hizo una pausa. Una sola. Breve.

— REX ET IMPERATOR.

Lo dijo en latín. Las dos palabras. Despacio, separándolas. Rex. Et. Imperator.

Y sentí algo en la espalda que no había sentido en toda la semana. Ni al aparecer en el campo helado, ni al traer a la primera división, ni en la radio, ni en la plaza del juicio. Algo que me subió desde los riñones hasta la nuca como una corriente.

Imperator.

No Kaiser . No emperador en el sentido de los Habsburgo o de los Hohenzollern, de los Napoleones o de los zares.

Imperator en latín, en su sentido viejo, el primero, el romano: el título que los legionarios daban a gritos a su general en el campo de batalla, después de una victoria, levantándolo sobre los escudos.

No era un rango. No era una herencia. Era una aclamación.

Lo daba la tropa. Solo la tropa podía darlo.

Un general romano no podía llamarse a sí mismo imperator : tenía que oírselo gritar a sus soldados.

Eso era lo que estaba haciendo aquel capitán. No me estaba coronando. Me estaba aclamando. En nombre de doce mil hombres. En nombre de setenta y dos mil más en las fronteras. En nombre del ejército que yo había traído de la nada y que, por primera vez, me decía algo que no era a sus órdenes .

— para que guieis a este pueblo a la paz perpetua —siguió Krauz—, por medio de las armas si fuera necesario, mas no preferido.

Mas no preferido. Las armas como medio, no como fin. Las armas si fuera necesario. Lo dijo mirándome a los ojos, y entendí que no era una fórmula. Era una condición.

— Que la sencillez y la pobreza de esta corona de metales innobles os recuerden, Majestad, que sois mortal.

Krauz no bajó los ojos. Ni un momento.

— Que está establecido que los hombres mueran una sola vez, y luego el juicio.

Hebreos, nueve, veintisiete. Lo reconocí, porque en mi otra vida lo había leído, alguna vez, en algún sitio. Y vi, por el rabillo del ojo, a mi izquierda, en la fila de las sillas, a Raeder cerrar los ojos.

Y luego el juicio. Tres días antes, en la Wilhelmplatz, yo había juzgado a seis hombres y les había dicho que estaban bajo un testigo inmutable. Y ahora un capitán, delante de cien mil personas, me decía que yo también. Que a mí también me esperaba. Que no había corona que me librara.

— Que esta corona os recuerde que sois polvo, y que al polvo volveréis.

Génesis. La frase del Miércoles de Ceniza. La que dice el sacerdote mientras te pone la ceniza en la frente con el pulgar. Memento, homo, quia pulvis es. Recuerda, hombre, que eres polvo.

Y pensé en los generales romanos. En los triunfos.

Cuando un general victorioso entraba en Roma en su carro, con la corona de laurel, vestido de púrpura, con la cara pintada de rojo como la estatua de Júpiter, aclamado por la ciudad entera, detrás de él, en el mismo carro, iba de pie un esclavo.

Y el esclavo sostenía la corona de laurel sobre la cabeza del general y, durante todo el desfile, por encima de los gritos de la multitud, le iba susurrando al oído: Respice post te.

Hominem te esse memento. Mira detrás de ti. Recuerda que eres un hombre.

Aquel capitán era mi esclavo del triunfo.

Solo que no me lo susurraba. Me lo decía en voz alta. Delante de todos. Por la radio. A media Europa.

— Y que esta corona os recuerde —dijo Krauz, y aquí, por primera vez, levantó un poco la voz— que el hierro ha sido quien os ha dado el trono, y que gobernáis por medio de él.

El hierro.

Eisen und Blut. Bismarck, en 1862, ante la comisión de presupuestos del Parlamento prusiano: las grandes cuestiones de nuestro tiempo no se deciden con discursos ni con votaciones de mayorías, sino con hierro y sangre.

Lo había dicho para justificar un ejército.

Lo habían repetido durante setenta años para justificarlo todo.

Krauz había dicho hierro . No había dicho sangre .

Lo pensé un segundo, y supe que lo habían pensado ellos también. El estado mayor. Las dos noches de discusión. Habían quitado la sangre. Habían dejado el hierro.

Krauz se volvió.

No del todo. Solo la cabeza y los hombros.

Sin soltar la corona. Se volvió hacia la plaza.

Hacia la escalinata de la embajada francesa, donde estaban los diplomáticos.

Hacia la terraza del Adlon, donde estaban las cámaras.

Hacia las doce sillas contra las columnas, donde estaban los generales.

Y, por el hueco de la Puerta, hacia la avenida, hacia los soldados, hacia los cien mil.

— Esto último —dijo, y su voz llenó la plaza— que lo recuerden también quienes lo ven.

Nadie se movió.

Vi a François-Poncet, en la escalinata de su embajada, bajar el sombrero de copa que tenía en la mano, como si de pronto le pesara.

Vi a Phipps quitarse el monóculo. Vi al soviético, en el escalón más bajo, levantar por primera vez la cabeza.

Vi a Dodd, el profesor, con la boca un poco abierta, y al nuncio Orsenigo, con las manos juntas, mover los labios.

Vi a Bock, en su silla, con la cara larga sin expresión. Pero los ojos ya no estaban en la avenida. Estaban en el hierro.

Vi a Guderian, que había dejado de mover el pie.

Vi a Beck. Seguía mirándome a mí.

Krauz volvió a girarse hacia mí.

Dio un paso. El último. Levantó la corona con las dos manos, por encima de mi cabeza.

Y me la puso.

* * *

Estaba fría.

Es lo primero que recuerdo. Antes que el peso, antes que nada.

El frío. Nueve bajo cero aquella mañana, y la corona había pasado media hora sobre un cojín al aire libre, recorriendo un kilómetro de avenida.

El hierro estaba helado. Me tocó la frente, las sienes, la nuca, y fue como si me pusieran un aro de hielo.

Luego, el peso. No era mucho. Un kilo, quizá algo más. Pero se notaba. Se asentó sobre mi cabeza, despacio, encontrando su sitio, y se quedó.

Krauz retiró las manos.

Retrocedió un paso. Se cuadró. El taconazo sonó en los adoquines, bajo la bóveda del paso central, y volvió de las columnas multiplicado.

Y luego levantó la mano derecha a la sien, en el saludo militar, y dijo, con la misma voz grave y clara, no más alta que antes:

— Salve, Majestad.

* * *

No dije nada.

Lo había decidido. No iba a hablar. No había nada que pudiera decir que mejorara lo que aquel capitán acababa de decir.

Cualquier palabra mía, cualquier discurso, cualquier agradecimiento, habría sido ruido encima de aquello.

Habría sido el general romano dándose la vuelta en el carro para discutir con el esclavo.

Así que me quedé quieto. De pie. Con la corona de hierro en la cabeza, helada, y el capote gris sin divisas sobre los hombros, en el paso central de la Puerta de Brandeburgo, de cara al este, a la avenida, a la ciudad.

Y durante un segundo, no pasó nada.

Un segundo entero. Dos. Tres. El silencio de antes, intacto, sobre la plaza y sobre la avenida. Como si cien mil personas estuvieran conteniendo la respiración a la vez y nadie se atreviera a ser el primero en soltarla.

Entonces, desde la avenida, desde el primer batallón formado en la Pariser Platz, llegó una voz.

Una sola. La de un sargento, creo. Una voz ronca, de fumador, que gritó, no con palabras sino con lo que hay debajo de las palabras:

— ¡Hurra!

Y el batallón contestó.

— ¡HURRA!

Seiscientos hombres a la vez. Una sola voz, enorme, que rebotó contra los palacios de la plaza y contra las columnas de la Puerta y me golpeó en el pecho como el disparo de un cañón.

Y el segundo batallón, más allá, en la avenida, lo recogió:

— ¡HURRA!

Y el tercero. Y el cuarto. La ola corrió avenida abajo, de batallón en batallón, hacia el este, hacia la Ópera, alejándose, como un trueno que se va, cada vez más lejos, cada vez más grande, mientras detrás de ella el primero volvía a empezar:

— ¡HURRA!

Tres veces. El triple Hurra prusiano. El de las revistas en el Tempelhofer Feld, en tiempos del Káiser, cuando aquel mismo aeródromo donde yo había dormido una semana era un campo de maniobras y el emperador pasaba a caballo delante de los regimientos.

El que los viejos de la avenida no habían oído en dieciocho años.

Y entonces el pueblo.