CAPÍTULO X — Rex et Imperator #4
No sé quién empezó. No lo vi. Fue en algún sitio de la avenida, entre los tilos, detrás de los soldados.
Una voz de hombre, y otra de mujer, y otra.
No gritaban hurra . No gritaban nada que yo entendiera.
Gritaban. Y luego aplaudían. Y luego no se sabía qué hacían, porque el ruido llegó a la Puerta como llega el mar a una playa, de golpe, sin forma, y lo cubrió todo.
No eran todos. Lo vi. Lo vi con toda claridad, desde mi sitio, por el hueco de las columnas.
Había gente que gritaba y aplaudía y lloraba.
Y había gente que no. Gente quieta, con las manos en los bolsillos, con la cara cerrada, mirando.
Una mujer en la primera fila, cerca de la Pariser Platz, con un niño en brazos, que no aplaudía ni gritaba ni hacía nada, solo miraba hacia la Puerta con una expresión que no supe si era miedo, o esperanza, o simplemente cansancio.
Un hombre joven con una gorra de obrero que se dio la vuelta y se fue, abriéndose paso entre la multitud, sin mirar atrás.
Dos muchachos con el uniforme de las Juventudes Hitlerianas todavía puesto bajo el abrigo, que se miraban entre ellos sin saber qué hacer, y que al final, uno de ellos primero y luego el otro, levantaron la mano y aplaudieron, con torpeza, como quien aprende un baile nuevo.
No todos. No era por su elección. No era con su beneplácito. Lo había dicho yo mismo, por la radio, cuatro días antes.
Pero estaban allí.
* * *
A mi izquierda, los doce se habían puesto de pie.
No sé en qué momento. No los vi levantarse. Cuando los miré, estaban de pie delante de sus sillas, en fila, contra las columnas grises.
Blomberg, con la cara gris y los ojos húmedos.
Fritsch, con el monóculo, inmóvil, la mano derecha en la visera de la gorra.
Rundstedt, saludando, recto como un bastón.
Leeb, con la mano izquierda cerrada sobre el pecho, sobre algo que tenía debajo de la guerrera, y la derecha en la visera.
Bock, saludando, muy alto, muy recto, con los ojos fijos en el hierro de mi cabeza.
Weichs. Feßmann. Guderian, con la cara roja. Raeder, con los ojos todavía cerrados y la mano en la visera. Dönitz, mirando a Raeder y luego a mí, y luego saludando también.
Y Beck.
Beck fue el último en levantar la mano. Tardó. Lo vi tardar. Lo vi de pie, con los brazos a los costados, mirándome, durante un segundo, dos, tres, mientras los demás ya saludaban. Lo vi pensar. Y luego lo vi levantar la mano derecha, despacio, hasta la visera.
No era el juramento. No me habían jurado nada. Nadie se lo había pedido todavía, y yo no se lo pediría ese día. Era un saludo. Un saludo militar a un hombre con una corona de hierro en la cabeza.
Pero lo hicieron los doce.
Y Hollenbach, el último de la fila, el que no se había sentado, el que había estado de pie una semana entera a un paso detrás de mí y a la derecha: Hollenbach no saludaba.
Estaba en posición de firmes, con los brazos pegados al cuerpo y la barbilla alta.
Y le corrían lágrimas por la cara. Sin hacer ruido. Sin moverse. Sin secárselas.
* * *
No sé cuánto duró.
Cinco minutos. Diez. El ruido de la avenida subía y bajaba, como el mar, sin terminar de apagarse. Las cámaras de cine, en la terraza del Adlon, seguían rodando. Los fotógrafos disparaban sus Leicas. Los corresponsales escribían sin mirar el cuaderno.
Yo no me moví.
Me quedé de pie, con la corona de hierro, de cara al este.
Mirando la avenida. Mirando más allá de la avenida.
Más allá de la Ópera y de la Universidad y del Arsenal, hasta la cúpula verde del palacio de los reyes de Prusia, al fondo, entre la neblina.
Más allá todavía. Hacia el este. Hacia donde estaba Polonia, y más allá la Unión Soviética, y más allá el resto del mundo.
Hacia donde, en mi otra historia, se iban a abrir los barrancos y los bosques y los pueblos sin nombre que yo me sabía de memoria.
No se iban a abrir.
La corona seguía fría. No se había calentado. El hierro tarda en tomar la temperatura del cuerpo, y aquel hierro había estado a nueve bajo cero. Lo sentía contra la frente, contra las sienes, contra la nuca: un aro de frío que no se iba.
Que sois mortal.
Que sois polvo.
Que el hierro os ha dado el trono.
Pensé que estaba bien así. Que era bueno que estuviera fría. Que ojalá no se calentara nunca.
El Hauptmann Krauz seguía delante de mí, a un paso, con la mano en la sien, sin bajarla. No la bajaría hasta que yo me moviera. Lo sabía. Podía quedarme allí una hora, y él se quedaría allí una hora con la mano en la sien.
Lo miré. Me miró. Con aquellos ojos marrones, tranquilos, de capitán de guardia.
Y no le dije nada. Porque no había nada que decir. Porque él ya lo había dicho todo. Por mí. Y por todos los que lo estaban viendo.
Asentí. Una vez. Despacio.
Krauz bajó la mano.
Y yo, Konrad, primero de mi nombre, Rex et Imperator , con una corona de hierro forjada en cuatro días en una fragua de campaña sobre la cabeza, me di la vuelta, y bajo la mirada de la Victoria de cobre, que miraba hacia el este como había mirado durante ciento cincuenta años, eché a andar hacia la sombra de las columnas, en silencio.