Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XI — Lo que vieron
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CAPÍTULO XI — Lo que vieron

Tempelhof.

Me quité la corona en el coche.

No lo había pensado. Al sentarme en el asiento trasero del vehículo de mando, detrás de la Puerta de Brandeburgo, en la Charlottenburger Chaussee, donde nadie miraba, el borde de hierro tropezó con la lona del toldo y me la desplazó hacia atrás, y la sujeté con la mano para que no se cayera.

Y cuando la tuve en la mano, ya no me la volví a poner.

La llevé sobre las rodillas durante todo el camino.

Por el Tiergarten, desnudo y gris. Por el puente del Landwehrkanal, donde una semana antes había bajado del coche para encontrarme con Beck.

Por las calles de Kreuzberg, donde la gente que volvía de Unter den Linden se paraba en las aceras al ver pasar el coche y se quedaba mirando.

Algunos se quitaban el sombrero. Una mujer levantó la mano.

Un hombre escupió en el suelo. Lo vi por el cristal. No dije nada.

La corona seguía fría. Le puse la mano encima, sobre la banda de hierro, y no se calentaba. Las esferas de cristal de las puntas tenían dentro, si las miraba de cerca, burbujas pequeñísimas, atrapadas, como aire de otra época.

Hollenbach iba delante, junto al conductor. No se volvió en todo el viaje. No dijo una palabra. Tenía todavía los ojos enrojecidos, y lo sabía, y por eso no se volvía.

Al llegar a Tempelhof, el campo estaba como siempre. Los mástiles de la antena, el barracón del transmisor, el generador tosiendo, los hangares. La tienda.

En la entrada de la tienda, de pie, con el fusil al hombro, estaba el Hauptmann Krauz.

Había vuelto antes que yo. No sé cómo. Debía de haberse subido a un camión en la Pariser Platz en cuanto me retiré a la sombra de las columnas.

Y estaba otra vez allí, en su sitio de todas las noches, con la misma cara ancha y corriente y el mismo bigote castaño, como si no hubiera pasado nada.

Como si no acabara de ponerle una corona en la cabeza a un hombre delante de cien mil personas y de media Europa.

Se cuadró al verme bajar del coche.

Me detuve delante de él. Lo miré. Él miró al frente, por encima de mi hombro, como mira un centinela.

Quise decirle algo. Lo había pensado durante todo el viaje.

Darle las gracias, preguntarle quién había escrito aquellas palabras, si las había escrito él o el estado mayor, si las había ensayado, si había tenido miedo.

Preguntarle su nombre de pila. Preguntarle de dónde era, en aquella otra Alemania, y si tenía mujer, y si tenía hijos, y si se acordaba de ellos.

No le pregunté nada.

Pensé que, si se lo preguntaba, lo convertía en otra cosa. En un hombre al que había que agradecerle algo. Y lo que había hecho aquel capitán en la Puerta de Brandeburgo no se agradecía. Era demasiado grande para eso. O demasiado pequeño. No lo sé.

Así que me limité a mirarlo un segundo más de lo necesario. Y él, sin dejar de mirar al frente, sin mover un músculo de la cara, dijo, muy bajo, para que solo lo oyera yo:

—Está fría, Majestad. Lo siento.

—Está bien así, Hauptmann.

Entré en la tienda.

* * *

Dentro estaba todo como lo había dejado por la mañana.

El catre de campaña, con la manta gris doblada.

La mesa de caballetes, con el mapa de Alemania y las seis divisiones marcadas con chinchetas de colores.

El hornillo, apagado. La palangana con el agua de afeitarme, cubierta de una película de hielo. El trozo de espejo en el clavo.

Dejé la corona sobre la mesa, encima del mapa. Encima de Berlín.

Me quedé mirándola.

Hollenbach había entrado detrás de mí y esperaba junto a la lona de la entrada, en silencio. Al cabo de un rato, habló.

—Majestad. La residencia está preparada. El Oberst Harnisch ha terminado esta mañana. Cuando Vuestra Majestad lo disponga.

La residencia.

No había estado nunca. En una semana, no había dormido una sola noche fuera de aquella tienda.

Había gobernado Alemania desde un catre de campaña y una mesa de caballetes, con un hornillo de hierro y una palangana.

Me había parecido lo correcto. Me había parecido que, mientras no tuviera corona, no debía tener casa.

Ahora tenía corona.

—Esta tarde —dije—. Antes de que oscurezca.

—A sus órdenes, Majestad.

—Herr General.

Hollenbach esperó.

—La tienda —dije—. Quiero que la guarden. Doblada, en una caja. Con el hornillo, la mesa y el catre.

Hollenbach me miró un momento. Luego asintió.

—Se guardará, Majestad.

Se retiró.

Me quedé solo. Empecé a recoger.

No había mucho. Es extraño lo poco que necesita un hombre cuando lo puede tener todo.

El capote gris, que llevaba puesto. Una muda de ropa que había creado el martes y que no había llegado a usar.

La navaja de afeitar. El trozo de espejo, que descolgué del clavo y envolví en un pañuelo.

El bloc de papel en el que había escrito y tachado la primera emisión, el domingo, sentado en una caja de munición en el hangar: lo encontré en el bolsillo interior del capote, doblado en cuatro, y no lo tiré. Y una caja de cerillas.

La caja de cerillas la había creado la primera mañana, en el campo de Dahlewitz, para comprobar que el poder era real.

Había frotado una contra la uña y no había prendido.

La había frotado contra la suela de la bota y había prendido, y se había apagado con el viento.

Llevaba la caja en el bolsillo desde entonces.

Quedaban dentro treinta y nueve cerillas.

La metí en el bolsillo del capote.

Luego volví a la mesa. Miré la corona sobre el mapa.

Pensé en ponérmela otra vez para ir a la residencia. Pensé que la gente lo esperaría. Que habría gente en las calles, y fotógrafos, y que un rey que va a su palacio por primera vez debería llevar la corona.

Pensé en lo que había dicho Krauz. Que sois mortal. Que sois polvo.

La dejé donde estaba.

Busqué en la tienda algo donde guardarla.

Lo único que encontré fue la caja de madera de los mapas topográficos, la del primer día, la que había hecho aparecer sobre la mesa en la tienda de Dahlewitz.

La vacié. Doblé dentro, en el fondo, el cojín gris sobre el que Krauz había traído la corona, que alguien había dejado en la mesa mientras yo estaba fuera. Y sobre el cojín puse la corona.

Cerré la tapa.

No era un cofre. No tenía terciopelo, ni cerradura de plata, ni escudo grabado. Era una caja de madera de pino, de las del ejército, con una etiqueta de papel pegada en la tapa que decía, a máquina: Messtischblätter. 1:25 000. Teltow.

Me pareció bien.

* * *

Pariser Platz. Bajo las columnas de la Puerta de Brandeburgo. 12:30 hrs.

Cuando el joven se retiró a la sombra de las columnas, y luego desapareció por el lado oeste de la Puerta, hacia el coche, y Hollenbach detrás de él, los once se quedaron solos.

Nadie les dijo nada. Nadie vino a buscarlos.

Las doce sillas de madera seguían en su fila, contra la piedra.

En la avenida, la multitud empezaba a deshacerse en todas direcciones, con un murmullo que crecía como crece el ruido en un teatro cuando se encienden las luces.

Los batallones seguían formados. Las cámaras del Adlon seguían rodando, ahora hacia la gente.

Los once se quedaron allí, de pie, bajo las columnas, sin moverse, como si alguien les fuera a dar una orden.

Nadie se la dio.

Fue Weichs el primero en hablar. Y no lo hizo con palabras.

Se llevó la mano derecha al pecho, a la guerrera, al sitio exacto donde hasta esa mañana había estado cosida el águila con la esvástica. Pasó los dedos por los cuatro agujeritos de la costura, despacio, uno a uno, como quien toca una cicatriz.

Y luego miró la guerrera de Leeb, que estaba a su lado. Los mismos cuatro agujeros.

Y luego la de Rundstedt.

Y la de Bock.

Y la de Guderian.

—¿Quién…? —empezó Weichs.

No terminó la pregunta. Todos habían entendido la pregunta.

Todos se estaban mirando ya las guerreras unos a otros, en silencio, bajo las columnas.

Once guerreras. Once pares de solapas. Las de los generales grises y las de los almirantes azules.

En todas, los cuatro agujeritos. En ninguna, el águila.

—¿Quién lo ha ordenado? —dijo al fin Blomberg. Su voz sonó extraña, ronca—. ¿Lo ha ordenado alguien?

Nadie contestó.

—Yo me la quité anoche —dijo Rundstedt—. En la terminal. Con las tijeras de las uñas. —Hizo una pausa—. No se lo dije a nadie.

—Yo esta mañana —dijo Leeb—. Al vestirme. Me la quitó mi asistente. Le dije que lo hiciera. No le expliqué por qué.

—Anoche —dijo Bock.

—Anoche —dijo Fritsch.

—Esta mañana, en el coche —dijo Guderian—. Con una navaja. Me corté un dedo. —Levantó la mano izquierda: tenía el índice envuelto en una tira de esparadrapo.

—Anoche —dijo Feßmann.

Raeder se limitó a asentir. Dönitz lo miró y dijo, en voz baja:

—El almirante me lo dijo a mí, anoche, en el pasillo. Quítesela. Nada más. Yo no le pregunté.

Weichs miró a Beck.

Beck estaba un poco apartado, como siempre, con las manos a la espalda. Tenía los cuatro agujeros en la guerrera, como los demás.

—¿Y usted, Beck?

—El jueves —dijo Beck—. Después de la emisión.

Los demás lo miraron.

—Después de que dijera su nombre —dijo Beck—. Yo, Konrad I. Lo oí en la terminal, aquí en Tempelhof, en mi habitación. Y cuando terminó, cogí unas tijeras de mi neceser y me la quité. Llevo cuatro días sin ella. Nadie se ha dado cuenta. O nadie me lo ha dicho.

Se quedaron todos callados.

Once hombres. Once decisiones. Ninguno había hablado con los otros. Ninguno había recibido una orden. Ninguno sabía lo que iban a hacer los demás. Y los once, cada uno solo, en su cuarto, en su coche, en su pasillo, habían cogido unas tijeras o una navaja y habían cortado los hilos.

—Bueno —dijo Bock al fin, y su voz tenía algo que ninguno le había oído nunca: un fondo de risa, pequeño, seco, casi involuntario—. Por lo menos ya sabemos que no hacía falta ponernos de acuerdo.

* * *

— Rex et Imperator —dijo Leeb.

Lo dijo en latín, con la pronunciación eclesiástica de los colegios católicos de Baviera, que hace sonar la c de rex como una k suave y alarga la a de imperator .