Una salus victis: Tierra Helada CAPÍTULO XI — Lo que vieron #2
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CAPÍTULO XI — Lo que vieron #2

—En latín —siguió—. Ni König , ni Kaiser .

Latín. —Movió la cabeza—. ¿Se han dado cuenta?

Ninguna corona alemana se ha dado nunca en latín.

Ni la de Prusia, ni la de Baviera, ni la del Reich del 71.

El Káiser era Deutscher Kaiser . En alemán.

Bismarck no quiso que fuera Kaiser von Deutschland , emperador de Alemania, porque eso sonaba a que era el dueño del país.

Lo hizo emperador alemán , para que sonara a primero entre los príncipes.

Y ahora un capitán, delante de la Puerta de Brandeburgo, dice Rex et Imperator .

En la lengua de los césares. De los papas. De los emperadores del Sacro Imperio.

—No es la lengua de los papas lo que han usado —dijo Rundstedt—. Es la de las legiones.

Leeb lo miró.

— Imperator —dijo Rundstedt—. En Roma, el imperator no era el emperador.

No al principio. Era el general victorioso.

Lo nombraba la tropa, a gritos, en el campo de batalla, después de una victoria.

Lo levantaban sobre los escudos. —Se ajustó los guantes—.

Augusto se hizo llamar imperator porque quería que todos recordaran que su poder venía de las legiones.

No del Senado. No de los dioses. De los soldados.

—Eso es exactamente lo que ha dicho el capitán —dijo Guderian—.

Por acuerdo del Königliches Heer. No por la gracia de Dios .

No por voluntad del pueblo . Por acuerdo del ejército.

—Se volvió hacia los demás—. Y por vuestra orden .

¿Lo han oído? Por vuestra orden y por acuerdo del Königliches Heer.

El rey ordena que lo coronen, y el ejército acuerda coronarlo.

Las dos cosas. A la vez. Ninguna de las dos basta sola.

—Una diarquía —dijo Beck.

Lo miraron.

—Una diarquía —repitió Beck—. Dos poderes. El rey y el ejército. El rey manda al ejército, y el ejército corona al rey. —Hizo una pausa—. Y nosotros no estamos en ninguno de los dos.

Hubo un silencio largo.

— Königliches Heer —dijo Fritsch—. No nos ha nombrado. El capitán. No ha dicho el ejército alemán . No ha dicho la Wehrmacht , que ya no existe, ni el Heer . Ha dicho Königliches Heer . El suyo. El que vino con él. Los grises.

—Nos dijo el miércoles que seríamos reasignados al mando del Königliches Heer —dijo Blomberg.

—Reasignados —repitió Fritsch—. Pero no lo somos todavía. Hoy no lo éramos. Hoy estábamos en sillas de madera, contra una columna, mirando. —Se quitó el monóculo—. Hoy la corona se la ha dado su ejército. No el nuestro. Y lo ha hecho a propósito, Blomberg. Para que lo viéramos.

* * *

— El hierro —dijo Bock.

Lo dijo como el miércoles había dicho la extensión y encarnación del Estado : en voz alta, de pronto, como quien lee un titular.

— Que el hierro ha sido quien os ha dado el trono, y que gobernáis por medio de él.

—Bock miró a los demás—. Y luego: esto último, que lo recuerden también quienes lo ven.

Se volvió. ¿Lo vieron? El capitán. Al decir quienes lo ven , se volvió.

Hacia la embajada francesa. Hacia el Adlon, hacia las cámaras. Hacia nosotros.

—Lo vi —dijo Raeder.

—Era para nosotros —dijo Bock—. Para los once. Para los embajadores. Para las cámaras. Para Francia, para Inglaterra, para todos. Recordad que el hierro le ha dado el trono. —Se encogió de hombros—. No es una amenaza. Es una información.

—Es Bismarck —dijo Weichs.

—Es Bismarck sin sangre —dijo Feßmann.

Todos se volvieron hacia él. Feßmann hablaba poco, y cuando hablaba los demás tardaban un momento en acostumbrarse a su voz.

— Eisen und Blut —dijo Feßmann—. Hierro y sangre. Eso dijo Bismarck. El capitán ha dicho hierro . No ha dicho sangre . —Se tocó el sobre de papel manila que llevaba bajo la guerrera—. Alguien en su estado mayor se ha sentado a escribir esas palabras y ha quitado la sangre. A propósito.

—¿Y eso qué significa? —preguntó Blomberg.

Feßmann tardó en contestar.

—Que la sangre la han dejado para nosotros —dijo—. Para que decidamos si hace falta.

* * *

— Que sois mortal —dijo Raeder.

Era la primera vez que hablaba desde la ceremonia, salvo para decir lo vi . Tenía las manos juntas delante del cuerpo, como en la escalinata del Kaiserhof, y la cara larga y severa todavía pálida.

— Que está establecido que los hombres mueran una sola vez, y luego el juicio. Hebreos, nueve, veintisiete. —Raeder miró la Puerta, las columnas, la Victoria de cobre allá arriba—. Que sois polvo, y al polvo volveréis. Génesis, tres, diecinueve. Lo que dice el sacerdote el Miércoles de Ceniza.

— Memento, homo, quia pulvis es —dijo Leeb, en voz baja.

—Le han dicho que se va a morir —dijo Raeder—.

Delante de cien mil personas. En su coronación.

Un capitán. He visto la coronación de un rey, señores.

En el cine, en un noticiario, en 1911. Jorge V, el que han enterrado el martes.

Tres horas de ceremonia en la abadía de Westminster.

El arzobispo de Canterbury. El aceite sagrado.

La espada, el cetro, el orbe. Coros. Trompetas.

Y nadie, en tres horas, le dijo una sola vez a aquel hombre que se iba a morir.

—No es costumbre —dijo Fritsch.

—No —dijo Raeder—. No es costumbre. —Miró a los demás—. Hoy lo ha sido.

* * *

—No ha dicho nada —dijo Dönitz.

Lo dijo como quien se da cuenta de algo en voz alta.

—Él. El joven. El rey. No ha dicho una palabra. Ni una. Le han puesto la corona, le han dicho que es mortal, que es polvo, que se va a morir y que lo van a juzgar, y no ha contestado nada. Ha asentido. Una vez. Y se ha ido. —Dönitz miró a los demás—. Hitler habría hablado dos horas.

—Por eso no ha hablado —dijo Beck.

Dönitz lo miró.

—Porque Hitler habría hablado dos horas —dijo Beck—. Y este lo sabe.

—Hay otra razón —dijo Leeb.

Lo miraron.

—Si hubiera hablado —dijo Leeb—, habría contestado al capitán. Y no se le contesta al que te dice que eres polvo. Se le escucha. Se baja la cabeza. Asintió. Fue lo único que podía hacer. Fue lo correcto.

* * *

—Beck —dijo Weichs de pronto—. Usted tardó.

Beck lo miró.

—En saludar —dijo Weichs—. Cuando le pusieron la corona. Todos nos levantamos y saludamos. Usted se levantó, pero no saludó. Tardó. Lo vi. Lo vimos todos. Tres segundos, cuatro. Con los brazos caídos, mirándolo.

—Lo vio él también —dijo Bock.

Beck no contestó enseguida. Miraba hacia la avenida, donde la gente seguía dispersándose, hacia los batallones grises, que empezaban a romper filas por compañías.

—Estaba pensando —dijo al fin.

—¿En qué?

Beck tardó otra vez.

—En el molinero de Sanssouci —dijo—. Il y a des juges à Berlin.

—Se volvió hacia los demás—. Lo he pensado toda la semana.

Desde el juicio. Que un rey que juzga sin jueces puede ser cualquier cosa.

Que no hay nada que lo pare. Y hoy, en esa Puerta, un capitán de guardia le ha dicho a ese rey, delante de todo el mundo, que hay un juez.

Que lo va a juzgar. Que es polvo. Y el rey ha bajado la cabeza.

—¿Y por eso tardó?

—Tardé porque quería estar seguro de que lo había visto bien —dijo Beck—. De que había bajado la cabeza de verdad. No por cortesía. No por teatro. —Se quedó callado—. Lo había hecho de verdad.

—¿Y entonces?

—Entonces saludé.

* * *

Blomberg había estado callado mucho rato. Estaba de pie junto a su silla, la primera de la fila, mirando el respaldo de madera como si fuera algo extraño.

—Lloraba —dijo de pronto.

Los otros lo miraron.

—El general suyo. Hollenbach. Al final. Estaba en posición de firmes, al lado de la última silla, y le corrían lágrimas por la cara. —Blomberg movió la cabeza—. Un general de infantería. Llorando en una ceremonia. Delante de las cámaras. Delante de los embajadores. Sin secárselas.

—Lo vi —dijo Rundstedt.

—Nunca he visto llorar a un general prusiano en público —dijo Blomberg—.

Nunca. Ni en los funerales. Ni en la derrota.

Ni en el 18, cuando el Káiser se fue a Holanda.

¿Saben lo que pensé al verlo? Pensé que yo no he sentido nunca nada parecido por nadie.

Por nadie. Ni por el Káiser, ni por Hindenburg, ni por el otro.

Nunca. —Levantó la vista—. Y pensé que lo envidiaba.

Nadie le contestó.

Fritsch le puso la mano en el hombro. Fue la segunda vez en una semana.

* * *

La avenida estaba casi vacía cuando se fueron.

Un Leutnant del Königliches Heer se acercó a ellos, por fin, a la una menos cuarto, se cuadró y les dijo que los coches estaban preparados para llevarlos de vuelta a Tempelhof, o adonde desearan.

—A Tempelhof —dijo Blomberg, por todos.

Echaron a andar hacia los coches, que esperaban en la Charlottenburger Chaussee, al otro lado de la Puerta.

Al pasar por el paso central, por donde había estado de pie el joven, Leeb se detuvo un momento. Miró los adoquines limpios, barridos, la franja de cinco metros por cinco. No había nada. Ni una marca. Ni una huella.

Se santiguó. Pequeño, rápido, con el pulgar sobre el pecho.

Weichs, detrás de él, lo vio. Y lo imitó.

Y Raeder, detrás de Weichs, protestante, luterano, que no se había santiguado en su vida, se detuvo también, un segundo, en el mismo sitio, y bajó la cabeza.

* * *

Pariser Platz, 5. Embajada de Francia. 12:40 hrs.

André François-Poncet no esperó a que nadie le diera permiso.

Cuando el joven se retiró y la multitud empezó a moverse, el embajador de Francia se volvió hacia sus colegas de la escalinata, con el sombrero de copa en la mano, y dijo, en francés, con la voz clara y la sonrisa ligeramente torcida que le habían hecho famoso en todos los salones de Berlín:

—Caballeros, estamos en mi casa. Y hace un frío de mil demonios. Les invito a un coñac.

Nadie dijo que no.

Entraron todos. Phipps, Dodd, Orsenigo, Attolico, el italiano, Lipski, el polaco, Mastný, el checo, el belga, el holandés, el austríaco, Tauschitz.

Y, después de un momento de duda en el escalón más bajo, el soviético, Surits, con su abrigo gris de cuello de astracán, que entró el último, sin decir nada, y se quedó junto a la puerta del salón.