CAPÍTULO XI — Lo que vieron #3
El salón de la embajada de Francia en la Pariser Platz era de estilo Imperio, con espejos dorados, sillones de seda azul y un retrato de Luis Felipe que nadie había tenido valor de quitar.
Desde los ventanales se veía la Puerta de Brandeburgo, a cincuenta metros.
Las doce sillas de madera seguían contra las columnas.
Un mayordomo sirvió el coñac. François-Poncet levantó su copa.
—¿Por quién brindamos? —preguntó—. ¿Por Su Majestad Konrad I, Rex et Imperator ? ¿O por nosotros, que lo hemos visto y no sabemos qué hemos visto?
Nadie brindó. Pero todos bebieron.
* * *
—Ha sido —dijo Phipps, con el monóculo en la mano— la ceremonia más extraordinaria a la que he asistido en mi vida. Y he asistido a muchas.
Sir Eric Phipps tenía sesenta años, una cara larga y pálida, un bigote fino, y los modales impecables de un hombre que llevaba cuarenta años en el servicio diplomático británico y no había perdido la compostura en ninguno de ellos.
Ahora la estaba perdiendo un poco. Se le notaba en la mano del monóculo.
—Ni un obispo —siguió—. Ni un altar. Ni un trono.
Ni oro. Un capitán. Un trozo de hierro. Y esas palabras.
—Movió la cabeza—. En Inglaterra coronamos a nuestros reyes con aceite consagrado, en una abadía de ochocientos años, con la corona de san Eduardo, que pesa dos kilos de oro.
Y aquí… —Señaló con el monóculo hacia la ventana—.
Aquí le han puesto a un hombre una banda de hierro en la cabeza y le han dicho que se va a morir.
— Memento mori —dijo Orsenigo.
El nuncio estaba sentado en un sillón azul, con la copa de coñac sin tocar en la mano y la sotana negra sobresaliendo por debajo del abrigo. Cesare Orsenigo tenía sesenta y dos años, una cara redonda y blanda, y la fama, en la Curia, de ser demasiado blando con los alemanes. Él lo sabía.
— Respice post te, hominem te esse memento —dijo—. El esclavo en el carro del triunfo. Así lo hacían los romanos. —Dejó la copa sobre una mesita—. Pero el esclavo lo susurraba, señores. Al oído. Para que solo lo oyera el general. Hoy lo han dicho en voz alta. Por la radio. A toda Europa.
—Es la diferencia entre un recordatorio y una condición —dijo Dodd.
Lo miraron.
William Dodd era el único del salón que no era diplomático de carrera, y se le notaba: llevaba un traje gris arrugado, las gafas torcidas y un cuaderno en la mano en el que había estado escribiendo durante toda la ceremonia.
Hablaba un alemán perfecto, de profesor que había hecho el doctorado en Leipzig hacía más de treinta años, y un francés malo.
—Un recordatorio se susurra —dijo Dodd—.
Una condición se dice en público, ante testigos.
Para que conste. —Abrió el cuaderno—. Por medio de las armas si fuera necesario, mas no preferido.
Esa es la condición. Y luego: esto último, que lo recuerden también quienes lo ven.
—Cerró el cuaderno—. Nos han nombrado testigos, señores.
A todos los que estábamos en esa escalinata.
Testigos de una condición. Y el hombre al que se la han puesto ha bajado la cabeza.
* * *
—Ha bajado la cabeza —dijo Attolico, el italiano—. Ha asentido. Y no ha dicho nada. —Bernardo Attolico era un hombre grueso, de gafas, de cara bonachona, que llevaba en Berlín apenas medio año—. Mi Duce habría dicho algo. Siempre dice algo.
—Hitler también —dijo Lipski.
Józef Lipski, el embajador de Polonia, era el más joven de todos, cuarenta y un años, alto, delgado, rubio, con la elegancia nerviosa de la aristocracia polaca. Había negociado el pacto de no agresión con Hitler en el 34 y había visto a Hitler de cerca más veces que ninguno de los presentes.
—Hitler habría hablado una hora —dijo—. Habría gritado. Habría golpeado el atril. Habría hablado de Versalles, de la sangre alemana, de los enemigos interiores. Y este no ha dicho una palabra. Señores, llevo dos años en Berlín. Es la primera vez que oigo silencio en una ceremonia alemana.
—¿Y eso le tranquiliza? —preguntó Mastný, el checo.
Lipski lo miró. Vojtěch Mastný era un hombre mayor, calvo, con gafas, de aire cansado, que representaba a un país que tenía tres millones de alemanes dentro de sus fronteras y una división de asalto gris al otro lado.
—No —dijo Lipski—. No me tranquiliza. Un hombre que grita se sabe lo que quiere. Un hombre que calla… —Se encogió de hombros.
—Tiene una división en mi frontera —dijo Mastný—. En los pasos de los Montes Metálicos. Desde el martes. Y otra en la suya, Lipski. Concentrada. —Dejó la copa—. Y una corona de hierro.
— Por medio de las armas si fuera necesario —dijo Tauschitz, el austríaco, que no había hablado hasta entonces—.
Mas no preferido. —Era un hombre pequeño, moreno, de bigote, que representaba en Berlín a un gobierno cuyo canciller anterior habían asesinado los nazis, y que no se fiaba de nadie—.
Señores, es la primera vez que oigo a un soberano alemán decir públicamente que no prefiere las armas. La primera. En cualquier época.
—Lo ha dicho el capitán —dijo Phipps—. No él.
—Él lo ha permitido —dijo Tauschitz—. Y ha asentido.
* * *
Surits no había hablado. Seguía junto a la puerta, con la copa en la mano, sin beber.
Jákov Surits tenía cincuenta y tres años, la cara ancha y morena, una barba corta y los ojos oscuros e inteligentes de un hombre que había sobrevivido a la revolución, a la guerra civil y a las primeras purgas siendo judío, socialdemócrata en su juventud y diplomático, tres cosas que en Moscú, en 1936, eran cada una por separado motivo suficiente para desaparecer.
François-Poncet se volvió hacia él, con cortesía.
—¿Y la Unión Soviética, embajador? ¿Qué ha visto la Unión Soviética esta mañana?
Surits tardó en contestar. Cuando lo hizo, habló en francés, eligiendo cada palabra.
—La Unión Soviética ha visto a un rey coronado por un soldado —dijo—. No por un obispo. No por un noble. Por un capitán. —Hizo una pausa—. La Unión Soviética recuerda que en 1917 también fueron los soldados quienes decidieron quién gobernaba en Petrogrado.
Hubo un silencio en el salón.
—Pero esos soldados —siguió Surits— derribaron a un zar. Estos han coronado a uno. —Dejó por fin la copa, intacta, sobre una consola dorada—. Esa es la diferencia, señores. Y es la que mi gobierno me va a pedir que le explique esta noche. Y no sé cómo.
Se inclinó levemente, una inclinación corta, de diplomático soviético.
—Con su permiso, embajador. Tengo que escribir un telegrama.
Y se fue.
François-Poncet lo miró salir. Luego miró a los demás.
—Me temo, caballeros —dijo, levantando otra vez su copa—, que todos tenemos que escribir uno.
* * *
Berlín. Wrangelstraße, Kreuzberg. 14:00 hrs.
El Polizeiwachtmeister Otto Brandt no había estado en la coronación.
Había pedido estar, el domingo, en la comisaría, y le habían dicho que no: que esa mañana le tocaba descanso.
Así que la había escuchado por la radio, en la cocina de su piso de la Wrangelstraße, con su mujer, Grete, y con su hija, Liesel, de dieciséis años, que había vuelto del colegio a mediodía porque el director había suspendido las clases.
Cuando el capitán dijo os corono como Rex et Imperator , Grete se llevó la mano a la boca.
Cuando dijo que sois mortal , Liesel preguntó qué significaba Rex .
Cuando dijo salve, Majestad , y llegó por la radio, lejano, el ruido de los hurra , Brandt se levantó de la silla sin darse cuenta. Se quedó de pie en la cocina, junto a la estufa, con las manos a los costados, hasta que el ruido se apagó.
Luego volvió a sentarse.
—¿Te has levantado, Otto? —le preguntó Grete.
—No me he dado cuenta.
Liesel los miraba a los dos.
—Papá —dijo—. En el colegio, la profesora de historia ha llorado esta mañana. Antes de que nos mandaran a casa. Ha llorado en clase. Y luego el profesor de gimnasia, el de las SA, no ha venido. Dicen que se ha ido. A Austria, dicen. Que se ha ido el viernes.
Brandt no dijo nada.
—¿Por qué lloraba, papá? La profesora.
Brandt pensó en la Wilhelmplatz, el viernes. En el obrero de la gorra que había dicho yo estuve en Oranienburg . En la mujer del pañuelo negro.
—No lo sé, Liesel —dijo—. Supongo que hay cosas que se lloran. Aunque sean buenas.
* * *
Berlín. Grenadierstraße, Scheunenviertel. 15:30 hrs.
En el segundo piso de un edificio de la Grenadierstraße, en el barrio judío pobre del norte de Berlín, donde vivían desde hacía cuarenta años los judíos que habían llegado de Galitzia, de Polonia y de Rusia huyendo de los pogromos, Hersch Lewin, sastre, de cincuenta y ocho años, apagó la radio y se quedó mirándola.
A su lado, su mujer, Rajel, no había dicho nada en toda la mañana. Ni durante la coronación ni después.
Sus dos hijos mayores se habían ido a Palestina el año anterior. El pequeño, Moishe, de diecinueve años, estaba en la otra habitación, haciendo como que estudiaba. Había oído la coronación entera con la puerta abierta.
—Un rey —dijo Hersch al fin, en yiddish.
—Un rey alemán. —Hersch movió la cabeza—.
Mi padre, que en paz descanse, decía que los judíos estaban más seguros con los reyes que con los pueblos.
Que un rey tiene que proteger a todos sus súbditos, porque todos son suyos, como las vacas de un campesino.
Y que un pueblo, en cambio, cuando se enfada, busca a quién echarle la culpa.
—Se quitó las gafas—. Por eso se fue de Rusia cuando mataron al zar Alejandro.
Porque después del zar vinieron los pogromos.
—Tu padre se fue de Rusia —dijo Rajel— y aquí nos encontraron igual.
Hersch no contestó.
—El viernes —dijo al fin— ese hombre no dijo judío . En el juicio. No lo dijo. Dijo por vuestras ideas . Y todo el mundo sabe cuáles son sus ideas.