CAPÍTULO XI — Lo que vieron #4
—No lo dijo —repitió Rajel—. Tampoco dijo que nos fueran a devolver nada. La tienda de tu hermano, en Leipzig. El trabajo de Moishe en el periódico. Nada.
—Todavía no.
Rajel lo miró. Era una mujer pequeña, flaca, de pelo gris recogido, que había visto demasiado.
— Todavía no —repitió—. Hersch, llevamos tres años diciendo todavía no . Todavía no nos han echado. Todavía no nos han quitado la casa. Todavía no nos han pegado. —Se levantó y fue hasta la ventana—. Ahora vamos a decir todavía no nos han devuelto nada . Es lo mismo.
—No es lo mismo, Rajel.
—¿Por qué?
Hersch tardó en contestar. Miró hacia la puerta de la otra habitación, donde estaba Moishe.
—Porque hoy, por primera vez en tres años, he oído a alguien en Alemania hablar de un juicio —dijo—. Y no lo decía de nosotros.
Rajel no contestó. Pero se quedó mucho rato en la ventana, mirando la calle, donde unos niños con kipá jugaban a la pelota sobre la nieve sucia como si fuera un día cualquiera.
* * *
Dahlewitz. Granja de los Krüger. 16:00 hrs.
En la granja de los álamos, la de la luz amarilla que Konrad había visto desde el campo helado la primera mañana, August Krüger, de sesenta y cuatro años, y su mujer, Martha, habían escuchado la coronación en la radio de la cocina, un Volksempfänger negro, de baquelita, que les había costado setenta y seis marcos en el 33 y que Martha llamaba el hocico de Goebbels .
No habían dicho nada durante la ceremonia. Después, tampoco. August había salido a dar de comer a las vacas, como todas las tardes. Martha había fregado los platos.
A las cuatro, cuando empezaba a oscurecer, August volvió del establo y se quedó en la puerta de la cocina, quitándose las botas.
—Martha —dijo.
—¿Qué?
—El domingo. Hace ocho días. Cuando salimos a la cerca.
Martha dejó de fregar.
Lo habían visto. Martha primero. A las cinco y pico de la mañana, todavía casi de noche, desde la ventana de la cocina, mientras encendía el fogón: un hombre solo, en mitad del campo de enfrente, el que acababan de abonar.
Primero de pie. Luego sentado en el suelo, mucho rato.
Había llamado a August, y August había dicho que sería un borracho que volvía de Mahlow.
Y luego, a las seis, de golpe, sin ruido, alrededor de aquel hombre, miles de hombres.
Carros. Cañones. Camiones. Donde un segundo antes no había nada más que surcos helados.
Lo habían visto los dos desde la ventana.
Más tarde, cuando arrancaron los motores, habían apagado la luz y habían salido a la cerca, en bata, con el frío, y se habían quedado mirando.
No se lo habían contado a nadie. A nadie. Ni al cura, ni a los vecinos, ni a su hija, que vivía en Zossen. Habían dicho, cuando les preguntaron, que se habían despertado con el ruido de los motores y que ya estaban allí. Que no habían visto nada más.
—El de la radio —dijo August—. El que han coronado. ¿Crees que era él? El del campo. El que estaba solo.
Martha se secó las manos con el delantal. Muy despacio.
—Era él —dijo.
—¿Cómo lo sabes?
Martha se volvió hacia la ventana, hacia el campo, que ya estaba vacío. Las marcas de las orugas seguían allí, congeladas en la tierra, en líneas paralelas que iban hacia el norte.
—Porque el domingo, antes de que aparecieran los otros —dijo—, lo vi sentado en el suelo. En mitad del campo. Mucho rato. Sin moverse. —Hizo una pausa—. Como un hombre que tiene miedo.
August la miró.
—Un hombre que tiene miedo antes de hacer algo así —dijo Martha— es un hombre que sabe lo que pesa. —Volvió a coger el trapo—. Ese es el que han coronado.
* * *
Dahlewitz. Estación, puesto de señales. 16:20 hrs.
El guardavías Erich Pohlmann había hecho lo que tenía que hacer el domingo de hacía ocho días: había llamado a Berlín.
Había tardado en contestarle alguien, porque era domingo, y cuando por fin le habían contestado, un empleado de la Dirección de la Reichsbahn le había dicho que no había ningún movimiento militar programado en la línea de Dresde y que si había bebido.
Pohlmann no había bebido. No bebía nunca de servicio.
Ahora, a las cuatro y veinte del lunes 3 de febrero, en su garita, con la radio de galena que se había fabricado él mismo, había escuchado la repetición de la coronación que la Deutschlandsender emitía cada hora desde las dos.
Cuando terminó, Pohlmann apagó la radio y sacó del cajón de la mesa el libro de registro del puesto de señales.
Lo abrió por la página del domingo 26 de enero.
Allí, con su letra cuidada de funcionario, estaba anotado: 07:52.
Observadas columnas de vehículos blindados campo a través al este de la vía, dirección N.
Comunicado a Dirección Berlín. Sin respuesta.
Pohlmann cogió la pluma. La mojó en el tintero. Y debajo de esa línea, con la misma letra cuidada, añadió:
03.02.1936. Las columnas eran las del Rey.
Secó la tinta con el secante. Cerró el libro. Lo guardó en el cajón.
Luego se puso la gorra, salió de la garita y cambió la señal para el tren de las cuatro y media a Zossen, que llegaba con dos minutos de retraso.