Un pueblo de treinta y un habitantes. Un dinosaurio que lo salvó de morir. Y un hombre al que nadie buscó durante veintisiete años.

Septiembre de 2026. Una tormenta descalza siete bloques de piedra sobre la boca de una sima en los Montes Universales y deja al descubierto los restos de un hombre.

Junto al cuerpo hay una bota, una libreta de campo hecha un ladrillo de papel y un bloque de arenisca rosa con un hueso de dinosaurio incrustado.

La teniente Nieves Escriche identifica enseguida al muerto: Benjamín Lahoz, pastor y buscador de fósiles, desaparecido el 20 de noviembre de 1999, el único día de la historia reciente en que la sierra entera se quedó vacía.

El expediente se cerró en cuatro meses con una postal escrita a máquina desde Perpiñán.

A tres kilómetros de la sima, un centro de interpretación con un saurópodo de chapa en el tejado sostiene once puestos de trabajo, un hotel y la única escuela que ha tenido la comarca en veinte años.

Todo el pueblo vive de una piedra. Y esa piedra, según dicen los dientes fósiles de unos ratones de hace nueve millones de años, no salió de donde dice el cartel.

Cuando una maestra rural encuentra once fósiles etiquetados a mano en el armario de una escuela que cierra, los fotografía y avisa a quien cree que debe avisar, la cuenta atrás vuelve a empezar.

Turoliense es una novela negra sobre la procedencia de las cosas: de dónde salen los hallazgos, de dónde salen los apellidos que se ponen en los carteles y de dónde sale el silencio de un pueblo entero.

Ciencia real, un retrato honesto de la España que se vacía y una historia de amor entre dos personas de cincuenta años que ya no esperaban ninguna.

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