64 La teniente
El letrado Berdejo la interrogó durante una hora y cuarto y empezó, como estaba previsto, por donde tenía que empezar.
—Teniente, ¿es cierto que usted mantenía una relación personal con don Casiano Villarroya Dolz, propietario colindante del paraje Umbría del Sabinar?
—¿Y por qué no lo puso en conocimiento de sus superiores?
—¿Antes o después de encontrar el cadáver?
—Tres horas y cincuenta y ocho minutos después de encontrar el cadáver, letrado. Y quince días antes de que nadie me lo preguntara.
Berdejo cambió de terreno, que era lo profesionalmente correcto.
—Teniente, usted ha declarado que en su opinión mi cliente mató a Benjamín Lahoz en noviembre de 1999.
—Yo no he declarado eso. Yo he declarado los hechos que investigamos y los indicios que hallamos. La calificación no me corresponde.
—¿Cree usted que lo mató?
El fiscal se levantó. La magistrada Aisa hizo un gesto con la mano.
—Puede contestar si quiere, teniente. Y el jurado sabrá que es una opinión.
Nieves se tomó un segundo.
—Sí —dijo—. Lo creo. Y también creo que ese delito ha prescrito y que este tribunal no puede hacer nada con eso, y me parece bien que exista la prescripción aunque hoy me duela.
Lo que sí puede hacer este tribunal es juzgar lo que pasó en octubre de 2026, que es lo que ha traído aquí a Pura Lahoz, que está en la segunda fila con el abrigo bueno, y a Ana Sanz, que lleva una chapa con la foto de su hermana.
—Teniente, limítese a las preguntas —dijo la magistrada, sin acritud.
—Perdón, señoría.
—No se le admite la última frase. —Aisa apuntó algo—. Continúe, letrado.
Pero el jurado ya la había oído, y eso es una cosa que sabe cualquiera que haya pisado una sala.