65 La coacusada
Contó las cuatro horas en el coche. Contó las luces subiendo por la pista. Contó la linterna. Contó los trescientos metros de conversación. Contó a la hermana que iba a ser abuela.
Contó el empujón con las dos manos en el hombro derecho y contó que un pozo de ocho metros no hace ruido.
Y contó las once llamadas y las tres visitas.
—¿Y usted qué le contestó? —preguntó el fiscal.
—Le contesté que yo hablaría con ella. Y él me dijo: «Hablar ya no sirve.»
El letrado Berdejo se levantó para el contrainterrogatorio y trabajó bien y duro durante una hora.
—Señora Bádenas, usted declaró por primera vez el 25 de marzo de 2027, tres meses después de su detención y catorce días después de recibir un sobre de la Guardia Civil. ¿No es cierto que su declaración busca repartir la responsabilidad?
—Es cierto que busca contar lo que pasó.
—¿Reconoce usted que nadie le dijo nunca «mata a Marisol Sanz»?
—Lo reconozco. Nadie me lo dijo nunca.
—¿Reconoce que la decisión de esperar cuatro horas en esa pista fue suya y solo suya?
—La decisión de esperar fue mía. —Elisa levantó la vista—. La de estar allí, no.
—Explíquese.
—Yo estaba allí porque un hombre al que debo mi vida profesional me escribió que fuera yo, que lo recogiera antes de que lo viera nadie más y que no lo hablara con nadie.
—Habló despacio, sin dramatismo—. Letrado, si él me hubiera dicho «Elisa, esto lo hice yo, mañana lo cuento y que pase lo que tenga que pasar», Marisol Sanz estaría dando clase.
No me pregunte si me dio una orden. Pregúnteme qué habría pasado si hubiera dado la contraria.
Berdejo hizo lo que se hace en esos casos, que es no repreguntar.
Cuando Elisa bajó del estrado, pasó a metro y medio de la segunda fila. Ana Sanz, la hermana de la maestra, no apartó la vista ni un segundo.
Elisa Bádenas se paró.
—Perdón —dijo, en voz baja y perfectamente audible en toda la sala.
La magistrada Aisa dio dos golpes secos con el bolígrafo.
—Señora Bádenas, en esta sala solo se habla desde el estrado. Prosígase.