66 Lo que dijo el profesor
Su defensa lo había preparado durante quince meses.
Contestó al fiscal con calma y exactitud durante cincuenta minutos: sí al fraude de procedencia, sí al correo, no a la instigación, no al conocimiento, no a todo lo demás.
Reconoció haber escrito «esa mujer tiene que dejar de hablar» y explicó que se refería a que dejara de difundir una información incompleta.
A la una menos veinte, el letrado Berdejo dio por terminado su interrogatorio y se sentó satisfecho, porque tenía motivos.
Y entonces Aurelio Pobo se dirigió a la presidenta.
—Señoría, ¿puedo decir una cosa que no me ha preguntado nadie?
Berdejo se puso de pie inmediatamente.
—Señoría, solicito un receso.
—Siéntese, letrado. —La magistrada Aisa miró al acusado por encima de las gafas—. Tiene usted derecho a manifestar lo que estime oportuno en su defensa y también a no hacerlo. Está asistido y advertido. ¿Desea declarar?
—Deseo declarar.
—Hágalo.
Aurelio Pobo Cañada se quedó un momento mirando sus propias manos sobre la barandilla del estrado. Eran unas manos grandes, manchadas, de las que han levantado piedras.
—El sábado 20 de noviembre de 1999 —dijo—, yo me bajé del autobús en Cella y no fui a Zaragoza.
Subí a la sierra en mi coche y aparqué en el corral de Cañete, que estaba vacío porque no había nadie en cien kilómetros.
Y subí andando a la Umbría del Sabinar porque sabía que Benjamín Lahoz iba a estar allí ese día, porque me lo había dicho él mismo el jueves, delante del bar, gritando, que el sábado se iba a quedar y que iba a señalar sus cinco piezas y que el lunes se iba a Zaragoza a contarlo todo.
La sala estaba en un silencio que se oía.
—No subí con intención de hacerle daño. Subí a convencerle.
Le ofrecí la coautoría de la publicación, le ofrecí que su nombre figurara en el nombre de la especie, le ofrecí dinero, que fue lo único que le ofendió.
Y él me dijo que no, que a estas alturas no se fiaba de mí ni para eso, y se dio la vuelta y echó a andar hacia el collado con la bolsa al hombro.
Tragó saliva.
—Yo llevaba el martillo en la mano. Lo llevaba porque subo con el martillo desde los veinticuatro años, como el que lleva las llaves.
Y le seguí ladera arriba discutiendo, y cerca de la sima resbaló y cayó de costado, y yo llegué a su altura y estaba en el suelo de rodillas, y se giró hacia mí y me dijo, y esto es lo último que me dijo: «Está usted acabado. »
Se detuvo.
—Y le di. Una vez. En la frente.
En la segunda fila del público, Pura Lahoz se llevó la mano a la boca.
—Después estuve una hora sentado a su lado, sin decidir nada.
Después lo eché a la sima, porque estaba a doce metros.
Y después bajé al lapiaz y subí siete piedras, y me llevó hasta las cuatro de la madrugada, y a la una y doce de la noche siguiente eché gasolina en Cella porque tenía que volver a Zaragoza a inventarme un papeleo.
La magistrada Aisa dejó pasar cinco segundos.
—¿Es usted consciente, señor Pobo, de que ese hecho no es objeto de este procedimiento y de que, conforme al artículo 131 del Código Penal, ha prescrito?
—Soy consciente, señoría. Me lo ha explicado mi abogado catorce veces, la última hace cuatro minutos con la mirada.
—¿Y por qué lo declara?
Aurelio Pobo Cañada miró hacia la segunda fila, hacia una mujer de cincuenta y nueve años con un abrigo bueno, por primera y única vez en todo el juicio.
—Porque su hermana está ahí —dijo—. Y porque a mí ya no pueden castigarme por eso, y a ella nadie le iba a decir nunca lo que pasó. Eso es todo lo que puedo darle. Es poquísimo.