Turoliense 1 El agua que sobraba
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Por Amparo Monterde Bielsa

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1 El agua que sobraba

La borrasca Otilia entró en los Montes Universales un jueves por la tarde y estuvo tres días descargando sobre una sierra que en septiembre ya no esperaba nada.

En Griegos cayeron ciento diecinueve litros en cuarenta horas.

En Guadalaviar, ciento treinta y uno. El pluviómetro de Frías de Albarracín, que llevaba veinte años midiendo sequías con la paciencia de un notario, registró ciento cuarenta y siete y después dejó de registrar porque el agua se llevó el poste.

Esa mañana la boca había cambiado de forma.

—Se ha comido el labio —dijo Vicent.

La pared norte, que durante décadas había sido un escalón de caliza cubierto de sabina rastrera, se había descolgado entera.

Había una lengua de tierra roja bajando hacia el interior y, por encima, una costra de bloques que el agua había descalzado y volcado hacia fuera.

Bloques grandes, de los que no mueve una tormenta corriente.

Bloques que alguien, en algún momento, había colocado.

Vicent bajó el primero. A los diecisiete metros, donde la vertical se abría en una repisa que ellos llamaban el descansillo, la lengua de tierra había parado y se había abierto en abanico. En el abanico había algo blanco.

Al principio pensó en una oveja. En la sierra las simas se comen ovejas con una regularidad triste, y no hay espeleólogo que no haya bajado a un pozo con olor a animal muerto.

Pero el hueso blanco no tenía la curva de una costilla de oveja.

Tenía la curva de un hueso que Vicent había visto en la carrera, en una diapositiva, en una clase de anatomía a la que asistió por error.

—Chicos —dijo por el radio—. Subo. No baja nadie más.

Arriba se sentó en una piedra, se quitó el casco y tardó un minuto largo en decir nada.

El cielo estaba limpísimo, de ese azul lavado que deja la borrasca cuando se va, y la sierra entera olía a tomillo mojado y a tierra abierta.

Enfrente, a tres kilómetros, se veían los tejados de Cañigral de la Sierra, catorce casas y una torre, y el edificio blanco del centro de interpretación con su cartel de chapa: EL GIGANTE DE CAÑIGRAL.

—¿Oveja? —preguntó Berta, la más joven del grupo.

—No —dijo Vicent—. Trae el teléfono. Aquí no hay cobertura. Sube al collado y llama al ciento doce.

Tardaron cuarenta minutos en dar con una raya de señal.

Mientras esperaban, nadie volvió a acercarse a la boca.

Vicent estuvo mirando los bloques volcados, esos que el agua había descalzado, y pensando una cosa que no dijo en voz alta hasta el día siguiente, cuando se la dijo a una teniente de la Guardia Civil que le escuchó sin interrumpir ni una sola vez.

Lo que pensó fue: esas piedras no cayeron ahí. Esas piedras las pusieron para tapar algo, y el agua ha tardado veintisiete años en deshacer el trabajo de una noche.