2 La teniente Escriche
Nieves Escriche Pardos llevaba dieciséis días sin un caso que mereciera ese nombre y había empezado a ordenar el armario de pruebas por orden alfabético, que era su manera de reconocer el aburrimiento sin decirlo.
Tenía cuarenta y siete años, catorce de ellos en Policía Judicial, y una regla propia que le había costado dos destinos aprender: no bajes a un sitio hasta que sepas cómo vas a subir.
—Veintitrés metros —dijo Tortajada—. Bajarán los del GREIM mañana con la jueza. Hoy solo miramos.
Nieves miró. Miró la boca, miró la lengua de tierra, miró sobre todo los bloques. Eran siete, de entre cuarenta y ochenta kilos, y estaban tumbados hacia el exterior formando un arco. Se agachó delante de uno de ellos, con las manos en las rodillas, sin tocarlo.
—Capitán, venga a ver esto.
La cara superior del bloque estaba cubierta de líquenes: costras grises, círculos amarillo verdoso del tamaño de una moneda de dos euros, manchas negras en los bordes.
La cara que ahora quedaba hacia arriba, en cambio, la que había estado contra el suelo, estaba limpia.
Desnuda. Piedra viva sin una sola colonia.
—Se han volcado con el agua —dijo Tortajada.
—Sí. Pero mire el hueco.
En el suelo, donde el bloque había estado, quedaba un molde exacto: un cuenco de tierra oscura, sin vegetación, con el perfil de la piedra marcado como un sello.
Y alrededor del cuenco, en el terreno que sí había recibido luz todos esos años, crecía la sabina rastrera con sus veinte o treinta centímetros de porte.
—Estos bloques llevan aquí mucho tiempo —dijo Nieves—. Pero no llevan aquí siempre. Alguien los subió.
—¿Desde dónde?
Ella señaló ladera abajo, donde a unos cuarenta metros se veía un lapiaz de caliza partida, un campo de piedras sueltas.
—Desde ahí. Ochenta kilos, cuarenta metros de subida. Eso no lo hace un chaval por gusto.
El capitán Ramiro Tortajada Mainar tenía cincuenta y cinco años, dos hijas en Valencia y la costumbre de no adelantarse nunca. Se quedó callado un rato largo mirando la boca de la sima.
—Puede ser un pastor tapando un peligro para el ganado —dijo al fin—. Se hacía.
—Se hacía —admitió Nieves—. Y si es eso, mañana lo sabremos y me habré equivocado delante de usted, que es algo que a usted le gusta mucho.
Tortajada soltó una risa corta por la nariz.
—¿Y si no es eso?
Nieves se irguió. Desde el collado se veía media sierra: los tremedales de Orihuela al norte, la mancha oscura de los pinares hacia Bronchales, el corte del río Guadalaviar excavando su valle joven, y allá abajo, pequeñísimo y blanco, el centro de interpretación con su dinosaurio de chapa.
—Si no es eso —dijo—, alguien pasó una noche de su vida subiendo piedras a oscuras. Y nadie hace eso por un animal.