Turoliense 3 Veintitrés metros
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3 Veintitrés metros

Bajaron el domingo a las ocho de la mañana, con la jueza de instrucción número uno de Teruel, Lourdes Grao Bielsa, sentada en una silla plegable a quince metros de la boca, envuelta en un plumífero prestado y tomando notas con una letra minúscula.

El GREIM montó el trípode y la polea. Bajó primero un montañero, después la sargento Rosa Marzo, de criminalística, con la cámara colgada del arnés, y por último la doctora Julia Fandos Abril, antropóloga forense de la Universidad de Zaragoza, que tenía cuarenta y nueve años, vértigo confeso y un método para vencerlo que consistía en describir en voz alta todo lo que veía.

—Repisa a diecisiete metros —se la oía por el radio—. Superficie de cascajo. Cono de derrubio reciente, material fino, color siete punto cinco YR cuatro barra seis. Restos óseos parcialmente exhumados por el cono. Veo cráneo. Veo hemitórax derecho. Veo... esperen.

Silencio. Arriba, junto a la boca, Nieves miraba el cable moverse.

—Doctora.

—Está completo —dijo Fandos—. Es un individuo completo y está en conexión anatómica parcial. No lo han movido después. Se descompuso donde cayó, o donde lo pusieron.

—¿Cuánto tiempo?

—No juegue conmigo, teniente. Le diré que hay más de quince años y menos de cincuenta, y le diré por qué cuando lo tenga en la mesa.

Tardaron once horas. Subieron cuarenta y una bolsas numeradas. El cráneo subió el último, a las siete y cuarto de la tarde, con la luz ya naranja sobre el sabinar, y cuando lo sacaron por la boca de la sima los ocho o nueve que estaban arriba se quedaron quietos sin haberlo acordado.

Con los huesos subió lo demás. Una bota de monte, del pie derecho, suela Vibram, número cuarenta y dos, con el cordón anudado.

Una hebilla de cinturón. Cuatro botones metálicos.

Un mechero de plástico. Una navaja de mango de asta con la hoja abierta y encajada de óxido.

Treinta y siete monedas de peseta, la más moderna de 1998. Y una bolsa.

La bolsa era de lona, de las de bandolera, y estaba casi disuelta, pero el fondo había quedado protegido bajo un bloque y conservaba la forma. Dentro había dos cosas.

La primera era un cuaderno. Una libreta de tapas duras de hule, hinchada como un acordeón, con las hojas pegadas en un ladrillo de pasta gris. La sargento Marzo la metió en una caja rígida sin intentar abrirla siquiera.

La segunda era una piedra.

Nieves se acuclilló junto a la caja cuando la sacaron a la luz.

Era un bloque de arenisca, de unos tres kilos, color crema tirando a rosa, y en una de sus caras, limpiamente expuesta, había una superficie ósea fósil: un hueso grande, esponjoso por dentro, cortado por la propia fractura de la roca.

Tenía la textura inconfundible de una vértebra de algo enorme.

—Eso es un dinosaurio —dijo Rosa Marzo.

—Eso es un problema —dijo Nieves.

Levantó la vista hacia el valle. A tres kilómetros, en la penumbra, se encendieron las primeras luces de Cañigral de la Sierra.

Y sobre el tejado del centro de interpretación, iluminado por dos focos que el ayuntamiento pagaba religiosamente desde hacía veinticuatro años, se recortó la silueta de chapa del gigante que había salvado al pueblo.