4 Un hombre que se fue a Francia
El lunes por la mañana el equipo de Policía Judicial de la Comandancia de Teruel se reunió en la sala del primer piso, con el radiador puesto porque el edificio no distinguía entre septiembre y enero.
Eran cinco. La teniente Escriche; la sargento Delia Barrachina Ejarque, cuarenta y tres años, especialista en desaparecidos, con una memoria para los expedientes que rozaba lo antipático; el cabo primero Iker Calomarde Yagüe, treinta y nueve, que llevaba lo tecnológico; el guardia Amaro Sancho Gil, treinta y cinco, el más nuevo y el único que tomaba apuntes a mano; y el capitán Tortajada, que asistía de pie y apoyado en el marco de la puerta, como si no terminara de entrar.
—Varón —empezó Nieves—. Eso ya lo dice Fandos por la pelvis.
Estatura entre uno setenta y tres y uno setenta y ocho.
Edad de muerte entre treinta y cuarenta.
Fecha, la moneda más moderna es del noventa y ocho, así que la horquilla se abre en el noventa y ocho y se cierra donde la ciencia quiera. Delia.
Barrachina tenía dos carpetas delante y abrió la de arriba.
—En la Sierra de Albarracín, desde 1995, hay cuatro desapariciones de varones de esa franja de edad. Dos resueltas: uno apareció en Alicante en 2003 y el otro está en el cementerio de Teruel desde 2011. Queda una que es de 2007 y otra que no es una desaparición.
—¿Cómo que no es una desaparición?
—Es un expediente de 1999 que se cerró a los cuatro meses con la anotación «marcha voluntaria al extranjero». Benjamín Lahoz Muniesa, treinta y cuatro años, natural y vecino de Cañigral de la Sierra. Pastor. Se le da por visto por última vez el sábado 20 de noviembre de 1999.
Nieves dejó el bolígrafo.
—¿Cañigral?
—Cañigral. A tres kilómetros y medio de la sima, por la pista de la Umbría.
—¿Y por qué se cerró?
Delia pasó una hoja.
—Porque a los nueve días de la denuncia llegó una postal a casa de su hermana desde Perpiñán.
Escrita a máquina, sin remite, firmada «Beni».
Decía que se iba a trabajar a la vendimia y que ya llamaría.
El cabo que llevaba el asunto anotó, cito, «familia conforme, sujeto con antecedentes de ausencias previas», y archivó.
—¿Antecedentes de ausencias previas?
—Se había ido dos veces. En el noventa y uno a Zaragoza, tres semanas. En el noventa y cinco a Francia de verdad, cuatro meses. Volvió las dos.
Amaro Sancho levantó la mano como en clase y después se avergonzó de haberla levantado.
—¿Una postal escrita a máquina? ¿En el noventa y nueve? ¿Quién escribe una postal a máquina?
—Alguien que no sabe imitar una letra —dijo Nieves.
Tortajada se separó del marco de la puerta y por fin entró en la sala.
—Vamos con calma. Todavía no tenemos identificación.
—Tenemos una bota del cuarenta y dos —dijo Delia— y en el expediente del noventa y nueve la hermana declara que su hermano calzaba un cuarenta y dos. Tenemos un mechero y una navaja, y la hermana declara que llevaba siempre una navaja de asta que había sido de su padre. Y tenemos una cosa más.
Puso sobre la mesa una fotocopia de una fotocopia. Era una hoja de denuncia manuscrita, de aquellas de papel autocopiativo, con la letra apretada de un cabo que ya estaría jubilado.
Nieves leyó en voz alta la línea que Delia había marcado con el dedo.
—«Manifiesta la denunciante que su hermano se dedicaba además al hallazgo y recogida de restos fósiles en el término municipal, actividad por la que había tenido discusiones.»
Levantó la cabeza.
—Discusiones con quién.
—Eso no lo pone —dijo Delia—. En 1999 nadie preguntó.