Turoliense 5 Cañigral de la Sierra
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5 Cañigral de la Sierra

Nieves aparcó delante de la iglesia el martes a las nueve y media. Había venido sola, en su coche, sin uniforme. Quería ver el pueblo antes de que el pueblo la viera a ella.

En la plaza había un panel de azulejos con la historia resumida. Nieves la leyó entera, de pie, con las manos en los bolsillos.

Esto último no lo contaba el panel con esas palabras. Lo contaban las cosas: el aparcamiento de autobuses en un pueblo de treinta y un habitantes, el hotel rural, el cartel de la parada del microbús con horarios de temporada alta.

—Es bonito, ¿verdad?

Nieves se giró. Un hombre de unos sesenta años con un chaleco de forro polar del ayuntamiento la miraba desde la puerta del bar.

—Es muy bonito —dijo ella.

—Aquí, antes de eso, cerrábamos. Se lo digo yo, que era concejal. Nos quedaban once vecinos y el maestro venía un día y medio a la semana. Ahora tenemos escuela.

—¿Tienen escuela?

El hombre dudó medio segundo.

—Bueno. Teníamos. Este curso la han cerrado, que solo quedaban dos críos y los pasan a Orihuela. Pero hemos tenido veinte años de escuela, que en esta sierra es como decir que hemos tenido veinte años de vida.

Se acercó y le tendió la mano.

—Fermín Lozano. Alcalde.

—Nieves Escriche. Guardia Civil.

El alcalde no cambió de cara, pero cambió de postura. Un centímetro. Lo justo.

—Por lo de la sima.

—Por lo de la sima.

Fermín Lozano Tello miró hacia el collado, que desde la plaza se veía como una muesca entre dos lomas, y suspiró.

—Ya me lo temía yo. ¿Es Beni?

Nieves tardó en contestar.

—¿Por qué dice usted eso?

—Porque llevo veintisiete años sabiendo que Beni Lahoz no se fue a Francia —dijo el alcalde—. Lo que pasa es que en este pueblo nadie sabe decir en voz alta lo que sabe. Nos sale mejor el azulejo.