6 La hermana
Purificación Lahoz Muniesa vivía en la última casa de la calle Alta, la que daba a la era, y cuando abrió la puerta tenía puesto un delantal y las manos llenas de harina.
—Pase —dijo—. No me diga nada en la puerta.
Tenía cincuenta y ocho años y la cara seca y limpia de quien ha trabajado fuera toda su vida. Se lavó las manos en el fregadero de la cocina, se secó despacio, se quitó el delantal, lo dobló, lo dejó en el respaldo de una silla y se sentó. Solo entonces miró a Nieves.
—Dígamelo.
—Aún no tenemos identificación genética, señora Lahoz. Tardará unos días. Pero hemos encontrado unos restos y hay indicios.
—¿Qué indicios?
—Una bota del cuarenta y dos. Una navaja de asta.
Pura Lahoz cerró los ojos. No lloró. Se quedó así, con los ojos cerrados y las manos encima de la mesa, mucho rato. Un reloj de pared marcaba los segundos con un ruido de cosa vieja.
—El cuarenta y dos se lo dije yo al cabo Bermúdez en el noventa y nueve —dijo por fin—. Y la navaja también. Y no sirvió de nada.
—¿Por qué cree que no sirvió?
—Porque llegó la postal.
Se levantó, salió de la cocina y volvió al minuto con una caja de latón de galletas danesas. La abrió y sacó la postal. Estaba dentro de una funda de plástico, de esas de fichas de colegio.
Era una vista de Perpiñán: la plaza, unos plátanos, un cielo azul de retoque. Detrás, escritas a máquina, ocho líneas. Firmada «Beni», también a máquina.
—Yo se la llevé al cuartel el 3 de diciembre —dijo Pura—.
Y les dije: esto no lo ha escrito mi hermano.
Mi hermano escribía a mano y escribía fatal, con unas letras así de grandes, y nunca en la vida había cogido una máquina de escribir.
Y me dijeron que a lo mejor se la había pedido a alguien en un locutorio.
Y yo dije que mi hermano no le pedía a nadie que le escribiera una postal a su hermana. Y me miraron con esa cara.
—¿Qué cara?
—La cara de cuando te van a dar la razón para que te calles.
Nieves cogió la funda con dos dedos.
—¿Puedo llevármela?
—Para eso la he guardado veintisiete años.
—Señora Lahoz, en la denuncia usted dijo que su hermano recogía fósiles y que eso le había traído discusiones.
Pura volvió a sentarse. Se frotó las manos, que ya no tenían harina.
—Beni era pastor porque era lo que había, pero lo suyo eran las piedras.
Desde crío. Tenía la cámara del corral llena de cajas de zapatos con bichos de piedra y en cada caja un papel con el sitio y el día.
Sabía más que muchos de los que venían con la furgoneta de la universidad, y eso a algunos les hacía gracia y a otros les hacía lo contrario.
—¿A quién le hacía lo contrario?
—A los de la excavación, cuando se pusieron serios. Hubo una temporada, el verano y el otoño del noventa y nueve, que Beni venía a cenar de mala uva. Decía que le habían prohibido subir a la cantera. Que él había encontrado aquello y que ahora no podía ni acercarse.
—¿Él había encontrado aquello?
Pura Lahoz la miró como se mira a una forastera que por fin ha preguntado bien.
—Eso decía él. Y en el azulejo de la plaza, mire usted, no pone su nombre en ninguna parte.