Turoliense 7 Lo que dice un hueso frontal
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7 Lo que dice un hueso frontal

Nieves leyó las ocho primeras y llamó.

—Perfil biológico: varón, de treinta y dos a treinta y ocho años, uno setenta y cuatro más menos tres —dijo Fandos por teléfono, sin saludar—.

Ancestralidad europea. Sin patologías relevantes salvo una fractura consolidada de cúbito izquierdo de la infancia.

Fórmula dental con dos empastes de amalgama en molares inferiores derechos y una ausencia antemortem del segundo premolar superior izquierdo.

Ya tienen la ficha odontológica del noventa y nueve, ¿verdad?

—La tenemos. El dentista de Albarracín conserva los archivos en el desván. Coincide.

—Pues entonces es su hombre. La genética lo confirmará la semana que viene, pero es su hombre.

—Página nueve —dijo Nieves.

Se oyó a Fandos sentarse.

—Hueso frontal. Cuadrante derecho, a cuatro centímetros por encima del reborde supraorbitario.

Hay una fractura deprimida con un contorno que no es el de un impacto contra roca.

Mide veintiséis por diecinueve milímetros, es rectangular con las esquinas redondeadas y tiene un escalón interno de tres milímetros.

En el interior de la tabla externa hay, además, una fisura radial doble.

—Traduzca.

—Le golpearon con un objeto contundente de sección rectangular, macizo, con un canto vivo. Del tamaño, digamos, de la cabeza de un martillo grande. O de un mazo de geólogo. Y le golpearon de frente y desde arriba, con la víctima más baja que el agresor o, más probablemente, ya en el suelo.

Nieves cerró los ojos un instante.

—¿Perimortem?

—Perimortem. No hay ni rastro de reacción ósea. Y hay una segunda cosa. En las costillas cuarta, quinta y sexta derechas hay fracturas en tallo verde con el patrón típico de una caída con impacto lateral. Las costillas son compatibles con una caída de altura. El frontal no.

—O sea que le golpearon arriba y lo tiraron.

—Yo lo escribiré más feo y más largo, pero sí. Le golpearon arriba y lo tiraron. Y luego, teniente, alguien subió siete piedras de ochenta kilos por una ladera de caliza en mitad de la noche, o de varias noches, y le puso una tapa.

Nieves se quedó mirando por la ventana de la oficina, hacia la mancha rojiza del viaducto de Teruel.

—Doctora, una pregunta rara.

—Las suyas siempre lo son.

—¿Puede un mazo de geólogo dejar esa marca?

—Un mazo de geólogo puede dejar exactamente esa marca —dijo Julia Fandos—. Y también un martillo de albañil, y una maza de partir leña, y el canto de un gato hidráulico. No se enamore de la primera herramienta que le venga a la cabeza.

—Es que la primera herramienta que me viene a la cabeza —dijo Nieves— está en un expositor, a tres kilómetros de la sima, con una cartela que dice «martillo del profesor Pobo, campaña de 1999».