Turoliense 8 El hombre de los perros
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8 El hombre de los perros

La pista de la Umbría salía de Cañigral hacia el noroeste y subía en tres revueltas hasta un rellano donde había una caseta de piedra, un abrevadero y un todoterreno viejo con el portón abierto. Nieves aparcó detrás y se bajó.

Del maletero salieron dos perros a la vez, dos bolas de pelo blanco y marrón que la rodearon sin ladrar, olfateándole las botas con una seriedad de funcionario.

—Zumo, Sisalla. Aquí.

Los perros volvieron. El hombre que los había llamado estaba agachado junto al abrevadero, lavando una cesta de plástico.

Se levantó despacio, se secó las manos en el pantalón y la miró sin prisa.

Cincuenta y pocos. Alto, ancho de hombros, la cara quemada de sol de sierra, el pelo gris muy corto y una cicatriz vieja en la ceja izquierda.

—¿Guardia Civil?

—¿Tan obvio es?

—Es que llevan tres días subiendo coches por aquí y ninguno es de la comarca. —Le tendió la mano—. Casiano Villarroya. Cas.

—Nieves Escriche.

—Ya sé quién es. Aquí a los dos días ya sabe todo el mundo quién es todo el mundo. Es la que lleva lo de la sima.

Los perros se habían sentado y la miraban con una atención incómoda.

—Son lagotto —dijo Cas—. Perros de trufa. Ella es Sisalla y tiene seis años y es la que trabaja. Él es Zumo, tiene once, y hace veinte años que su única función es opinar.

Nieves se descubrió sonriendo, lo cual la fastidió un poco.

—¿Usted es trufero?

—Truficultor. Tengo doce hectáreas de carrasca micorrizada en el llano de Bezas y otras cuatro aquí arriba, que dan menos pero dan mejor. Y de noviembre a marzo duermo poco.

—¿Por qué duerme poco?

—Porque hay gente que viene de fuera a robar.

Entran de madrugada con un perro y te levantan la cosecha de una plantación de ocho años en dos horas.

El año pasado, en la Loma, a un vecino le envenenaron la perra con carbofurano dentro de su propia finca.

—Se quedó callado un momento—. La perra se llamaba Luna.

La enterró él solo porque no quiso que lo ayudáramos.

Nieves apuntó mentalmente aquello y lo guardó donde guardaba las cosas que todavía no sabía si le servirían.

—Señor Villarroya, ¿usted conoció a Benjamín Lahoz?

Cas se apoyó en el abrevadero.

—Beni. Sí. Yo tenía veinticuatro años en el noventa y nueve y él treinta y cuatro. Aquí eso es casi la misma quinta.

—¿Cómo era?

—Cabezón. Honrado. Incapaz de callarse. —Sonrió sin ganas—. En un pueblo pequeño, esas tres cosas juntas son un problema de salud pública.

—¿Usted se creyó lo de Francia?

Cas tardó en contestar. Cogió la cesta lavada y la puso a escurrir del revés sobre una piedra.

—Mire, teniente. En 1999 yo era un chaval que quería irse de aquí.

Todos queríamos irnos. Y cuando alguien se iba de verdad, nos parecía la cosa más normal del mundo.

—Se giró hacia ella—. Yo me creí lo de Francia porque quería creérmelo.

Y porque el mismo día que llegó la postal, en el bar, don Aurelio dijo en voz alta que Beni le había comentado semanas antes que se iba a la vendimia. Y si lo decía don Aurelio...

—¿Si lo decía don Aurelio qué?

—Nada. Que si lo decía don Aurelio, era verdad. —Silbó a los perros—. ¿Usted sabe lo que es para un pueblo de treinta habitantes que venga un catedrático de Zaragoza y le diga que debajo de su monte hay el animal más grande de Europa? Es como si baja un ángel. Y a los ángeles no se les pregunta.