9 La fundación
El centro de interpretación tenía el suelo de resina pulida y la temperatura de una clínica. Nieves entró a las once con el cabo Calomarde, y una chica de unos veinte años les vendió dos entradas antes de entender quiénes eran.
La sala principal estaba organizada alrededor de una reconstrucción a tamaño real de un tercio del animal: el cuello, la cabeza minúscula, la primera parte del tronco.
Enfrente, en vitrinas horizontales iluminadas desde abajo, estaban los huesos de verdad.
Una vértebra caudal de sesenta centímetros.
Un fémur incompleto. Una placa con costillas en posición.
Calomarde se inclinó sobre el cristal.
—Cabeza rectangular —dijo en voz baja—. Como veintiséis por diecinueve.
—Como cuatrocientos mil martillos más —dijo Nieves—. No te enamores.
—¿Enamorarme de un martillo?
—Es un consejo general.
Detrás de ellos, una voz.
—¿Les gusta?
Era una mujer de unos cuarenta años, de pelo oscuro recogido, con una chaqueta de punto gris y unas gafas colgadas del cuello. Tenía una cara agradable y despierta y una manera de juntar las manos delante del cuerpo que Nieves reconoció enseguida: la de quien ha dado muchas visitas guiadas.
—Elisa Bádenas. Soy la directora de la fundación.
—Teniente Escriche.
—Lo sé. —Sonrió con un punto de disculpa—. Me llamó ayer el alcalde. Aquí las noticias llegan antes que los correos electrónicos.
Los llevó a su despacho, que estaba en la parte de atrás y era pequeño y ordenado, con una estantería de revistas científicas encuadernadas por años y una foto enmarcada en la que se veía a una Elisa mucho más joven, con veinte años quizá, de rodillas junto a un bloque de roca y cubierta de polvo, riéndose con un hombre alto de barba blanca.
—Campaña de 2005 —dijo Elisa al ver hacia dónde miraba Nieves—. Mi primera. Yo era estudiante de segundo y vine a hacer las prácticas de verano. Ya no me fui.
—¿Y el señor de la barba?
—Aurelio Pobo. Mi director de tesis. —Se sentó—. Ustedes vienen por lo de la sima.
—Venimos por Benjamín Lahoz.
Elisa asintió despacio. Tenía las manos muy quietas sobre la mesa.
—Yo no lo conocí. En 1999 yo tenía catorce años y vivía en Teruel. Pero he oído hablar de él aquí, claro.
—¿Qué ha oído?
—Que era un vecino que buscaba fósiles por su cuenta y que se marchó a Francia. —Hizo una pausa—. Y también he oído la otra versión.
—¿Cuál es la otra versión?
—Que él encontró el yacimiento y que nunca se le reconoció.
—Elisa se quitó las gafas de la cadena y las dejó sobre la mesa—.
Teniente, se lo voy a decir yo antes de que se lo diga cualquiera con el segundo vaso de vino en la mano: eso es falso.
La Cantera de la Umbría se localizó en una prospección sistemática de la universidad en abril de 1999, siguiendo un afloramiento de la Formación Villar del Arzobispo.
Está en la memoria de la campaña, con fecha y firmas.
—¿Y si él lo había encontrado antes y no lo dijo nadie?
Elisa sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.
—Entonces habría que cambiar un azulejo —dijo—. Y le aseguro que en este pueblo eso es más grave que un asesinato.
Se dio cuenta de lo que acababa de decir un segundo después de decirlo, y se puso pálida.